Oneiria: Fragmentos de Cristal

CAPÍTULO 2: Cenizas

Al cruzar la entrada de su morada, Amelia fue envuelta por la fragancia reconfortante a canela y pino que impregnaba el recibidor.

Apenas se despojó de la chaqueta, la bufanda lavanda y el gorro de lana, los depositó en el perchero de roble que crujía levemente. Un pequeño lleno de energía salió disparado desde el pasillo.

—¡An! —Daniel se precipitó a sus brazos—. Ta-tarde. Muy tarde.

—Lo siento mucho, conejito, pero las noticias y el programa no querían dejarme salir. —Sonrió al cargarlo—. Pero ya estoy aquí. ¿Dónde están los jefes?

—E-en el c-omedor. Papá Paul... ha-hace ma-magia... con las p-patatas. —Daniel señaló la puerta con entusiasmo.

Avanzaron tomados de la mano hacia el comedor. Su hogar si bien era modesto, resultaba acogedor. El suelo de madera oscura resplandecía bajo la luz tenue de las lámparas, en las paredes, de un tono beige, se hallaban adornadas por cuadros de paisajes y retratos familiares. Un marco de madera rústica que contenía una imagen de la última reunión familiar colgaba del otro extremo de la habitación.

En el centro, una mesa espaciosa concebida para ocho personas, lucía un mantel blanco impecable y un florero con lirios sintéticos que, de no ser por la ausencia de fragancia, engañarían a cualquiera. Alrededor, algunos detalles como velas y un par de candelabros de cerámica completaban el ambiente cálido.

Contempló a su padre, Raúl, quien disponía de los cubiertos con cuidado. Sus manos firmes, pero suaves, ubicaban cada tenedor y cuchillo en su respectivo sitio.

—Buenas noches, papá.

—Cariño, qué alivio que llegaste. —Se aproximó para darle un beso en la frente.

—El tráfico era un caos y la lluvia lo empeoró todo.

—Descuida, cielo. Ve a la cocina antes de que Paul entre en crisis porque la salsa se enfría. Y tú, cumpleañero, arriba.

Mientras Raúl sentaba a Daniel en su asiento, Amelia se dirigió a la cocina. El aroma de la salsa caliente la envolvió. Paul se desplazaba con la agilidad de un experto entre el vaho de las ollas y la ensalada. El azulejo crema reflejaba el fulgor del horno, y el aire se tornaba con el exquisito aroma de las patatas asadas y la salsa especial de la casa.

—Buenas noches, papá.

—Lia, mi locutora estrella. —Paul se detuvo un segundo para estrecharla con fuerza—. Te escuché mientras decoraba el pastel; ese mensaje sobre el refugio de animales fue conmovedor. Hija, por amor de Dios, pásame la sal de mar que está en el estante alto. Creo que le falta un toque de vida a esto.

—Aquí tienes —le tendió el frasco—. Pensé que Daniel ya habría empezado a devorar la mesa.

—Casi lo hace. Anda, lleva la ensalada y la cesta con el pan de ajo al comedor. Todo está listo.

Al tiempo que Amelia llevaba la fuente de ensalada y la cesta de pan, no pudo evitar sonreír al ver a sus dos padres. La cena transcurrió entre risas y anécdotas compartidas. Posterior a ello llegó el momento más esperado por el cumpleañero: el pastel con siete velas sobre la deliciosa cobertura de chocolate iluminaba el rostro de Daniel mientras todos cantaban "Feliz cumpleaños".

—¿Pediste un deseo, mi pequeño goloso? —preguntó Raúl.

—S-sí... bi-bici —murmuró Daniel con una gran sonrisa.

—¡No lo digas o no se hará realidad! —advirtió Amelia. Al notar cómo la pequeña boca de Daniel se curvaba hacia abajo se apresuró a corregir sus palabras—. Es broma, Dani. Los deseos de los siete años son los más poderosos.

—De hecho, creo que el deseo ya está en el pasillo. —Paul se incorporó y regresó con una bicicleta azul brillante, con ruedas de entrenamiento y un timbre que emitía un sonido exagerado.

La sorpresa en los ojos de Daniel se transformó en pura felicidad. Su sonrisa iluminó el comedor, saltando de emoción, incapaz contener su alegría por el obsequio.

—Recuerda, Daniel —dijo Raúl, con una sonrisa—, ten cuidado al manejarla. Mañana iremos al parque después de la escuela y jugarás con ella.

Daniel asintió, sin reproches. Rodeó con sus brazos a Raúl, quien lo alzó para llevarlo a su habitación.

—¡Eh, falta yo! —bromeó Amelia desde la mesa.

—Ya estás grande para que te carguen, cariño —respondió Raúl con risas.

Paul, con una expresión de fingida indignación, intervino:

—¡Mi bebé aún es pequeña! ¡Yo la cargaré en brazos!

Raúl subió las escaleras con Daniel en brazos. Amelia comenzaba a quejarse.

—Solo era broma, papá. ¡Ya tengo 16 años! —Paul ignoró sus quejas con una sonrisa.

—Lia, siempre serás mi pequeña.

Amelia exhaló un suspiro de exasperación simulada, mas no pudo evitar sonreír.

En la comodidad de su habitación, se preparó para descansar. Se dejó caer en la cama y sintió cómo el peso del día empezaba a disolverse poco a poco. La inquietud que había sentido al ver a aquellos jóvenes de aura extraña en la calle se negaba a abandonar sus pensamientos. Con esa extraña sensación cerró los ojos y permitió que el sueño la reclamara.

El sol bañó el prado inmenso; la hierba verde y las flores se mecían bajo la brisa cálida que envolvía el paisaje. A pocos metros, Daniel corría alegre tras un grupo de niños que jugaban a atraparse. Amelia permaneció inmóvil, contempló y oyó su risa contagiosa: disfrutó el momento.

La luz solar comenzó su ocaso hasta desvanecerse, y cedió el paso a un cielo gris cenizo. La hierba esmeralda empezó a mutar, se tornó áspera y se tiñó de un rojo oscuro como la sangre, igualando el color de su vestido. Las risas de Daniel cesaron de golpe, sustituidas por alaridos desgarradores y llantos de pánico que resonaron en el aire.

—¿Daniel? ¡Daniel! —clamó.

Buscó con la mirada, mas el prado se devino un páramo vacío. Su hermano se había esfumado. Un nudo frío anidó en la boca del estómago y se contrajo con cada segundo de silencio; su corazón martilleó contra el pecho.

Echó a correr sin rumbo. Bajo sus pies, la tierra se transformó en calles estrechas y empedradas; una niebla espesa comenzó a desplazarse por los muros de las casas, borrando todo a su paso. En medio de aquella bruma, divisó la silueta de una pequeña iglesia de piedra, rodeada de monumentos. Sin pensarlo, se adentró en busca de refugio.




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