Las clases de Historia solían ser el momento más tedioso del día para Amelia. A pesar de sentarse en primera fila para evitar distracciones, su mente era un campo de batalla. Las palabras del profesor sobre tratados de paz y fronteras se sentían como un ruido blanco frente a las imágenes que la asaltaban cada vez que parpadeaba: una camisa blanca tiñéndose de rojo, cenizas que flotaban en una iglesia oscura y el rostro imperturbable de Cal.
Su única ancla a la realidad en ese momento era Gabriel. Tras el timbre que daba por finalizadas las clases, ambos caminaron por los pasillos abarrotados hacia la biblioteca.
—¿Por qué no me llamaste? Estuve esperando casi toda la noche —preguntó Gabriel, ajustándose la correa de su mochila.
—Podrías haber llamado tú entonces —respondió con un suspiro cansado—. Lo siento, Gabi. Llegué agotada y me quedé dormida enseguida. El programa se alargó y... fue una noche extraña.
—No importa, tampoco era tan urgente —su tono delataba un poco de decepción.
—Vamos, no seas así. Dime, ¿cuál es la noticia importante?
—Déjalo... —Gabriel se sentó en una de las mesas de madera de la biblioteca—. ¿Dónde nos quedamos la otra vez? ¿Segunda Guerra Mundial?
Un pinchazo de culpa le atravesó el pecho. Odiaba sentir que sus ‘problemas personales’ empezaban a manchar el entusiasmo de Gabriel, como si sus pesadillas fueran un muro que se levantaba entre los dos. No quería que él pagara los platos rotos de su mala noche, así que decidió usar su mejor arma: le tomó las manos por encima de la mesa y lo obligó a sostenerle la mirada.
—Por favor, lo siento. Dime la noticia. No me gusta verte así
Gabriel suspiró, su resistencia desmoronándose ante la mirada de Amelia.
—Oh, no, no hagas eso. Sabes que me cuesta decirte que no cuando me miras con esos ojos... —Se acercó un poco más, su voz bajando a un susurro emocionado—. Iremos a Berlín, Amelia. Escogieron nuestro proyecto para la final del Falling Walls Lab. ¡Estamos en la mundial!
Se olvidó por un segundo de sus pesadillas y lo rodeó con un abrazo espontáneo. Sabía cuánto se había esforzado él en ese proyecto de energías renovables.
—¡Es increíble! Estoy tan orgullosa de ti, Gabi. Sabía que lo lograrían. Tenemos que celebrarlo —propuso, poniéndose de pie—. Vayamos por algo dulce a la cafetería, yo invito.
—Amelia, no. Tienes el examen de Historia en dos días y no quiero que repruebes por mi culpa.
—No seas aguafiestas, solo será un momento. Luego seré la estudiante perfecta, lo prometo.
Gabriel suspiró resignado y le dedicó una sonrisa mientras recogía sus pertenencias.
Caminaron tomados de la mano por la calle principal, una zona llena de tiendas de ropa, adolescentes riendo y el aroma a café recién hecho de las terrazas.
Al otro lado de la calle, Amelia divisó una figura que le detuvo el corazón: la muchacha rubia de la noche anterior. Esta vez no llevaba vestido, sino un suéter y pantalones blancos. Tenía una expresión seria, casi gélida, mientras caminaba un par de pasos detrás de un chico de unos quince años que iba distraído con su móvil y sus audífonos puestos.
—Gabi, mira... —Susurró, pero Gabriel observaba una vitrina con libros de ciencia.
La muchacha rubia giró la cabeza hacia la carretera justo cuando el semáforo cambiaba. El chico de los audífonos, absorto en su pantalla, no se detuvo. Un coche venía a gran velocidad, ignorando por completo la luz roja.
La rubia se quedó inmóvil en la acera, observando con una mirada impasible cómo aquel muchacho caminaba absorto en el celular. No gritó ni intentó sujetar al chico de la mochila. Simplemente observó con una indiferencia aterradora cómo el muchacho caminaba directo hacia su muerte.
—¡Cuidado! —gritó Amelia, lanzándose hacia adelante, pero la colisión fue inevitable.
El impacto de un golpe sordo y seco seguido del sonido metálico del cuerpo del joven colisionando contra el capó antes de ser lanzado hacia el asfalto y el chirrido de los frenos quedó suspendido en el aire, reemplazado por el caos que estalló a su alrededor: gritos, transeúntes llamando a emergencias, el conductor bajando del coche en estado de ebriedad y aturdido.
Amelia se quedó petrificada a medio camino sintiendo como el aire se le escapaba de los pulmones; el sonido del impacto resonaba una y otra vez en sus oídos. Antes de que pudiera procesar lo ocurrido, Gabriel la alcanzó y la rodeó con los brazos, ocultando el rostro de ella contra su pecho para protegerla de la terrible imagen del muchacho tendido sobre el asfalto.
La muchacha de blanco no se inmutó. Miró el cuerpo en el pavimento, se acomodó el cabello y se alejó caminando a paso lento, desapareciendo entre la multitud como si acabara de ver caer una hoja de un árbol.
—Vámonos, Amelia. Las ambulancias ya vienen. No tienes que ver esto. —Gabriel la llevó casi a rastras hacia un taxi, asustado por la palidez de su novia.
Amelia solo pudo ver, a través de la ventana del coche, los audífonos rotos y el teléfono ensangrentado sobre el asfalto. El frío que sentía no era por el clima; era el frío de saber que lo que veía no eran alucinaciones. Era real.
Editado: 07.05.2026