Oneiria: Fragmentos de Cristal

CAPÍTULO 3: Ecos de sangre

Las clases de Historia solían ser el suplicio cotidiano de Amelia. A pesar de ocupar la primera fila para soslayar distracciones, su mente libró una contienda interna. Las disertación del profesor sobre tratados de paz le resultó un ruido blanco frente a las imágenes que la asediaban al parpadear: una camisa blanca teñida de escarlata, cenizas suspendidas en una iglesia lúgubre y el rostro imperturbable de Cal.

Su único ancla a la realidad en aquel instante fue Gabriel. Tras el timbre que daba por finalizadas las clases, ambos caminaron por los pasillos abarrotados de estudiantes, rumbo a la biblioteca.

—¿Por qué no me llamaste? Estuve esperando casi toda la noche —interrogó Gabriel, ajustándose la correa de su mochila.

—Podrías haber llamado tú entonces —replicó ella con un suspiro exhausto—. Lo siento, Gabi. Llegué agotada y me quedé dormida enseguida. El programa se alargó y... fue una noche extraña.

—No importa, tampoco era tan urgente —Su tono delataba cierta desilusión.

—Vamos, no seas así. Dime, ¿cuál es la noticia importante?

—Déjalo —Gabriel ocupó una de las mesas de madera de la biblioteca—. ¿Dónde nos quedamos la otra vez? ¿Segunda Guerra Mundial?

Una punzada de culpa le atravesó el pecho. Detestó percibir que sus 'conflictos personales' empezaron a empañar el entusiasmo de Gabriel, como si sus pesadillas erigieran un muro entre ambos. Rechazó la idea de que él pagara los platos rotos de su mala noche; por ello decidió usar su mejor arma: le tomó las manos sobre la mesa, fijó en él una mirada inquebrantable y le obsequió una expresión de dulzura.

—Por favor, lo siento. Dime la noticia. No me gusta verte así.

Gabriel suspiró; su resistencia se desmoronó ante el brillo de los ojos de Amelia.

—Oh, no, no hagas eso. Sabes que me cuesta decirte que no cuando me miras con esos ojos —Se aproximó un poco más, su voz se tornó en un susurro emocionado—. Iremos a Berlín, Amelia. Seleccionaron nuestro proyecto para la final del Falling Walls Lab. ¡Competiremos a nivel mundial!

Se desvaneció el recuerdo de sus pesadillas por un segundo y lo rodeó con un abrazo espontáneo. Era consciente del esfuerzo que él le dedicó al proyecto de energías renovables.

—¡Es increíble! Estoy tan orgullosa de ti, Gabi. Sabía que lo lograrían. Tenemos que celebrarlo —propuso, poniéndose de pie—. Vayamos por algo dulce a la cafetería, yo invito.

—Amelia, no. Tienes el examen de Historia en dos días y no quiero que repruebes por mi culpa.

—No seas aguafiestas, solo será un momento. Luego seré la estudiante perfecta, lo prometo.

Gabriel suspiró resignado y le obsequió una sonrisa tras reunir sus pertenencias.

Caminaron tomados de la mano por la calle principal, una zona colmada de boutiques, tiendas de discos, librerías, risas juveniles y el aroma del café recién hecho proveniente de las terrazas.

Al otro lado de la vía, Amelia divisó una figura que le paralizó el corazón: la muchacha rubia de la noche anterior. Esta vez no lució vestido, sino un suéter y pantalones blancos. Ostentó una expresión seria, casi gélida, al avanzar un par de pasos detrás de un muchacho absorto en su móvil y con los audífonos puestos.

—Gabi, mira... —susurró; mas él fijó su atención una vitrina repleta de libros de ciencia.

La muchacha giró la cabeza hacia la calzada justo cuando el semáforo cambió a rojo. El joven, absorto en su pantalla, no se detuvo. Un coche avanzó a gran velocidad, haciendo caso omiso de la luz roja.

La rubia permaneció inmóvil en la acera, con la mirada impasible en aquel muchacho que se encaminó hacia su perdición. No profirió gritó alguno ni intentó sujetar al colegial de la mochila. Simplemente observó con una indiferencia aterradora cómo marchó directo hacia su muerte.

—¡Cuidado! —gritó Amelia, lanzándose hacia adelante, pero la colisión fue inevitable.

El impacto de un golpe sordo y seco seguido del sonido metálico del cuerpo del joven colisionando contra el capó antes de ser lanzado hacia el asfalto y el chirrido de los frenos quedó suspendido en el aire, reemplazado por el caos que estalló a su alrededor: gritos, transeúntes llamando a emergencias, el conductor bajando del coche en estado de ebriedad y aturdido.

Amelia se quedó petrificada a medio camino sintiendo como el aire se le escapaba de los pulmones; el sonido del impacto resonaba una y otra vez en sus oídos. Antes de que pudiera procesar lo ocurrido, Gabriel la alcanzó y la rodeó con los brazos, ocultando el rostro de ella contra su pecho para protegerla de la terrible imagen del muchacho tendido sobre el asfalto.

La muchacha de blanco no se inmutó. Miró el cuerpo en el pavimento, se acomodó el cabello y se alejó caminando a paso lento, desapareciendo entre la multitud como si acabara de ver caer una hoja de un árbol.

—Vámonos, Amelia. Las ambulancias ya vienen. No tienes que ver esto. —Gabriel la llevó casi a rastras hacia un taxi, asustado por la palidez de su novia.

Amelia solo pudo ver, a través de la ventana del coche, los audífonos rotos y el teléfono ensangrentado sobre el asfalto. El frío que sentía no era por el clima; era el frío de saber que lo que veía no eran alucinaciones. Era real.

Horas más tarde, Amelia se encontraba recostada en el sofá de la sala, envuelta en una manta. Paul y Raúl intercambiaban miradas preocupadas que intentaban disimular. A sus pies, Daniel no se había movido ni un centímetro mientras le sujetaba la mano.

—Lo hubieras visto, papá... —susurró, con la mirada perdida—. Ella no hizo nada. Lo dejó morir.

—Daniel, cielo, ve a jugar un momento a tu habitación. Papá y yo tenemos que hablar con An —dijo Raúl con suavidad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.