Oneiria: Fragmentos de Cristal

 CAPÍTULO 6: Extraño

Se incorporó, atónita ante lo escuchado. Sus rodillas flaquearon y la traicionaron; volvió a sumirse en el sofá e intentó asimilar las palabras de su padre. Contrajo los dedos y clavó las uñas en las palmas. Alzó la mirada con la vista nublada. Reprimió el llanto.

—Eso es imposible. ¡Yo la vi! Estaba a un paso de él. Vi su pelo, vi su ropa blanca —su voz titubeó—. ¿Cómo puede no ser real?

—Amelia, escúchanos. —Paul se aproximó con la intención de ponerle una mano en el hombro; no obstante, ella retrocedió—. Has pasado por mucho estas semanas. El estrés de la radio, Harrison presionando, tus exámenes y presenciar una muerte tan joven de forma tan violenta... A veces el cerebro hace cosas extrañas para protegerse. A veces crea imágenes, llena espacios...

—¿Me están diciendo que me lo inventé? —Su voz salió cargada de indignación—. ¿Qué me estoy volviendo loca?

—Te estamos diciendo que necesitas descansar —intervino Raúl—. Mañana llamaremos al doctor Vargas; quizás sea una conmoción leve por el susto o simplemente agotamiento extremo.

Amelia se crispó las manos en el regazo. La mirada compasiva de sus padres le dolía más que un reproche; para ellos, resultaba un problema médico, un fallo en su psique. Bajó la cabeza, avergonzada.

—No necesito un médico —murmuró, con la vista anegada en lágrimas de impotencia; mas no elevó la voz—. Necesito que me crean.

—Te queremos, Amelia. Por eso vamos a ayudarte a superar este trauma —concluyó Paul, depositando una caricia leve en su cabellera. Un intento de consuelo que bastó para que ella desistiera y se resignara.

Amelia guardó silencio y se limitó a asentir con la mirada baja. Comprendió que resultaba inútil intentar convencerlos de lo presenciado, pues incluso comenzaba a dudar de sí misma.

Subió a su habitación a oscuras, corrió el cerrojo y avanzó hacia el espejo enorme adherido a la puerta del armario; no se reconoció. Si el mundo entero, incluidas las cámaras, negaba la existencia de aquellas figuras, carecía de todo argumento para refutarlo.

¿Quiénes eran esos seres?

Su mente se hallaba en un caos; ya no discernía entre lo real y lo imaginario, entre lo que había visto y lo que había ‘inventado’. Temía cerrar los ojos y volver a verlos, porque sabía que, si lo hacía, perdería la cordura.

«Esto es una locura. ¿Y si realmente hay algo mal en mi cabeza? Tal vez papá tenga razón y todo el estrés me está pasando factura». El llanto le inundó las mejillas . «¿Soy yo la que está mal? ¿Hay algo malo en mí?»

Se sentó al borde de la cama, con la espalda encorvada y las manos aferradas a las rodillas. Si admitía que lo que observó era cierto, su vida, tal como la conocía, se desmoronaría. Pero la alternativa de que su equilibrio mental se estuviera rompiendo, resultaba igual de aterradora.

La necesidad de una validación externa, de algo objetivo, se volvió insoportable. Quiso encontrar al menos una explicación coherente que le otorgara seguridad. Ya fuera una cosa u otra, debía saberlo o, al menos, intentar hallarlo. Con movimientos torpes y trémulos, tomó el portátil del escritorio. El cursor parpadeó en la barra de búsqueda.

Escribió, borró y volvió a intentarlo.

"¿Alucinaciones de figuras blancas por estrés?" —Borrado.

"¿Soñar con alguien y verlo despierto?" —Eliminado; sonaba a locura.

«Es absurdo. ¿Cómo se supone que busque esto sin parecer desquiciada?»

Finalmente, presa de una mezcla de vergüenza y desesperación, tecleó: "Ver personas vestidas de blanco en sueños y realidad: significado". Pulsó la tecla Enter y la pantalla se llenó de una variedad de resultados.

Leyó artículos de psicología sobre intrusión REM, un fenómeno en el que los límites entre el sueño y la realidad se disolvían por el agotamiento. Los textos indicaban que el cerebro, bajo estrés extremo, proyectaba arquetipos de "guías" o "figuras de autoridad".

Prosiguió con foros de vivencias espirituales: hilos titulados "Encuentros con seres de luz", "ángeles guardianes" o "visitantes de blanco". Los usuarios relataban sus experiencias: figuras portadoras de mensajes, que cruzaban dimensiones.

Encontró sitios de interpretación de sueños: el blanco simbolizaba pureza, un nuevo comienzo. No obstante, soñar con desconocidos con dicho atuendo reflejaba inestabilidad emocional e impulsividad.

Lejos de encontrar una salida, su mente se tornó más difusa; luchó por comprender qué sucedía.

«Tiene que ser el estrés. Son demasiadas cosas: los exámenes, Harrison y su absurda petición, el evento de la radio, los patrocinadores que faltan…». Intentó convencerse.

—Me niego a creer que es algo más —cerró el portátil—. Sí, solo es agotamiento, Amelia. Solo relájate y descansa.

Dejó el equipo en el escritorio y se deslizó bajo el edredón; tras unos minutos en un intento de despejar su mente, el sueño la venció.

Sentada frente al pupitre de madera, extrajo una lapicera azul. Tomó una bocanada de aire y la dejó salir. El docente de historia recorría las filas con pasos lentos, depositando las hojas de examen boca abajo sobre cada mesa.

—Tienen media hora. Si los encuentro haciendo trampa o pasándose notitas, las pruebas serán retiradas y la calificación, cero —advirtió el maestro—. Den la vuelta a los exámenes y comiencen.

Al voltear el papel, los caracteres revelaron no ser letras, sino símbolos ilegibles que se retorcían y mutaban de forma cada dos segundos.

«¿Qué es esto? No… no entiendo nada».

El pánico la invadió; giró la cabeza en todas direcciones. Los demás estudiantes escribían con calma, indiferentes, ajenos a lo que se desplegaba sobre sus propios pupitres. Extendió la mano hacia el bolígrafo, mas sus dedos no respondieron; parecían hechos de cerámica, ajenos a su voluntad. Intentó abrir la boca para pedir auxilio, advertir que algo andaba mal; no logró articular palabra ni sonido alguno.




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