Aelith lo había matado tantas veces que había perdido la cuenta de sus muertes, y sin embargo cada una le dolía como si fuera la primera. A pesar de eso, lo único que sabía con certeza cuando el sueño comenzaba era que antes de que terminara, ella volvería a hundirle algo en el pecho, o en el cuello, o en el corazón, y que él volvería a morir mirándola como si aquello no fuera una sorpresa sino una costumbre entre los dos, una ceremonia antigua que ambos conocían de memoria aunque ninguno recordara haberla transcurrido.
Aprendió, con los siglos, a reconocer el instante exacto en que un sueño dejaba de pertenecerle. Primero llegaba el silencio, uno distinto del que habitaba el resto de sus noches, más denso, más consciente de sí mismo. Después venía esa quietud imposible que siempre precedía a la muerte, como si el aire supiera lo que iba a ocurrir antes que ella. Y finalmente llegaba él, de pie al otro lado del lago, aunque Aelith jamás recordaba haber llegado hasta la orilla. Nunca lo hacía. Simplemente estaba allí, como si el bosque la hubiese soñado a ella primero.
El bosque se extendía alrededor de ambos, oscuro y antiguo, con árboles tan altos que sus copas se perdían en una neblina teñida de azul. Sobre las ramas dormían pequeñas luces, semejantes a luciérnagas dormidas en su propio resplandor, aunque Aelith sabía, con esa clase de certeza que solo da la experiencia, que ninguna criatura de aquel bosque era tan inocente como aparentaba. El agua, negra y quieta, no reflejaba el cielo. Reflejaba recuerdos, aunque ella nunca terminaba de averiguar de quién.
Él parecía diferente aquella noche, aunque no habría sabido decir en qué. El mismo cabello oscuro, los mismos hombros firmes, la misma mirada que, aun después de tantos años, seguía provocándole una familiaridad que no lograba justificar. Nunca había conseguido recordar su nombre; nunca había conseguido descubrir de dónde lo conocía. Y sin embargo lo había visto morir tantas veces que su rostro comenzaba a resultarle más familiar que el suyo propio.
-Has vuelto -dijo él, y su voz atravesó el lago como si el agua misma la llevara.
-Yo no vuelvo a ninguna parte -respondió Aelith, entrecerrando los ojos.
Una sonrisa breve se abrió paso en los labios del desconocido.-Eso también lo dices siempre.
Un escalofrío recorrió a Aelith, no por sus palabras, sino por la certeza insoportable, de haberlas escuchado antes.
Se acercó al borde del agua.-¿Quién eres?
El hombre no respondió, y aquello fue lo primero verdaderamente nuevo. Por lo general el sueño se deshacía antes de que ella pudiera siquiera formular la pregunta; esa noche, sin embargo, él permaneció allí, esperándola, como si también supiera que algo había cambiado entre ellos, algo que ninguno de los dos se atrevía todavía a nombrar.
Aelith buscó instintivamente el glifo que dormía bajo la tela oscura de su vestimenta, en la piel de la clavícula. Todavía no ardía, eso debería haberla tranquilizado. Pero no lo hizo.
-Decidme quién sois -insistió, y algo en su propia voz le sonó más antiguo de lo que pretendía.
Él inclinó ligeramente la cabeza, con una cortesía extraña, casi olvidada, del tipo que ya no se enseña en ningún reino.
-¿No lo sabes?
-Si lo supiera, no estaría preguntándolo.
-Sí lo sabes.
La irritación de Aelith comenzó a desplazar al miedo. -No me placen las quisicosas.
-No -dijo él, y la sonrisa se le borró del rostro. -Te gustan las respuestas.
El bosque se quedó en silencio, se giró, allí no había nada, solo los árboles, solo las sombras. Salvo que las sombras se estaban moviendo sin obedecer al viento.
Retrocedió un paso. El glifo de su clavícula despertó de golpe, y un resplandor violeta atravesó la tela como una brasa bajo la piel. El hombre, al otro lado del lago, palideció.
-Aelith.
Ella volvió la cabeza hacia él. -¿Quién os ha dado permiso para pronunciar mi nombre?
Él no contestó. La oscuridad entre los árboles comenzó a espesarse, y Aelith sintió que algo la observaba, algo que llevaba allí más tiempo del que ella llevaba soñando, algo que conocía su nombre desde mucho antes de que ella lo pronunciara.
El hombre dio un paso hacia el agua.
-No dejes que te encuentre.
-¿Quién?
Pero él ya no la miraba a ella. Miraba detrás de ella, y cuando Aelith se giró de nuevo, la vio. Una figura alta entre los árboles, sin rostro, sin ojos, apenas una silueta cosida de sombras, más ausencia que presencia.
El hombre gritó su nombre. Aelith sintió que algo atravesaba el aire, y después vio la sangre. El desconocido cayó de rodillas, una línea roja abriéndose paso en su cuello, y ella se quedó paralizada, otra vez, ante otra muerte, otra noche, otra versión del mismo final que ya conocía de memoria.
Pero esta vez algo era distinto, él no murió de inmediato. Levantó la cabeza y sus ojos encontraron los de ella, y por primera vez Aelith vio miedo en ellos, no el miedo de morir, sino el miedo de ella.
-Todavía no lo recuerdas -murmuró él.
La oniria comenzó a resquebrajarse.
-¿Qué recuerdo me estais reclamando?
Él sonrió, una sonrisa triste, demasiado familiar para pertenecer a un desconocido.
-Lo que hiciste.
El lago se quebró como un espejo golpeado, y Aelith despertó. Se incorporó bruscamente en la oscuridad de su soledad, sin saber durante unos segundos dónde se encontraba. La habitación permanecía inmóvil a su alrededor, piedra negra, cortinas pesadas, una ventana estrecha por la que apenas se filtraba la luz gris de la madrugada. Su respiración tardó en encontrar un ritmo, llevó una mano hasta la clavícula, el glifo seguía allí, dormido, pero todavía caliente bajo sus dedos, como una brasa que se resiste a apagarse del todo.
Cerró los ojos, no quería pensar en el sueño, no quería recordar el rostro del hombre, y mucho menos aquella última frase, que se le había quedado enredada en el pecho como una espina..."Lo que hiciste".
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Editado: 30.08.2026