Aelith despertó antes de que sonara la primera campana, aunque durante unos segundos no supo si había despertado realmente. Permaneció tendida sobre el lecho, inmóvil bajo la penumbra, mientras la última humedad del sueño se desprendía lentamente de su conciencia. La habitación estaba sumida en esa quietud gris que precede al amanecer, cuando la noche todavía conserva suficiente dominio para ocultar los rincones y el día aún no ha reunido el valor necesario para reclamarlos. Una corriente fría se filtraba por la ventana entreabierta y movía apenas las cortinas negras, arrastrando consigo el olor mineral de la piedra mojada y el perfume distante de los árboles. Aelith respiró despacio, Había algo distinto... No era el sueño.
Los sueños siempre dejaban algo detrás, una imagen adherida a la memoria, una sensación en la piel, un nombre que no significaba nada durante el día y que, sin embargo, parecía indispensable al despertar. A veces era el sonido de una voz; otras, el recuerdo de una muerte que no había ocurrido en ninguna parte que pudiera señalarse en un mapa. Después de ciento veintiséis años había aprendido a convivir con aquellos residuos como quien aprende a dormir junto a una puerta que jamás acaba de cerrarse. Aquello, sin embargo, era diferente; el silencio parecía haberse quedado con ella.
Aelith abrió los ojos y contempló el techo abovedado de su habitación. La piedra negra absorbía la escasa claridad que comenzaba a filtrarse desde el exterior, y las vetas minerales que atravesaban la superficie parecían raíces petrificadas bajo la roca. Durante un instante le pareció que una de ellas se había movido, aunque no fue más que un espejismo nacido del sueño, pues cuando volvió a mirar, la pared permanecía inmóvil.
Se llevó una mano hasta la clavícula. El glifo seguía allí, oculto bajo la tela oscura de su vestimenta de dormir, aunque podía sentirlo con las yemas de los dedos; una forma delicada y antigua, hundida en la piel como si hubiese sido dibujada con fuego mucho antes de que ella aprendiera a nombrar el fuego. El calor que desprendía era tenue, aunque persistente.
Permaneció inmóvil unos segundos más, hasta que frunció ligeramente el ceño. Durante un instante creyó percibir otro pulso bajo el suyo, uno que no provenía de su corazón ni parecía nacer de la marca como s,i algo muy lejos de allí, hubiese respondido al contacto de sus dedos. La sensación desapareció antes de que pudiera comprenderla.
No debería estar caliente. El glifo reaccionaba ante la magia, ante ciertos lugares y, en ocasiones, ante cosas que prefería no comprender, pero siempre había vuelto a dormirse antes de que ella despertara. Aquella mañana, sin embargo, no lo había hecho.
Apartó la mano, y entonces llegó el recuerdo; el lago, el agua negra, los árboles, la figura sin rostro entre las sombras. Y él.
Aelith cerró los ojos con una paciencia que apenas ocultaba su fastidio. Otra vez...había dejado de contar sus muertes hacía décadas. Al principio lo había hecho por curiosidad, después por obsesión, hasta que finalmente comprendió que contar las veces que alguien moría no servía de nada cuando cada muerte terminaba conduciendo al mismo lugar, con sus ojos encontrándose con los de ella justo antes del final, como si ambos compartieran una memoria que solo uno de los dos hubiera sido condenado a perder. Esta vez, sin embargo, él había hablado con ella. Y aquello no debía ser posible.
"Todavía no lo recuerdas."
Aelith abrió los ojos. La frase permaneció suspendida en algún rincón de su memoria. No le molestaba que el desconocido hubiese hablado; lo que verdaderamente la inquietaba era que, por primera vez, sus palabras hubiesen sonado menos como parte de un sueño y más como una conversación interrumpida mucho tiempo atrás.
Una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios.
—Qué inconveniente sois —murmuró hacia la oscuridad—. —Después de tantos años, ¿era acaso demasiado pedir de vuestra antigua cortesía una sola palabra antes de que la muerte volviese a reclamaros?
Nadie respondió.
Aelith dejó escapar una respiración silenciosa.
—Aunque supongo que esperar cortesía de un hombre que insiste en morir cada noche sería concederos demasiada dignidad.
Se incorporó, y el movimiento hizo caer sobre sus hombros una cascada de cabello negro, espeso y desordenado por el sueño; algunos mechones se pegaron a sus mejillas y a la línea de su cuello. La luz gris de la madrugada encontró los hilos húmedos y les arrancó reflejos azulados, casi violáceos, aunque el cabello permaneció tan oscuro como la noche que todavía ocupaba los rincones de la habitación.
Apartó los mechones de su rostro. No tenía la belleza delicada de las criaturas que pretendían parecer humanas, sino algo más afilado en sus facciones; una armonía extraña que podía resultar hermosa o inquietante dependiendo de cuánto tiempo se permaneciera mirándola. Sus ojos violeta con destellos plateados parecían demasiado claros para pertenecer a la oscuridad que la rodeaba, y las líneas angulosas de su rostro adquirían una severidad casi sobrenatural cuando dejaba caer aquella expresión de indiferencia que utilizaba como una segunda piel.
Se puso de pie, y la piedra fría recibió sus pies descalzos. La habitación estaba exactamente como la había dejado la noche anterior, la mesa junto a la ventana permanecía cubierta de libros abiertos, una copa de cristal descansaba junto a una vela consumida, y varias hojas de pergamino se habían deslizado hasta el suelo. En la pared opuesta, los espejos permanecían cubiertos con telas negras, pues Aelith no permitía que quedaran descubiertos durante la noche, había aprendido hacía mucho tiempo que ciertas cosas no necesitaban una puerta para entrar.
Caminó hacia la ventana y apartó ligeramente la cortina. La ciudad se extendía bajo una niebla azul, y las torres, altas y estrechas, emergían de ella como huesos antiguos. Algunas ventanas comenzaban a iluminarse, mientras a lo lejos una bandada de aves negras cruzaba entre los tejados con un vuelo tan silencioso que parecía formar parte de la misma niebla.
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Editado: 30.08.2026