Oniria

CAPÍTULO 2: Las Reglas

La noche había cerrado sus párpados sobre la fortaleza mucho antes de que Aelith decidiera abandonarse al sueño. Desde la ventana estrecha de su habitación, la oscuridad se extendía sobre las torres como una sustancia lenta, casi líquida, que hubiese trepado desde los bosques para cubrir piedra, tejados y almenas bajo un mismo manto. No había luna; las nubes habían borrado incluso la escasa claridad de las estrellas, y en aquella ausencia de cielo las luces de la fortaleza adquirían un fulgor mortecino, semejante al de una brasa que se resigna a apagarse. Una por una, las lámparas de los corredores se extinguían a medida que los habitantes de aquel antiguo recinto se retiraban a sus aposentos, ajenos por completo a que, bajo esa misma noche, respiraba otro mundo que no necesitaba de puertas para abrirse.

Aelith permanecía sentada frente a la ventana, inmóvil, con una mano apoyada sobre el brazo del sillón y la otra descansando sobre la clavícula. El glifo había dejado de arder horas atrás, mas conservaba todavía una tibieza tenue, cual si bajo su piel hubiese quedado prendida una brasa demasiado antigua para extinguirse del todo. Sobre la mesa, a pocos pasos de ella, descansaba el libro hallado en el archivo inferior, que no había vuelto a abrir, aunque tampoco había logrado apartarlo de sus pensamientos.

El día se le había ido en procurar ocuparse de los asuntos que, en cualquier otra circunstancia, habrían reclamado sin resistencia su atención; correspondencia, informes, tratados por revisar, mensajes que decidió no contestar, y una conversación singularmente desagradable con uno de los guardianes de la frontera. Cumplió cada tarea con la precisión acostumbrada, mas algo en su concentración se había vuelto quebradizo, pues una parte de su pensamiento permanecía siempre asida a aquella página, contemplando su propia caligrafía.

No confíes en quien te prometa devolverte la memoria.

Aquella frase, desde entonces, se le había vuelto costumbre inoportuna, no porque la hubiese vuelto a leer, sino porque las palabras habían adquirido la obstinada manía de aparecérsele en los lugares menos esperados de su memoria —en el reflejo oscuro de una ventana, entre las líneas de un documento, en el instante mismo previo a cerrar los ojos—. Había, sin duda, algo particularmente desagradable en recibir una advertencia escrita por una versión de sí misma que ya no podía recordar.

Se levantó, y su vestimenta oscura se deslizó alrededor de las piernas con un susurro apenas audible. Atravesó la habitación y se detuvo junto a la mesa; la llama de la última vela osciló a su paso, aunque ninguna corriente de aire recorriera el cuarto.

Miró el libro.

—No os preocupéis —murmuró—. No pienso confiar en nadie esta noche.

Sus labios se curvaron apenas.

—Mucho menos en mí.

Apagó la vela, y la oscuridad la recibió sin resistencia. Se dirigió hacia el lecho y se tendió sobre las sábanas, pues no precisaba dormir para adentrarse en la oniria, al menos no del modo en que lo hacían los mortales; su cuerpo debía descansar, ciertamente, pero su voluntad había de permanecer despierta durante el tránsito, disciplina antigua que había adquirido con paciencia y con más tropiezos de los que le placía recordar.

Cerró los ojos. Escuchó primero el viento; luego la piedra; después su propia respiración; y, más lejos, casi oculto bajo aquellos sonidos, el rumor de las ramas contra los muros. Dejó que cada uno se desvaneciera por separado, sin procurar imaginar lugar alguno, pues ese era otro de los yerros que solían cometer los recién llegados a la oniria, creer que un sueño podía edificarse a voluntad. La imaginación pertenecía a la vigilia; la oniria, en cambio, no obedecía a lo que uno deseaba contemplar, sino que se abría únicamente ante aquello que uno había olvidado.

Esperó, entonces, mientras el frío la alcanzaba primero por dentro que por la piel, y después el olor de la tierra húmeda, la sensación del agua bajo los pies, el murmullo de hojas lejanas, y finalmente aquella ausencia particular que anunciaba que el mundo conocido acababa de dejar de existir.

Abrió los ojos.

Estaba de pie junto a un lago. El agua era negra —no oscura, negra— y no reflejaba ni el cielo ni los árboles que se inclinaban sobre sus orillas; su superficie permanecía inmóvil, tan lisa que semejaba una extensión de obsidiana líquida. Una niebla baja reptaba entre las raíces y se deslizaba sobre el agua, velando en parte la otra orilla.

Aelith no avanzó, sino que permaneció exactamente donde el sueño la había depositado, pues sabía, por costumbre harto probada, que los primeros instantes eran siempre los más delicados; un sueño recién formado se asemejaba a una criatura que aún no hubiera decidido si reconocer a quien tenía delante como huésped, intruso o amenaza. Todo cuanto allí existía poseía una naturaleza provisional; las formas se conservaban unos instantes y luego se transformaban sin violencia alguna, de modo que una montaña podía devenir puerta, un camino podía recordar que alguna vez había sido río, o una casa podía adquirir ventanas por el solo hecho de que alguien hubiese sentido, en algún tiempo, la necesidad de observar desde dentro.

Por ello aguardaba siempre, dejando que la oniria respirara a su alrededor. El bosque fue cobrando consistencia poco a poco, las ramas dejaron de ser trazos negros contra la niebla y se revistieron de corteza, musgo y pequeñas flores pálidas que crecían donde nada debiera crecer. Sobre las copas comenzó a formarse un cielo que, sin embargo, no recordaba haber contemplado al entrar.

Había tres lunas. Una era blanca; otra tenía el color desvaído de una perla antigua; la tercera se hallaba atravesada por una grieta roja.

Aelith alzó la mirada.

—Eso es nuevo.

Las tres lunas permanecieron inmóviles. Aelith frunció ligeramente el ceño, pues no debía haber tres. Conocía aquel sueño —no aquel lugar en particular, sino la sensación que lo envolvía—, ya que a lo largo de su existencia había atravesado incontables sueños y aprendido, con el rigor de quien ha pagado el aprendizaje con creces, a distinguir los que pertenecían a una mente mortal de aquellos que nacían de algo más antiguo. Los primeros eran volubles, caprichosos, henchidos de contradicciones; los segundos, en cambio, conservaban las cosas con una fidelidad casi cruel.




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