El camión blindado de la resistencia se detuvo a 2 kilómetros del campamento Delta. El motor tosió y murió.
“Más cerca no podemos”, dijo Rina, apagando el panel de comunicaciones. “Varko reforzó el perímetro hace 6 horas. Drones térmicos cada 90 segundos, patrullas dobles. Saben que alguien viene”.
Kael apretó el disco de datos contra su pecho. Lo había descargado, pero no había tenido tiempo de ver todo. Solo sabía que su hermana, Alya, estaba viva según el último registro de las 3:00 a.m.
“Entonces entramos a pie”, respondió. “Por el barranco del este. No hay cámaras ahí”.
Rina lo miró con esa expresión que usaba cuando pensaba que iba a morir por estúpido. “El barranco del este está minado, Kael”.
“Lo estaba. Hace dos años. Las minas se desactivan con la lluvia. Y llovió anoche”.
Silencio. Luego Rina sonrió. “Odio que siempre tengas razón”.
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Bajar por el barranco fue peor que la azotea. Barro hasta las rodillas, rocas sueltas, y el sonido de los drones pasando arriba cada minuto y medio. Kael iba adelante, cortando ramas con un cuchillo y marcando el camino. Rina cubría la retaguardia con un rifle viejo que había “tomado prestado” del camión.
Estaban a 400 metros de la valla cuando las luces se encendieron.
“Contacto!”, gritó Rina.
Tres soldados salieron de la maleza. No eran guardias comunes. Llevaban armadura ligera y visores rojos. Unidad de élite de Varko.
No hubo negociación.
El primero disparó. Kael se lanzó al suelo y rodó detrás de una roca. La descarga de pulso le pasó a centímetros, dejando el aire con olor a ozono quemado. Rina respondió con una ráfaga corta y precisa. Un soldado cayó.
Los otros dos se separaron para flanquearlos.
Kael no les dio tiempo. Se levantó, corrió los 5 metros que lo separaban del segundo soldado y lo embistió con el hombro antes de que pudiera apuntar. Cayeron juntos. Un codazo, un giro, y el rifle quedó en manos de Kael.
El tercer soldado lo apuntó desde 10 metros. Kael disparó primero.
Quedó en silencio otra vez. Solo se oía la respiración agitada de los dos y el zumbido lejano de un dron.
“Están buscando algo”, dijo Rina, revisando el cadáver del soldado. Le quitó una tableta del cinturón. “Mira esto”.
En la pantalla se veía una foto. Alya. Con un círculo rojo alrededor de su cara y la palabra *PRIORIDAD* en letras grandes.
“Varko sabe que vienes por ella”, dijo Rina en voz baja. “No va a dejarte sacarla viva”.
Kael sintió el frío de antes, pero esta vez era diferente. Ya no era miedo. Era rabia.
“Entonces llego antes que él”.
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La valla del campamento Delta tenía 4 metros de altura y corriente de alto voltaje. O la tenía, hasta que Rina conectó su dispositivo al poste de energía más cercano.
“30 segundos de apagón”, susurró. “Usalos bien”.
Cortaron la malla con una cizalla y se colaron.
El campamento era un infierno ordenado. Filas de tiendas grises, reflectores que barrían el suelo, y prisioneros trabajando bajo la vigilancia de soldados armados. Nadie hablaba. Nadie miraba a nadie. El miedo mantenía el orden mejor que cualquier arma.
Kael encontró a Alya en el sector médico. Estaba atendiendo a un niño con fiebre alta. Más delgada, con ojeras, pero viva.
Cuando lo vio, no gritó. Solo se quedó quieta, como si tuviera miedo de que desapareciera si parpadeaba.
“Te dije que vendría”, dijo Kael.
Alya se lanzó a abrazarlo. “Sabía que lo harías. Hermano idiota”.
No tuvieron tiempo para más.
Las alarmas volvieron a sonar.
“Nos descubrieron”, dijo Rina por el auricular. “Tenemos 2 minutos antes de que rodeen este sector. Hay una salida de servicio a 50 metros al norte. Movimiento!”
Corrieron.
Balas pasaban a su alrededor, rebotando en las paredes metálicas de los contenedores. Alya cojeaba, el niño que atendía se había aferrado a su pierna y no lo soltaba.
“Llévalo tú”, le dijo Alya a Kael, pasándole al niño. “Yo los entretengo”.
“No vas a quedarte”.
“Alguien tiene que hacerlo o no salimos ninguno!”
Kael quería discutir, pero no había tiempo. Agarró al niño y siguió a Rina hacia la salida.
Detrás de ellos, Alya se detuvo, recogió un extintor del suelo y lo lanzó contra un generador. La explosión los cubrió por 10 segundos. Suficiente.
Cuando llegaron a la valla, Rina ya la tenía abierta. Se deslizaron por el agujero y corrieron hacia el barranco.
No miraron atrás hasta que estuvieron a 200 metros.
El campamento ardía. Y entre las llamas, vieron a Alya corriendo hacia ellos, seguida de cerca por un grupo de prisioneros que habían aprovechado el caos para escapar.
Kael sonrió por segunda vez en tres días.
“Te dije que vendría”, repitió.
Alya le dio un puñetazo en el hombro. “Y yo te dije que eras un idiota. Ahora muévete, que vienen más”.
La resistencia tenía nuevos reclutas. Y Varko tenía un problema mucho más grande que un hacker en una azotea.
Editado: 14.05.2026