Operación eclipse

Noche de Fantasmas

El bosque de Varela no estaba en ningún mapa. Por eso la resistencia lo usaba.

Llevaban 8 horas caminando desde el campamento Delta. 47 prisioneros fugados, 3 heridos graves, y cero persecución. Por ahora.

Kael iba en la punta, abriendo camino con un machete improvisado. Detrás, Alya cargaba al niño del campamento, Mateo, de 7 años. No había dicho una palabra desde que salieron. Rina cerraba el grupo, revisando el perímetro cada 5 minutos con un detector de señales portátil.

“Sin drones. Sin radios enemigas. Estamos limpios”, dijo Rina cuando llegaron al claro donde tenían el campamento base temporal.

“Limpios por ahora”, corrigió Kael. Se quitó la chaqueta y la colgó de una rama. Tenía un corte en el costado que no se había dado cuenta hasta ahora. “Varko no deja cabos sueltos. Mañana nos encuentra”.

Alya dejó a Mateo con una mujer mayor que sabía de primeros auxilios. Luego se acercó a Kael.

“¿Estás bien?”

“Sobrevivo”, respondió él, dejando que ella le limpiara la herida con agua y tela limpia. “¿Y tú? ¿Por qué no te fuiste antes?”

Alya se detuvo.

“Porque había gente que dependía de mí. Si me iba, morían. Así de simple. Como tú en el edificio Meridian. No lo haces por valiente. Lo haces porque no hay otra opción”.

Kael no supo qué decir. Así que solo asintió.

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La noche cayó rápido.

Rina montó un perímetro de sensores caseros: latas con piedras, cables trampa conectados a bengalas viejas. No detendrían a un ejército, pero darían 30 segundos de aviso.

Mientras tanto, Kael se encerró en la tienda de mando improvisada con el disco de datos.

Por primera vez desde que lo robó, lo conectó y vio el contenido completo.

No eran solo las coordenadas de los campamentos.

Eran archivos de transacciones. Nombres. Cuentas bancarias en el extranjero. Grabaciones de audio. Varko no solo traficaba armas. Vendía a los prisioneros de los campamentos a corporaciones que los usaban como mano de obra esclava en minas fuera del país. Y recibía órdenes de alguien más arriba. Alguien con el nombre clave: “Eclipse”.

“Rina, ven aquí”, llamó Kael, con la voz tensa.

Ella entró en 10 segundos. Vio la pantalla y silbó bajo.

“Si esto sale a la luz, no solo cae Varko. Cae medio gobierno”.

“Por eso necesitamos más que un video filtrado”, dijo Kael. “Necesitamos pruebas físicas. Los registros de las minas, los contratos firmados, las rutas de transporte. Están en la base secundaria de Varko: Fortaleza Roca Negra”.

Rina lo miró como si hubiera perdido la cabeza.

“Fortaleza Roca Negra es inexpugnable. Tiene un batallón entero, torretas automáticas, y un campo de fuerza experimental. Entrar ahí es suicidio”.

“Entrar sin plan sí”, dijo Kael. “Pero ahora tenemos 47 personas que odian a Varko más que a la muerte. Y tenemos esto”.

Señaló el archivo en la pantalla. “Con esto, podemos conseguir aliados. Gente dentro del gobierno que no quiere que su nombre salga en esa lista”.

Alya entró en ese momento, con Mateo de la mano. El niño se quedó mirando la pantalla, confundido.

“¿Qué están planeando?”

“Un rescate”, dijo Kael. “Pero esta vez no es de personas”.

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Las siguientes 36 horas fueron un caos organizado.

Rina trabajó sin dormir, usando el archivo para contactar a tres oficiales del ejército que estaban en la lista de chantaje de Varko. Dos colgaron. El tercero, el Coronel Daren, aceptó reunirse.

Kael entrenó a los fugados en lo básico: cómo moverse sin hacer ruido, cómo usar un rifle, cómo cubrirse. La mayoría nunca había tocado un arma. Pero tenían algo que los soldados de Varko no: rabia.

Alya se encargó de la logística. Racionó la comida, organizó turnos de vigilancia, y se aseguró de que Mateo y los otros niños estuvieran a salvo en una cueva a 3 kilómetros del campamento.

En la noche del segundo día, el Coronel Daren llegó. Solo, sin escolta.

Era un hombre de 50 años, con canas y una cicatriz que le cruzaba la mejilla. Miró a Kael, a los 47 fugados armados con palos y pistolas viejas, y suspiró.

“Tienes pruebas de que Eclipse existe”, dijo sin preámbulos.

Kael le mostró el archivo.

Daren lo leyó en silencio. Cuando terminó, cerró los ojos.

“Eclipse es el Almirante Voss”, dijo. “Mi superior directo. Si lo expongo, me fusilan. Si no lo hago, mueren miles más”.

“Entonces ayúdanos a entrar en Roca Negra”, dijo Kael. “Nos das 10 minutos de ventana en el campo de fuerza. Nosotros hacemos el resto”.

Daren asintió lentamente.

“Tenéis 8 minutos. Y rezad para que no cambie de opinión en el camino”.

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Al amanecer del tercer día, el grupo se dividió.

Alya se quedó al mando del campamento, protegiendo a los civiles.

Kael, Rina, Daren y 12 de los mejores combatientes improvisados se dirigieron hacia Fortaleza Roca Negra.

Antes de salir, Mateo agarró la mano de Kael.

“Vuelve”, dijo el niño. “Promételo”.

Kael se arrodilló y le revolvió el pelo.

“Lo prometo. Esta vez, todos volvemos”.

El bosque se cerró tras ellos.

Y en la distancia, las torretas de Roca Negra brillaban como ojos vigilantes en la montaña.



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En el texto hay: persecucion, combate

Editado: 14.05.2026

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