Operación Lobo Negro
Base Militar Lobo Negro
Sierra Madre Occidental, estado de Chihuahua, México 04:15 a. m.
La base se encontraba oculta entre las montañas de la Sierra Madre Occidental, a unos 65 kilómetros al suroeste de Ciudad Cuauhtémoc y a casi 40 kilómetros de la carretera federal más cercana. Desde el aire era imposible distinguirla. El bosque de pinos cubría por completo la instalación y enormes redes de camuflaje ocultaban los hangares, las pistas de aterrizaje y los edificios principales. Solo quienes conocían las coordenadas exactas podían encontrar aquel lugar.
El general Román apoyó ambas manos sobre la mesa táctica. Las luces de la sala se atenuaron poco a poco hasta que la única iluminación provenía de la enorme pantalla digital frente a nosotros.
Un mapa de México apareció lentamente y comenzaron a iluminarse varios puntos rojos. Cada uno representaba un ataque ocurrido durante las últimas semanas: asaltos, secuestros, tráfico de armas y desapariciones. El silencio se volvió pesado.
Román tomó un pequeño control y cambió la imagen. Apareció la fotografía de un hombre de aproximadamente cuarenta años. Tenía barba corta, una cicatriz que atravesaba su ceja derecha y unos ojos fríos que parecían no mostrar ningún tipo de compasión. Debajo de la fotografía solo había una palabra: NOMAN.
—Nombre real... desconocido —dijo el general mientras caminaba lentamente.
La pantalla cambió nuevamente. Aparecieron varias fotografías tomadas por drones militares: campamentos, vehículos blindados, laboratorios clandestinos y cajas llenas de rifles de asalto.
—Durante más de diez años este hombre ha dirigido una organización dedicada al tráfico internacional de armas, drogas, secuestros y trata de personas. Las autoridades de cinco países lo han buscado durante años. Nunca ha sido capturado. Nunca ha permanecido más de cuarenta y ocho horas en el mismo lugar.
Dante cruzó los brazos.
—Debe creerse un fantasma.
Román lo miró y su voz se volvió más seria.
—No. Simplemente sabe esconderse.
La pantalla mostró una fotografía aérea de un antiguo complejo industrial rodeado completamente por bosque. Las paredes estaban destruidas por el paso del tiempo, las ventanas habían desaparecido hacía años y el techo presentaba enormes agujeros. La naturaleza había comenzado a recuperar el lugar con árboles creciendo entre el concreto, hierba cubriendo los caminos y óxido en cada estructura metálica. Pero algo llamaba la atención: había vehículos recientes estacionados alrededor del edificio, luces encendidas, guardias patrullando y varias cámaras de vigilancia instaladas en los techos.
—Hace veinte años esta era una fábrica de maquinaria agrícola —señaló Román al cambiar la imagen—. Hoy es el centro de operaciones de Noman.
Ryker observó atentamente el mapa.
—Está bien escondido.
—Exactamente —el general amplió la imagen, mostrando un bosque que parecía interminable—. El almacén está ubicado aproximadamente a 30 kilómetros de la frontera y a 18 kilómetros del poblado más cercano. Solo existe una carretera de acceso. El resto está rodeado por bosque, barrancos y terreno montañoso.
Kael estudió el mapa durante unos segundos y señaló el camino.
—Si alguien intenta escapar en vehículo... solo puede hacerlo por aquí.
Román sonrió ligeramente.
—Por eso estás en este equipo.
—Me gusta encontrar problemas antes que los demás —respondió Kael con una pequeña sonrisa.
Jackson levantó una mano.
—¿Y las comunicaciones?
Román cambió nuevamente la pantalla, mostrando varias antenas.
—Detectamos inhibidores de señal alrededor del complejo.
Jackson soltó un pequeño silbido.
—Interesante...
—¿Puedes desactivarlos? —pregunté.
Jackson sonrió con confianza.
—Si me das una computadora... y unos minutos.
Dante soltó una carcajada.
—Traducción: sí puede.
—Exacto —asentó Jackson.
El general continuó.
—Hace tres días, un grupo de hombres armados entró al pequeño pueblo de San Ignacio del Bosque.
En la pantalla apareció una fotografía del lugar. Era un pueblo tranquilo de calles de tierra, casas sencillas de ladrillo y madera, una pequeña iglesia en el centro, una escuela primaria y un parque infantil con columpios oxidados donde vivían poco más de mil personas.
El general hizo una pausa y mostró otra fotografía: vehículos incendiados, puertas destruidas, ventanas rotas y casquillos de bala sobre el suelo. El contraste era estremecedor.
—La operación duró menos de quince minutos. Nadie pudo detenerlos —Román respiró profundamente—. Doce personas fueron secuestradas.
Las fotografías comenzaron a aparecer una tras otra: una mujer abrazando a sus hijos, un anciano, dos hermanos pequeños, un trabajador de una granja, un profesor y un mecánico. Todos tenían algo en común: eran civiles, personas que jamás debieron verse involucradas en una guerra.
Sentí un nudo en el pecho. El general nos observó.
—Según inteligencia militar, si el rescate no se realiza antes del amanecer... los venderá.
El silencio invadió completamente la sala. Nadie hizo un comentario ni bromeó; incluso Dante había perdido aquella sonrisa que siempre llevaba. Apreté lentamente los puños.
—General —llamé su atención—. ¿Tenemos confirmación de que siguen vivos?
—Sí —respondió sin dudar—. Un dron captó movimiento en el interior hace menos de dos horas.
Respiré con alivio. Todavía estábamos a tiempo. Román apagó la pantalla durante unos segundos y fijamos la vista en él.
—Escúchenme bien. Esta no será una misión sencilla. Sabemos que Noman cuenta con al menos cuarenta hombres armados. Desconocemos si tiene refuerzos ocultos, si el edificio está minado o si utilizará a los rehenes como escudos. Lo único que sabemos es que doce personas esperan que alguien llegue antes de que sea demasiado tarde.
Editado: 12.07.2026