operación lobo negro

Capítulo 2 Ojos en la Penumbra

Sofía asintió levemente mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de su mano. La pequeña manta térmica que le colocamos ayudaba a ocultar su calor corporal de cualquier dispositivo enemigo. El tiempo corría en nuestra contra.

Me incorporé despacio y activé el comunicador en la frecuencia interna del equipo.

—Jackson, te quedas aquí —ordené en voz baja—. Tu prioridad absoluta es mantener a salvo a Sofía y operar el dron desde la cobertura del bosque. Si detectas que alguna patrulla se acerca a esta posición, nos avisas de inmediato.

—Entendido, Blake. La niña estará a salvo conmigo —respondió Jackson con seriedad, acomodándose detrás de un espeso matorral junto a ella.

Miré al resto de los hombres. El viento de la madrugada soplaba con fuerza, arrastrando una ligera llovizna que golpeaba nuestros cascos tácticos.

—Muy bien, escuchen el cambio de planes. El hermano de Sofía, Luis, está atrapado adentro y un hostil lo persigue. Ryker, mantén la posición en la colina rocosa y vigila las estructuras superiores. Nadie dispara contra el almacén principal hasta que estemos dentro, a menos que sea una emergency.

—Copiado, Blake. Tengo los ojos puestos en la torre de control y en el patio delantero —confirmó la voz estática de Ryker desde su puesto de francotirador.

—Dante, Kael, conmigo —continué, ajustando el agarre de mi fusil de asalto—. Entraremos por la vieja tubería de drenaje que descubrimos en el mapa técnico. Está parcialmente destruida por la maleza, pero es nuestra mejor opción para ingresar sin activar las cámaras frontales. Logan, Alberto, muévanse hacia el flanco oeste. Cubran las salidas traseras por si el perseguidor intenta sacar al niño del complejo.

—A la orden, Comandante —respondió Logan en un susurro antes de avanzar deprisa hacia la izquierda junto a Alberto, perdiéndose entre los troncos de los pinos.

Le hice una seña con la mano a Max. El pastor alemán pegó el cuerpo al suelo húmedo, con las orejas erguidas y la mirada fija en la base de la cerca perimetral.

—Vamos, compañero. Guíanos —le susurré.

Avanzamos en una formación de cuña cerrada. La oscuridad del bosque y la densa neblina nos servían de camuflaje perfecto. Cada pisada sobre la tierra mojada era calculada para no romper ramas secas ni hacer ruido.

Llegamos a la apertura de la tubería de drenaje, oculta tras una maraña de raíces gruesas y láminas de metal oxidadas. Kael se deslizó primero con movimientos fluidos, manteniendo su arma apuntando al frente. Max entró justo detrás de él, y luego lo seguí yo, dejando a Dante en la retaguardia para vigilar el exterior antes de internarse en el ducto.

El espacio interior era estrecho y frío. El agua estancada nos cubría hasta los tobillos, y el olor a óxido y humedad era penetrante. Bajé el visor nocturno de mi casco; el entorno se tiñó de un verde brillante de alta definición. Avanzamos unos veinte metros arrastrando los pies con cuidado hasta llegar a una rejilla de hierro que cedió fácilmente tras un empujón firme de Kael.

Salimos directamente al sótano del antiguo complejo industrial. El lugar estaba repleto de cajas de madera rotas, herramientas agrícolas inservibles y escombros de concreto que habían caído del techo debido al abandono de dos décadas.

De repente, un fuerte estruendo proveniente del piso superior rompió el silencio de la estructura.

¡¡CRACK...!!

El sonido de una puerta de madera siendo derribada y un grito infantil resonaron a través de las vigas del techo.

—¡No corras, maldito mocoso! ¡De aquí no vas a salir! —retumbó una voz ronca y cargada de furia en la planta alta.

Max levantó la cabeza de golpe y dejó escapar un gruñido sordo, mostrando los colmillos. Le puse una mano firme sobre el lomo para mantenerlo quieto.

—Jackson, dame un informe del dron ahora —solicité a través del intercomunicador, apretando el paso hacia las escaleras internas de concreto.

—Blake, el mapa térmico muestra movimiento en el segundo piso, pasillo central —informó Jackson con rapidez—. El niño se dirige hacia el área del techo colapsado. El hostil va armado con un rifle y está a menos de diez metros de él. Si el niño llega al final del corredor, se quedará sin salida.

Miré a Kael y a Dante. Ambos asintieron con la cabeza, con la determinación grabada en sus rostros. La fase silenciosa había terminado.

—Ryker, elimina a los centinelas de la torre ahora mismo para limpiar nuestra retirada —ordené en voz alta—. ¡Lobo Negro, iniciamos el asalto! ¡Muévanse!

Subimos las escaleras de concreto de tres en tres. El sonido de nuestras botas resonaba con fuerza en el edificio desierto, alertando al perseguidor. Cuando llegamos al pasillo central del segundo piso, la escena que encontramos nos congeló la sangre.

El pasillo terminaba abruptamente en un abismo de metal y concreto retorcido donde el techo se había derrumbado años atrás. La lluvia caía con fuerza a través del enorme agujero, empapando el suelo resbaladizo. Justo al borde de la caída, el pequeño Luis, un niño de no más de ocho años, temblaba descalzo sobre una viga oxidada. Detrás de él, a solo unos metros, un hombre corpulento con uniforme camuflado gastado y un rifle de asalto en las manos lo apuntaba con ira en los ojos.

—¡Da un paso más y te juro que te vuelo la cabeza, mocoso! —le gritó el hostil, sin percatarse de nuestra llegada debido al estruendo de la tormenta.

—¡Alto ahí! ¡Fuerzas especiales! ¡Suelte el arma! —rugí, levantando mi fusil directamente hacia el pecho del hombre. Kael y Dante se desplegaron a mis lados en abanico, cerrando cualquier ángulo de escape.

El captor dio un brinco de sorpresa, girando el torso a medias. Al ver nuestros uniformes negro mate y los visores integrados, su expresión de furia se transformó en puro pánico. Sin embargo, en lugar de soltar el rifle, dio un paso rápido hacia atrás y agarró a Luis por el cuello de su camisa rota, usándolo como un escudo humano. El niño soltó un chillido de terror mientras sus pies resbalaban al vacío, sostenido únicamente por el brazo del criminal.




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