Capítulo 3: El largo camino hacia la luz
El cable de acero de la tirolesa aún vibraba en lo alto de la estructura, perdiéndose en la densa niebla de la madrugada. Jackson ya había cruzado al otro lado del barranco, llevando a salvo a Sofía y al pequeño Luis hacia la vegetación del bosque donde el dron táctico les servía de cobertura. Habían escapado por un pelo, pero la planta baja del complejo industrial de Noman seguía siendo una caldera a punto de estallar. El olor a pólvora quemada, humedad y el sonido ensordecedor de los disparos rebotando en las paredes de concreto creaban una atmósfera sofocante.
Ajusté con fuerza las correas del niño que llevaba aferrado a mi espalda. Sentía sus manos enterradas como garras en las placas de mi chaleco táctico, y su respiración rápida y entrecortada golpeaba directo en mi cuello. Con mi mano izquierda, apreté con firmeza el agarre de la chica que guiaba a mi lado. Tenía el rostro empapado por la llovizna que se colaba por los techos rotos, y aunque el pánico amenazaba con paralizarla, sus piernas respondían a mis zancadas con una valentía admirable.
—¡No miren atrás! ¡Mantengan el paso y quédense agachados! —ordené con voz ronca hacia el grupo de civiles que corría a pie justo detrás de nosotros.
—¡Comandante, no puedo seguirle el ritmo, me duelen las piernas! —gritó un hombre mayor que venía trastabillando al final de la fila, con la ropa rota y el rostro pálido de cansancio.
—¡Sí puedes, maldita sea, muévete! ¡Piensa en tu familia pero no te me quedes tirado en el suelo ahora! —le respondió Dante, empujándolo suavemente por el hombro para que no perdiera el impulso—. ¡Kael, vigila esa pasarela superior, joder! ¡Tengo destellos a las doce!
Eran cerca de quince personas. Hombres, mujeres y trabajadores de la zona que habían sido retenidos por la organización criminal. Avanzábamos en una formación de cuña humana por el pasillo central de la planta baja. A nuestros lados, Dante y Kael operaban como un muro blindado móvil. Sus fusiles de asalto soltaban ráfagas cortas de tres tiros cada vez que un destello enemigo asomaba por las barandillas del segundo piso.
En la barandilla superior, uno de los tiradores de Noman se asomó demasiado. Kael reaccionó en una fracción de segundo, soltando una ráfaga que impactó directo en el cuello del hostil. El hombre soltó el arma y se desplomó hacia adelante, quedando colgado de la barandilla. Un hilo espeso de sangre oscura comenzó a chorrear por el metal oxidado de la estructura, goteando de forma constante sobre los escombros de concreto del suelo.
El pastor alemán, Max, corría a la vanguardia, con las orejas gachas y el cuerpo pegado al suelo húmedo, marcando el camino libre de obstáculos y emitiendo gruñidos sordos para mantener al grupo de civiles cohesionado.
—¡Blake, tenemos un bloqueo absoluto en el punto de extracción oeste! —la voz de Logan tronó por los intercomunicadores, ahogando por un segundo el ruido del combate—. ¡Una camioneta blindada pesada de Noman se acaba de cruzar justo frente al portón de salida trasera! Tienen una ametralladora calibre .50 montada en la caja. Si esa puerta se abre y los civiles intentan cruzar el patio, esa maldita picadora de carne los va a desintegrar.
Nos detuvimos en seco a escasos diez metros del portón de metal oxidado que daba al patio exterior. Detrás de mí, la columna de civiles chocó entre sí. Varias mujeres ahogaron gritos de terror y se lanzaron al suelo, cubriéndose la cabeza detrás de unas viejas cajas de madera de la fábrica. A través de las rendijas del portón de acero, la ametralladora pesada del exterior comenzó a escupir fuego. Los proyectiles de gran calibre perforaban las láminas de la entrada como si fueran de papel, levantando chispas brillantes y desprendiendo trozos de concreto de las columnas principales.
—¡Escúchame bien! —le dije a la chica que sostenía de la mano, obligándola a mirarme a los ojos para que se concentrara en mi voz y no en el estruendo exterior—. Necesito que te quedes aquí pegada a esta columna. No te muevas por nada del mundo, ¿me oyes? Si ves que alguien intenta acercarse, gritas. Nosotros los vamos a sacar de aquí, te lo prometo. Solo mantén la calma un minuto más.
—¡Tengo miedo, por favor no nos dejen aquí adentro! —respondió ella con la voz quebrada por el llanto, mientras se aferraba con las dos manos a la manga de mi uniforme táctico—. ¡Ese monstruo de afuera va a tirar la puerta abajo!
—No lo va a hacer. Confía en mí —le aseguré, soltándola suavemente para adoptar una postura de tiro—. ¡Ryker! Necesito que apagues esa ametralladora ahora mismo. Alberto, Logan, busquen un ángulo de flanqueo. No nos podemos quedar aquí a esperar que tiren una granada.
—Copiado, Comandante —la voz de Ryker llegó limpia desde su puesto en la colina rocosa—. El viento está cruzado a quince nudos y la lluvia es densa, pero tengo la silueta térmica del artillero fijada en mi visor de precisión. Dame tres segundos para calcular la caída de la bala.
Fueron los tres segundos más largos de mi vida militar. El motor de la camioneta blindada rugía afuera con un ronroneo pesado, listo para acelerar y embestir el portón si dábamos un paso en falso. El traqueteo de la .50 cesó por un instante para recargar la cinta de munición.
¡¡PUM...!!
El eco del rifle de cerrojo de Ryker retumbó desde la montaña lejana, un sonido sordo que cortó la tormenta. La bala de precisión atravesó limpiamente el parabrisas trasero y el cráneo del artillero. El hombre cayó hacia atrás sobre la caja del camión; la sangre comenzó a escurrir por el borde del portón trasero del vehículo, mezclándose con la lluvia y tiñendo el lodo de un color rojizo brillante.
—¡Artillero eliminado! —anunció Ryker por la radio—. Pero el conductor sigue dentro y hay infantería enemiga rodeando el camión. ¡Muévanse ya!
—¡Alberto, Logan, ahora! —rugí.
Desde el flanco izquierdo del patio, un viejo montacargas industrial modificado, conducido por Alberto y con Logan apostado en el techo, apareció a toda velocidad entre los pinos. El montacargas embistió el costado de la camioneta blindada de Noman con un crujido espantoso de metal retorcido. El impacto movió las dos toneladas del vehículo enemigo, bloqueando por completo la línea de tiro de los mercenarios que quedaban en el patio.
—¡El pasillo está limpio! ¡Abran las malditas puertas! —gritó Logan por la radio mientras abría fuego con su ametralladora ligera para suprimir a los supervivientes del exterior—. ¡Salgan ya, muévanse, muévanse!
Kael y Dante patearon el pestillo del portón de metal, obligándolo a abrirse de par en par.
—¡Vámonos, vámonos! ¡Hacia el bosque, sigan al perro y no se separen! —grité a los civiles, levantando de nuevo a la chica.
Tomé a la chica de la mano con fuerza renovada y arranqué a correr hacia el patio embarrado. Los civiles, espoleados por el instinto de supervivencia, se lanzaron detrás de nosotros en una carrera desesperada. Max guiaba la línea recta hacia la arboleda, esquivando los charcos y los pedazos de metal caliente que caían de los vehículos chocados. El agua de la tormenta nos golpeaba la cara, limpiando el polvo del sótano, pero la adrenalina nos mantenía calientes.
Cruzamos el perímetro de la fábrica y nos internamos en la maleza espesa del bosque. A los pocos minutos de marcha forzada bajo los pinos, divisamos las luces infrarrojas intermitentes del punto de reunión. Allí estaban Jackson, Sofía y el pequeño Luis, sanos y salvos, resguardados en una hondonada natural del terreno. Al vernos llegar con el resto de los civiles, el reencuentro fue un estallido de lágrimas de alivio, abrazos mudos y respiraciones agitadas. El niño en mi espalda finalmente soltó el agarre y corrió a abrazar a su madre, quien lloraba arrodillada en el barro.
El Equipo Lobo Negro formó un perímetro de seguridad perfecto alrededor de los rescatados, vigilando la oscuridad del valle mientras las sirenas de la policía local y las fuerzas gubernamentales comenzaban a escucharse a lo lejos, subiendo por la carretera de la montaña. La organización de Noman en este sector había sido desmantelada. Miré a mis hombres: Dante, Kael, Logan, Alberto, Ryker a través de la radio, y Jackson. Todos intactos. Los civiles estaban a salvo. La misión en el almacén industrial era un éxito rotundo.
—Buen trabajo, muchachos. Aseguren la zona hasta que el primer convoy del ejército esté aquí —le dije a mi equipo mientras me quitaba el casco, sintiendo el aire frío de la madrugada en la cara.
—Ha sido por los pelos, Jefe —comentó Jackson, acercándose con una sonrisa cansada mientras guardaba la tableta de control del dron—. Pensé que esa .50 nos iba a dejar atrapados para siempre. Buen tiro, Ryker, nos salvaste el pellejo desde esa colina.
—Solo hacía mi trabajo, Jackson. Además, la lluvia ayudó a ocultar el destello del cañón —respondió la voz de Ryker por el intercomunicador, relajando por fin el tono rígido de la misión.
Pasadas dos horas, tras dejar a los refugiados bajo el cuidado de los servicios médicos y el cordón de seguridad del ejército en la base temporal de la colina, nos reunimos en el interior del helicóptero de extracción Black Hawk. El rugido de las hélices gemelas proporcionaba un ruido blanco reconfortante. Los hombres se quitaban los cascos tácticos, limpiándose el sudor y el agua de la lluvia con toallas oscuras. El ambiente era de satisfacción contenida; habíamos cumplido con el deber.
De repente, la pantalla del terminal táctico integrado en mi antebrazo parpadeó, emitiendo un pitido agudo de color rojo con la etiqueta Prioridad Alfa - Comando Central.
Apreté el botón de recepción. La voz del General Vance, director de Operaciones Globales, llenó mis auriculares privados con una gravedad que borró de inmediato cualquier rastro de victoria en mi rostro.
—Buen trabajo con los civiles en la fábrica, Comandante Blake. El Lobo Negro ha demostrado una vez más por qué son los mejores. Pero no hay tiempo para celebrar. Tenemos una crisis de escala internacional en desarrollo y ustedes son la única unidad con capacidad de despluegue inmediato en la zona.
Ajusté el comunicador, haciendo una seña a mis hombres para que guardaran silencio absoluto. Dante detuvo su tarea de limpiar el fusil y me miró fijamente.
—¿Cuáles son las órdenes, General? —pregunté, sintiendo cómo los músculos de mi espalda volvían a tensarse—. Supongo que no nos llama para darnos las gracias en persona.
—Ojalá fuera eso, Blake —explicó Vance de fondo, mientras unos mapas topográficos de color azul brillante y lecturas de temperatura bajo cero se cargaban en mi pantalla—. Hace cuarenta minutos, un submarino nuclear de reconocimiento de la Alianza fue saboteado y encalló en las aguas congeladas del Estrecho de Bering, cerca de una estación científica abandonada de la era soviética. El problema no es el encallamiento, Comandante. Una facción paramilitar ultra-nacionalista fuertemente armada, autodenominada El Nexo, ya ha tomado la superficie de la estación y está intentando perforar el casco del submarino para extraer los códigos de lanzamiento de los misiles balísticos intercontinentales.
El General hizo una pausa, y el sonido de teclados operando a miles de kilómetros de distancia se coló por la línea.
—La tormenta ártica en la zona impide el paso de cualquier flota de rescate convencional. Tienen exactamente seis horas antes de que rompan las escotillas de seguridad del submarino. Su ventana de inserción es un salto HALO en caída libre sobre el hielo, a ciegas y con temperaturas de treinta grados bajo cero. Si ellos consiguen esos códigos, las consecuencias globales serán catastróficas. El transporte ya ha cambiado de rumbo. Bienvenidos al norte, Comandante.
Miré por la ventanilla del helicóptero. Las luces de la ciudad que dejábamos atrás comenzaron a desvanecerse a medida que el aparato inclinaba el morro hacia el norte, directo hacia la oscuridad del océano helado.
Volví la vista hacia mi equipo. Kael ya estaba buscando en los compartimentos traseros los trajes de aislamiento térmico blanco camuflaje y las máscaras de oxígeno para alta altitud. El sudor de la selva y la lluvia de la fábrica iban a convertirse en hielo en cuestión de minutos.
—¿Escucharon al General, muchachos? —les dije, mirándolos uno a uno—. Revisen el equipo para clima extremo de inmediato. Cambien la munición por aceites de baja temperatura. Nos lanzamos sobre el Ártico en cinco horas. Dante, ayuda a Kael con las máscaras de oxígeno. Esta vez vamos a ciegas.
—A la orden, Jefe —respondió Dante, soltando un bufido mientras arrastraba una pesada caja metálica con el equipo invernal—. Pasamos de la sauna al congelador en menos de un día. Odio el frío, pero esos códigos no se van a proteger solos.