operación lobo negro

Capítulo 6: Descenso al Infierno Blanco

El rugido de los cuatro motores turbohélice del C-130 Hércules sustituyó el traqueteo del Black Hawk. La transición de la humedad táctica de la Sierra Madre al aire presurizado y gélido de la aeronave de gran altitud había sido un golpe directo para el cuerpo. En el compartimento de carga, las luces rojas de combate bañaban los rostros del Equipo Lobo Negro, ahora ocultos tras pesadas máscaras de oxígeno de alta cota y trajes de aislamiento térmico de un blanco impoluto.Ajusté la última correa de mi arnés de salto HALO y miré el altímetro digital de mi muñeca: 9,000 metros de altura. Afuera, la tormenta ártica rugía sobre el Estrecho de Bering con vientos que superaban los ochenta kilómetros por hora y temperaturas de treinta grados bajo cero. Una inserción a ciegas en el fin del mundo.—Tres minutos para la luz verde, Comandante —la voz distorsionada del piloto entró por mi auricular privado a través del canal cifrado.Me levanté pesadamente debido al volumen del equipo para clima extremo. Max, nuestro pastor alemán, ya estaba firmemente acoplado a mi pecho mediante el arnés de salto tándem modificado. El pelaje de su cabeza, visible tras sus gafas protectoras especiales, estaba tenso. Le di dos palmadas suaves en los flancos de su chaleco térmico. Él no flaqueaba; nosotros tampoco lo haríamos.Me deslicé por la cabina y me detuve frente a mis hombres. Dante estaba terminando de aplicar el aceite especial de baja temperatura a los mecanismos de su subfusil para evitar que el frío extremo congelara el percutor al primer disparo. Kael permanecía estático, con la mirada fija en una pantalla táctil portátil que mostraba los últimos planos térmicos del submarino encallado y la estación científica soviética abandonada.—Escuchen bien —ordené, forzando la voz a través del diafragma de la máscara de oxígeno—. El Nexo ya está perforando el casco del submarino. Nuestra ventana de oportunidad es de menos de cinco horas antes de que consigan esos códigos de lanzamiento. Al tocar el hielo, la visibilidad será menor a tres metros debido a la ventisca. Despliegue inmediato en formación de cuña corta. Jackson, tu prioridad es lanzar el dron térmico en cuanto encontremos cobertura; necesitamos saber cuántos paramilitares vigilan la superficie de la estación.—Entendido, Jefe —respondió Jackson, asegurando la tableta de control reforzada contra su muslo—. Los sensores del dron están precalentados. El frío reducirá la batería a la mitad, pero nos dará el mapa de calor que necesitamos.—¿Y si las escotillas ya están comprometidas? —preguntó Dante, ajustando su visera de alta cota.—Entonces limpiaremos el submarino compartimento por compartimento —intervino Ryker desde el fondo, cargando los cargadores de su fusil de precisión con munición de fragmentación perforante—. Nadie sale de ese hielo con los códigos.Las luces de la cabina cambiaron bruscamente de rojo a amarillo. Una sirena sorda comenzó a sonar, rompiendo el tenso silencio táctico. El portón trasero del C-130 comenzó a descender lentamente con un chirrido hidráulico. Al instante, un torbellino de aire gélido, cristales de hielo y oscuridad absoluta invadió el compartimento de carga. La temperatura cayó en picada, amenazando con congelar el sudor que aún quedaba en nuestras frentes.A través de la rampa abierta no había nada. Solo un abismo blanco y oscuro, un desierto congelado que esperaba devorarnos.Me acerqué al borde de la rampa, sintiendo la tremenda succión del viento y la presión del aire. Max encogió las patas por puro instinto protector, pegándose por completo a mi cuerpo. Miré hacia atrás por última vez y levanté el puño cerrado. Dante, Kael, Ryker, Jackson, Logan y Alberto dieron un paso al frente al unísono, alineando sus altímetros.La luz verde se encendió, inundando la rampa de un destello esmeralda tétrico.—¡Lobo Negro... al vacío! —rugí.Me impulsé hacia adelante, lanzándome de cabeza hacia la tormenta ártica. Durante los primeros segundos, el impacto del viento a trescientos kilómetros por hora amenazó con romper la estabilidad de mi caída, pero arqueé la espalda, estabilizando el descenso junto a Max. Uno a uno, los destellos infrarrojos de los paracaídas de mis hombres se encendieron en mi visor táctico, cayendo como fantasmas blancos a través de las nubes del Ártico. La Operación Lobo Negro acababa de aterrizar en el infierno blanco, y la cuenta regresiva global ya estaba corriendo.




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