operación lobo negro

Capítulo 7 Fantasma en el Hielo

El impacto de la densidad de las nubes árticas fue inmediato. La masa de aire congelado golpeaba contra la visera térmica de mi casco con un estruendo continuo, cubriendo el cristal de una fina capa de escarcha que los calentadores automáticos apenas lograban disipar. Mi altímetro descendía a un ritmo vertiginoso: *6,000 metros... 5,000 metros...*

—¡Lobo Negro, mantengan la cohesión de la formación! —ordené por la frecuencia interna, sofocado por la presión de la máscara de oxígeno—. El viento cruzado nos está arrastrando hacia el este. Ajusten la deriva.

—Tengo a Dante y a Kael a mi flanco izquierdo —reportó la voz distorsionada de Logan entre interferencias de estática—. Ryker ya se separó para ganar altitud de planeo y buscar la cresta rocosa sobre la estación soviética.

—Copiado —respondió Ryker, firme pese a la turbulencia—. El viento aquí arriba es violento, pero mantengo el rumbo. Los veo en el punto de encuentro.

A los 1,500 metros sobre el nivel del suelo helado, la densidad de la ventisca redujo la visibilidad a cero. Las luces infrarrojas de los trajes del equipo parpadeaban en el mapa HUD de mi visor como pequeñas luciérnagas en medio de la tempestad. La superficie blanca del Estrecho de Bering emergió del abismo con una rapidez aterradora: no había margen de error.

—¡Abran paracaídas! ¡Ahora! —grité.

Tiré con fuerza del asa de extracción. El golpe seco de la vela desplegándose contra las ráfagas heladas nos frenó en seco, sacudiéndonos a Max y a mí en el aire. El pastor alemán emitió un leve gemido por la brusca tensión del arnés, pero no se agitó. Miré hacia abajo y ajusté las líneas para dirigir el descenso hacia las sombras de las viejas estructuras metálicas de la estación científica.

Mis botas tocaron la superficie con un impacto sordo, hundiéndose profundamente en la nieve densa. Inmediatamente me dejé caer de rodillas para liberar el paracaídas, que fue arrastrado al instante por la ventisca. Desenganché las hebillas del arnés tándem de Max; el perro pisó la nieve firme, sacudiéndose el lomo congelado y posicionándose a mi lado en postura de alerta.

Uno a uno, los integrantes de la unidad fueron tocando tierra a escasos metros entre la penumbra y la nieve arrastrata por el viento. Dante, Kael, Logan, Alberto y Jackson se liberaron de sus velámenes y formaron un perímetro de seguridad defensivo a nuestro alrededor, apuntando con sus armas hacia la oscuridad helada.

—Informe de estado —susurré mientras levantaba mi fusil, comprobando que el visor holográfico térmico estuviera calibrado.

—Todos en tierra y sin novedades, Comandante —confirmó Dante, sacudiéndose la acumulación de nieve del chaleco blanco—. El aire aquí afuera se siente como agujas clavándose en la garganta.

—Jackson, pon ese dron en el aire de inmediato —ordené, bajando la voz al mínimo mientras nos agazapábamos tras la pared de un depósito metálico abandonado y cubierto de hielo.

Jackson se arrodilló sobre la nieve, protegiendo la tableta de control con su propio cuerpo mientras activaba los rotores calefactados del pequeño cuadróptero. Un zumbido casi inaudible cortó el aire de la tormenta cuando el aparato se elevó verticalmente, desapareciendo rápidamente en la niebla blanca.

En cuestión de segundos, la transmisión de señal térmica se desplegó directamente en la pantalla de mi visor. La estación científica soviética, un complejo de edificios oxidados y torres de radar en desuso, aparecía en tonos fríos, pero cerca del muelle helado, una inmensa masa de calor marcaba la presencia de algo abrumador: el lomo de acero del submarino nuclear de la Alianza, encallado entre placas de hielo fracturadas.

—Tenemos movimiento hostil —informó Jackson en un susurro apresurado—. Conté al menos a quince hombres armados en la cubierta del submarino. Están usando sopletes de plasma y taladros industriales sobre la escotilla principal del silo de misiles. La firma de calor indica que están a punto de atravesar el segundo sello de seguridad.

—Están corriendo contra el reloj igual que nosotros —murmuró Kael, ajustando el bípode de su fusil—. Si entran al silo, tendrán los códigos en cuestión de minutos.

—Ryker, ¿estás en posición? —preguntó por el canal cifrado.

—Posición alcanzada —respondió la voz helada del francotirador desde lo alto de una antigua torre de telecomunicaciones half-colapsada a trescientos metros de la costa—. Tengo ángulo claro sobre los operadores de los sopletes y dos centinelas en la pasarela metálica. El viento es fuerte, pero la munición pesada responderá. Esperando tu señal, Comandante.

Miré a mi equipo. Trajes blancos integrados con el paisaje, ojos atentos tras las viseras térmicas y armas listas. El fango de la selva mexicana había quedado atrás; ahora estábamos en las entrañas del Ártico, y el destino de la seguridad internacional dependía de cada paso que diéramos en esa nieve.

—Escuchen la maniobra —dije, señalando los puntos en el mapa térmico de mi visor—. Dante y Kael avanzarán por la pasarela este del muelle para cortar cualquier intento de retirada. Logan y Alberto asegurarán el acceso a la torre de control de la estación para evitar que utilicen antenas de retransmisión. Jackson y yo abordaremos la cubierta del submarino junto a Max.

—¿Y si la escotilla ya está abierta cuando lleguemos? —preguntó Dante, ajustando el agarre de su arma.

—Entonces entraremos en la lata de metal y limpiaremos el submarino pasillo por pasillo —respondí con firmeza—. Nadie de El Nexo sale de este hielo con los códigos.

Aseguré el fusil contra mi pecho, le hice una seña con la mano a Max para que se pegara a mi pierna izquierda y levanté el brazo, marcando la orden de avance.

—Lobo Negro... en marcha.

El frío ártico no daba tregua, pero la descarga de adrenalina mantenía mis sentidos al límite. Max caminaba pegado a mi muslo, sus orejas erguidas detectando el chasquido del metal bajo la presión del hielo y el crujido de los sopletes en la lejanía. Nos desplazamos en línea de guerrilla, aprovechando la cortina de nieve que la tormenta levantaba a ras de suelo para ocultar nuestra silueta.




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