Capítulo 8: El eco del hielo y el susurro del trópico
El aire helado entraba en mis pulmones como si cortara desde dentro, un dolor agudo y punzante que me recordaba que cada segundo en esta grieta jugaba en mi contra. Mis dedos, entumecidos hasta el hueso y casi incapaces de sentir el tacto de los guantes tácticos, apretaban la empuñadura del pico de escalada con la fuerza desesperada de quien se niega a rendirse. Frente a mí, incrustado en la roca viva y el hielo milenario de las profundidades de la cueva, el Núcleo de Permafrost refulgía con un fulgor azul eléctrico que parpadeaba fuera de control. Las lecturas de los sensores no mentían: la fluctuación de energía magnética estaba a punto de alcanzar el punto de saturación crítica. Si esa masa de energía colapsaba, la onda expansiva provocaría un alud capaz de sepultar por completo las tres poblaciones del valle inferior.
Un rugido sordo retumbó desde las entrañas del glaciar, haciendo vibrar el suelo helado bajo mis botas. El techo de la caverna cedió al estrés mecánico y enormes estalactitas cayeron a mi alrededor como proyectiles de puro cristal, estrellándose contra el suelo y levantando densas nubes de escombros de escarcha. No había margen para cálculos minuciosos ni para dudar. Me adelanté entre los impactos, encajé la hoja del pico en la ranura congelada justo detrás del artefacto y apoyé todo el peso de mi cuerpo en una sola palanca desesperada.
El chasquido que siguió sonó tan seco y potente como un disparo en la penumbra de la cueva. La estructura de hielo cedió. Una descarga de energía estática recorrió el metal de la herramienta y me sacudió los brazos con un calambre helado que me hizo dar un paso atrás, pero logré atrapar el Núcleo en el aire con ambas manos antes de que tocara el suelo. En el instante exacto en que la reliquia quedó fuera de su altar natural, el zumbido ensordecedor de la tormenta magnética se cortó de golpe. El brillo caótico y parpadeante del cristal se redujo a un pulso suave, rítmico y estabilizado.
No tuve tiempo para respirar. El colapso definitivo del techo ya había comenzado. Guardé la unidad en la bolsa de aislamiento térmico de mi equipo, cerré la cremallera de seguridad y eché a correr hacia el túnel de evacuación mientras toneladas de hielo barrían el lugar donde había estado parado hace apenas unos segundos. Corrí a ciegas, esquivando grietas que se abrían en el suelo y bloques de masa helada que se desplomaban, hasta que la luz blanca del exterior me cegó momentáneamente. Salí despedido por la boca de la cueva y rodé varios metros por la ladera nevada justo cuando la entrada se desmoronaba detrás de mí en una masa impenetrable de nieve y roca.
Me quedé tendido de espaldas sobre la nieve, jadeando violentamente mientras contemplaba el cielo. La violenta tormenta magnética que había cubierto la cumbre durante semanas se disipó en cuestión de minutos, dejando ver un firmamento completamente despejado. Bajé la vista hacia el valle: las luces de advertencia del campamento base habían cambiado de rojo a verde. El sistema de radares volvía a transmitir sin interferencias. La misión del glaciar, tras días de combate continuo contra el clima y la incertidumbre, estaba cumplida.
El descenso hacia la base fue un trayecto en silencio, marcado únicamente por el crujido de mis botas sobre la nieve firme y el cansancio acumulado en cada músculo de mi cuerpo. Al cruzar el perímetro de seguridad, el personal técnico y los operadores del equipo de contención salieron a recibirme. Hubo palmadas en los hombros y miradas de alivio cuando entregué el estuche sellado con el Núcleo de Permafrost al ingeniero jefe.
El ingeniero recibió el estuche con ambas manos, verificando los sellos de presión antes de echar un vistazo al interior de la bolsa de aislamiento. Su expresión relajada cambió al instante; sus cejas se fruncieron y el color se le fue del rostro mientras fijaba la mirada en los indicadores del lector portátil.
—Comandante Blake... esto no es solamente una fuente de energía —murmuró, alzando la vista hacia mí con los ojos muy abiertos—. Las frecuencias que emite coinciden con una red de transmisión antigua. Es un repetidor... alguien estaba enviando datos desde este glaciar hacia otro punto del planeta.
El indicador del lector portátil volvió a parpadear. Durante una fracción de segundo apareció una cadena de caracteres indescifrables en la pantalla táctil antes de desvanecerse en un parpadeo estático.
—¿Qué fue eso? —pregunté, dando un paso al frente.
El ingeniero negó lentamente con la cabeza, con la piel erizada.
—No lo sé, Comandante. Pero alguien acaba de responder.
Antes de que pudiera formular la siguiente pregunta, la alarma de prioridad máxima del terminal de comunicaciones central volvió a sonar con tres tonos agudos y persistentes. Las pantallas de la tienda de mando parpadearon hasta teñirse de un rojo intenso, interrumpiendo abruptamente la conversación y dejando la incógnita suspendida en el aire.
—Tenemos un enlace directo entrante coordinado por el alto mando —anunció el oficial de transmisiones, ajustándose los auriculares con gesto serio—. Viene cifrado con código de emergencia intercontinental. Es directo para usted, Blake.
Al presionar la tecla de respuesta, el proyector de la mesa central desplegó la figura holográfica de Don Guillermo Villarreal-Valdez, magnate de la industria tecnológica militar y una de las figuras más influyentes del sector privado. Su rostro, habitualmente impenetrable en las ruedas de prensa, reflejaba ahora una mezcla evidente de furia y desesperación.
—Si estás viendo este mensaje, Blake, es porque me aseguraron que tu equipo Lobo Negro es el único con la capacidad operativa disponible para actuar de inmediato —dijo la voz de Villarreal-Valdez, cortante y grave—. Hace tres horas, el vuelo privado que transportaba a mis dos hijos fue neutralizado. El avión perdió simultáneamente sus sistemas de navegación y comunicación debido a un pulso electromagnético y fue obligado a realizar un aterrizaje de emergencia en una pista clandestina. Allí, una célula fuertemente armada tomó el control de la aeronave por la fuerza y se llevó a los niños.