operación lobo negro

Capitulo 9 Fuego en la espesura y sombras del pasado

​El retumbo constante de los motores de la aeronave de transporte inundaba la cabina con una vibración pesada mientras cruzábamos el Atlántico a toda velocidad. Fuera, la noche se tragaba el océano conforme nos adentrábamos en el corazón del Triángulo de las Bermudas. Los veintisiete minutos de vuelo no eran para descansar; eran el único margen que teníamos para convertirnos en una unidad de combate perfectamente preparada. Dentro del compartimento, el ambiente olía a combustible, metal y al aceite fresco de las armas recién revisadas.

​—Revisión de carga final —ordené, alzando la voz sobre el zumbido de las turbinas mientras ajustaba los correajes de mi chaleco táctico.

​A mi lado, Dante revisaba por tercera vez el mecanismo de cierre de su fusil de asalto. Jackson, sentado enfrente con la espalda apoyada en el armazón de la cabina, terminaba de asegurar los cargadores en las perneras de su uniforme.

​—Si el pulso electromagnético sigue activo en esa isla, no vamos a tener apoyo aéreo ni comunicaciones con el exterior, Comandante —comentó Dante, deslizando un cargador en su arma con un chasquido metálico rítmico—. Vamos totalmente a ciegas.

​—Y sin reabastecimiento —añadió Kael desde el fondo, ajustando la óptica de su rifle de tirador—. Si nos quedamos cortos de munición allá abajo, nos va a tocar pedirle parque prestado a los secuestradores.

​—Por eso la regla no cambia —intervine, fijando la mirada en el equipo—. En territorio bloqueado, lo que llevas encima es lo único que te mantiene con vida. Nada de ráfagas innecesarias. Disparos controlados.

​Equipamos los fusiles con supresores de destello y miras térmicas para entorno nocturno. Cada miembro de la unidad ajustó sus portacargadores: siete cargadores de treinta cartuchos calibre 5.56 mm acoplados al chaleco, dos más en las perneras y un tambor doble de cien rondas en la mochila como reserva estratégica. En total, trescientos diez cartuchos por hombre. Añadimos dos granadas de fragmentación, dos cegadoras, un kit médico de trauma individual con torniquetes de aplicación rápida y tres paquetes de hidratación concentrada. Las pistolas secundarias de 9 mm llevaban tres cargadores de quince rondas cada una. Ryker terminó de asegurar en su mochila cuatro cargas explosivas C4 con detonadores remotos de baja frecuencia para abrir brechas en estructuras fortificadas.

​—Monitoreo de turbulencia magnética en aumento —anunció el piloto desde la cabina por el sistema de intercomunicación—. Llegamos al área de lanzamiento. En tres minutos se abre la rampa.

​—Aseguren visores —ordené, bajando la máscara táctica sobre mi rostro—. La prioridad absoluta son Sofía y Mateo. Neutralización silenciosa hasta ubicar el perímetro interno. Si nos descubren antes de tener a los niños, el fuego será a discreción.

​—Entendido, Comandante —respondió Jackson, dándole una palmada en el hombro a Ryker—. Vamos a sacar a esos niños de ese infierno.

​La rampa trasera se abrió con un silbido violento de aire cálido y húmedo. El contraste fue instantáneo: de la congelación del glaciar pasamos al impacto de un aire denso, cargado de vapor y vegetación. Saltamos en la penumbra directamente hacia el dosel verde de la selva.

​El descenso entre las copas de los árboles fue complicado, pero conseguimos tocar tierra sin llamar la atención. Nos reunimos en cuestión de segundos y establecimos un perímetro defensivo de 360 grados. La selva era un muro espeso de follaje y humedad, pero el sensor de movimiento y la señal biométrica remota de los niños nos guiaron a través de la penumbra hacia una estructura militarizada oculta bajo la vegetación: una antigua instalación de la Guerra Fría reconvertida en fortaleza clandestina.

​—Perímetro exterior a la vista —susurró Kael a través de la frecuencia de corto alcance, apoyado contra el tronco de un árbol gigante—. Hay tres centinelas en las torres improvisadas y dos patrullando la entrada principal.

​—Kael, toma el tirador de la torre izquierda —ordené en tono bajo—. Dante, Ryker, conmigo para la entrada. En tres, dos, uno...

​Avanzamos como sombras. Los centinelas fueron neutralizados uno a uno sin que el resto del perímetro detectara nuestra presencia. El uso de cuchillos tácticos y armas con supresores nos permitió atravesar el primer anillo defensivo sin levantar sospechas. Sin embargo, al cruzar el patio central hacia el bloque de celdas, una patrulla secundaria emergió de un pasillo lateral y el sonido de una ráfaga enemiga rompió la noche.

​—¡Contacto, sector derecho! —gritó Ryker, respondiendo al fuego de inmediato y cubriéndose tras un muro de hormigón.

​El tiroteo en los pasillos resonó con fuerza. La selva se llenó del retumbar de las detonaciones y del sonido de los casquillos golpeando el suelo. Avanzamos en cobertura escalonada, abriéndonos paso a través del fuego enemigo hasta llegar al nivel inferior. Ryker colocó una carga C4 puntual en los goznes de la puerta blindada.

​—¡Carga lista! —avisó Ryker—. ¡A cubierto!

​La detonación redujo la traba de metal a astillas. Entramos al recinto con las armas arriba. Dentro de la celda de contención, acurrucados contra la pared y protegidos por un escudo improvisado de colchones, estaban Sofía y Mateo. Asustados, pero ilesos.

​—Unidad Lobo Negro. Estamos aquí por orden de su padre —dije, bajando la punta del fusil para no infundirles temor—. Mateo, Sofía, manténganse detrás de mis hombres. Van a salir de aquí ahora mismo.

​—¿El tío Guillermo envió a los Lobos? —preguntó Mateo con la voz entrecortada, apretando la mano de su hermana.

​—Así es, pequeño —respondió Dante con una sonrisa tranquilizadora mientras los escoltaba—. Ahora no se separen de nosotros.

​—Dante, Jackson, lleven a los niños al punto de extracción —ordené por la frecuencia interna—. Cubran la ruta de salida.

​—Entendido, Comandante —asintió Jackson—. No nos detendremos por nada.




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