Operación Melody

Pequeños cambios

Después del fin de semana, no supe nada de Layla.

Me había acostumbrado un poco a sus mensajes o memes pasivo-agresivos de los que había comenzado a mandarme en el tiempo que llevábamos hablando, pero el sábado y domingo fue como si hubiera desaparecido.

Y no es que me molestara, claro que no, pero... tal vez revisé la pantalla de mi celular un par de veces esperando un mensaje suyo.

Seguramente solo se me había hecho raro no verla molestándome.

Si, eso era.

El caso es que llegó el lunes y, por alguna razón, me sentía más nervioso de lo normal.

Mientras me cepillaba los dientes, me miré al espejo y me quedé quieto unos segundos.

—¿Qué demonios…? —murmuré.

No sabía qué clase de brujería contenía la crema que Layla me había recomendado, pero estaba funcionando. Mis granos se estaban desvaneciendo poco a poco, y las marcas que me habían acompañado toda la adolescencia empezaban a verse más claras, como si alguien hubiera usado Photoshop en mi cara mientras dormía.

—Wow… —pronuncié, tocándome una mejilla con incredulidad.

Me reí solo, aunque el reflejo en el espejo me devolvió una imagen que todavía no terminaba de reconocer.

Era raro verme sin los anteojos. Aún me costaba acostumbrarme.

—Sigo pareciendo yo… pero algo diferente —pensé.

Ya no me tomaba media hora ponerme los lentes de contacto. Al principio era una batalla épica: yo contra mi pupila, pero ahora… bueno, al menos no lloraba litros de lagrimas al ponérmelos.

Eso sí, todavía había momentos en que el lente se me pegaba al dedo y terminaba haciendo caras tan ridículas que agradecía nadie pudiera verlas.

En fin, respiré hondo y tomé mi mochila.

Era lunes otra vez, y quién sabe qué clase de tortura social me esperaba, solo esperaba que Layla no llegara con otra de sus ideas “brillantes”, aunque, siendo sincero, una parte de mí… quería verla.

No mucho, claro. Solo un poco.

Llegué a la escuela un poco más temprano de lo habitual.

Entré al salón, y mi vista fue directo hacia el lugar de al lado.

Vacío.

Normalmente ella ya estaba ahí, con su libreta abierta, anotando quién sabe qué cosas, pero esta vez… nada.

—Bueno, seguro llega al rato —murmuré para mí, dejando mi mochila en el asiento.

Pasaron los minutos.

Primera clase: nada.

Segunda clase: tampoco.

Tercera…

Para la hora del almuerzo ya había asumido que no aparecería, y aunque no quería admitirlo, me sentía raro, como si algo en el día estuviera incompleto.

Caminé hacia la cafetería, intentando ignorar la sensación de vacío que se me había instalado en el pecho, tal vez era hambre, o tal vez me estaba volviendo loco, probablemente ambas.

Mientras cruzaba el pasillo, divise a Samuel a lo lejos.

—Hey, Derek —saludó con una sonrisa—. Qué bueno verte por aquí.

Lo acompañaban tres chicos más, todos del equipo de básquet, quienes para mi sorpresa me saludaron.

—¿Qué onda, bro? —dijo uno.

—¿Cómo vas, Derek? —preguntó otro.

¿Bro?

¿Derek?

¿Desde cuándo tenía nombre en su vocabulario?

—B-bien… supongo —respondí, medio atontado.

Samuel rió un poco y me dio una palmada en el hombro.

—Vamos a la cafetería. ¿Vienes?

No supe si estaba bromeando o si de verdad me estaba invitando.

—¿Yo? —pregunté, señalándome a mí mismo como un idiota.

—Sí, tú. A menos que haya otro Derek invisible por aquí —contestó, sonriendo.

No tenía excusas, y la verdad… no quería parecer un antisocial frente a mi primer casi-amigo.

—Bueno, supongo que puedo ir —dije, intentando sonar natural.

Nos sentamos todos en una mesa cerca de la ventana.

Samuel hablaba de su partido del fin de semana, otro contaba un chiste malísimo, y yo bueno, yo solo trataba de no parecer un extra, y seguir la conversación.

Y lo curioso es que no fue tan terrible, de hecho, se sintió normal.

Rieron, me preguntaron un par de cosas, y hasta me ofrecieron de su comida.

Era la primera vez en años que almorzaba con más gente aparte de Layla.

Cuando la campana sonó y el receso terminó, me despedí de los chicos y volví al salón, en donde el lugar de al lado seguía vacío.

No pensé que lo diría, pero… se sentía muy silencioso sin ella al rededor, y no era un silencio que extrañara.

Durante el resto del día, varios compañeros me hablaron, incluso algunos que apenas recordaba sus nombres. Nada importante: cosas como “¿me pasas el borrador?” o “¿ya entregaste el trabajo de historia?”.



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En el texto hay: humor, romance, romcom

Editado: 25.10.2025

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