El trayecto en el auto fue una tortura de dos tipos: la visual, porque Seúl es jodidamente impresionante y yo quería pegar la nariz al vidrio como una niña pequeña; y la auditiva, porque Thiago y mi papá no paraban de hablar de logística de puertos y estructuras de acero.
—Llegamos —anunció el papá de Thiago, el señor Rodrigo, con una sonrisa—. Es un complejo nuevo. El piso 15 es para ustedes, y el 14 para nosotros. Estaremos a un piso de distancia, como en los viejos tiempos.
“Como en los viejos tiempos”. Eso significaba que Thiago estaría a un tramo de escaleras de arruinarme la existencia.
Bajé del auto intentando que mi salida fuera elegante, tipo Business Proposal. Me acomodé la chaqueta (aunque por dentro sentía que mis órganos se estaban cocinando al vapor) y miré hacia arriba. El edificio era una torre de cristal que brillaba bajo el sol de la tarde.
—Bien, Ámbar, aquí comienza —me susurré a mí misma—. Primer paso: entrar al lobby, cruzar miradas con un joven heredero en el ascensor y…
—¿Y quedarte atrapada porque no sabes usar el panel táctil? —Thiago pasó por mi lado cargando su mochila con una facilidad insultante—. El lobby es de alta seguridad, "Princesa del Drama". Si te quedas ahí parada esperando que el sensor te detecte el aura, vas a dormir en la acera.
—¡Estaba admirando la arquitectura! —le grité, aunque mis pies ya se movían solos detrás de él.
El lobby era minimalista, olía a té verde caro y a éxito. De repente, las puertas del ascensor se abrieron y salió un chico. No era un chico cualquiera. Era El Chico. Alto, con el cabello negro perfectamente despeinado, un traje gris que gritaba "soy el CEO de algo importante" y una mandíbula que podría cortar diamantes.
El tiempo se detuvo. Mi cerebro empezó a reproducir una balada de piano. Él caminaba hacia nuestra dirección. Esta era mi oportunidad. Abrí un poco los labios, puse mi mejor mirada de "extranjera interesante en apuros" y…
—¡Oye, Kang-Dae! —gritó Thiago, rompiendo mi burbuja de cristal de un solo martillazo.
El dios griego se detuvo y sonrió, mostrando unos hoyuelos que me hicieron olvidar cómo se respiraba.
—¡Thiago! —respondió el chico en un inglés perfecto mientras se acercaban para chocar las manos—. No sabía que llegabas hoy.
—Recién aterrizados. Mira, ella es Ámbar, la hija del socio de mi viejo. Ámbar, él es Kang-Dae, mi contacto aquí para los permisos de la zona franca.
Kang-Dae me miró. Sus ojos brillaron con cortesía. Yo estaba a punto de decir algo profundamente inteligente cuando Thiago añadió:
—No le hagas mucho caso si se queda congelada. Cree que está en un set de televisión. De hecho, creo que todavía trae una bufanda en la maleta de mano por si empieza a nevar de repente.
La sonrisa de Kang-Dae fue amable, pero la mía se sintió como una mueca de dolor. Mi primer encuentro con un coreano de élite y Thiago me había presentado como la loca de las bufandas.
—Bienvenida a Seúl, Ámbar —dijo Kang-Dae con una inclinación de cabeza perfecta—. Espero que la ciudad supere tus expectativas.
Se marchó dejando un rastro de perfume a sándalo y yo me quedé ahí, con ganas de enterrar a Thiago bajo los cimientos del edificio.
—Te odio —le siseé cuando el ascensor cerró sus puertas.
—De nada —respondió él, pulsando el botón del piso—. Te acabo de ahorrar diez minutos de hacer el ridículo intentando hablar coreano con Google Translate. Por cierto, tienes un poco de rímel corrido en el ojo izquierdo. Muy dramático, muy tú.