¿oppas? No, gracias

Capítulo 3 —La cena de la discordia

Mis padres y los Santoro decidieron que la mejor forma de celebrar nuestra llegada era una cena en un restaurante tradicional en el área de Mapo. Yo me puse un vestido de seda azul que hacía resaltar mi cabello rubio; estaba convencida de que en este país, ser rubia me daba al menos diez puntos extra de "aura de protagonista".

​—Pareces un helado de vainilla con chispas de azul —soltó Thiago en el pasillo mientras esperábamos el ascensor.

​—Se llama "estilo sofisticado", Santoro. Deberías buscarlo en el diccionario, está cerca de la palabra "insoportable" —le respondí, acomodando mis ondas rubias frente al espejo del elevador.

​—Solo digo que vas a sufrir. En los restaurantes tradicionales te sientas en el suelo. Buena suerte manteniendo la "sofisticación" mientras se te duermen las piernas y el vestido se te sube hasta la nuca.

​Llegamos al lugar. Era precioso: madera oscura, luces cálidas y ese olor a carne caramelizada que te hace olvidar cualquier dieta. Pero, tal como Thiago predijo, nos tocó una mesa baja.

​—Annyeonghaseyo —saludé a la camarera con una inclinación tan profunda que casi meto mi nariz en un cuenco de kimchi.

​Thiago soltó una risita ahogada.

​La cena transcurrió entre risas de nuestros padres, planeando el gran proyecto de la zona franca. Yo intentaba comer con palillos metálicos (que son mucho más resbaladizos que los de madera, por cierto). Cada vez que intentaba agarrar un trozo de bulgogi, la carne salía volando como si tuviera alas.

​—¿Necesitas un tenedor para niños, Ámbar? —Thiago estiró su brazo y, con una destreza que me dio ganas de patearlo, atrapó la carne que yo estaba persiguiendo y la puso en mi plato—. Estás haciendo un espectáculo. El rubio te hace notar a tres cuadras, no necesitas llamar más la atención fallando en lo básico.

​—Puedo sola, gracias —le dije, recuperando mi trozo de carne con orgullo herido—. Y para tu información, la gente me mira porque soy diferente, no porque esté "fallando".

​—Te miran porque estás intentando apuñalar el arroz con el palillo izquierdo —sentenció él, dándole un sorbo a su bebida—. Escucha, Villalobos. Mañana tengo que ir a la oficina del distrito para unos papeles. Kang-Dae estará ahí. Si prometes no poner cara de perrito faldero cuando lo veas, te dejo venir conmigo para que veas la ciudad "real".

​Me quedé helada. ¿Ver a Kang-Dae de nuevo? ¿El hombre de los hoyuelos y el traje gris?

​—¿Sin trampas? —pregunté sospechosa.

​—Sin trampas. Solo tú, yo y tu incapacidad para caminar dos cuadras sin buscar una locación de drama.

​Miré a Thiago. Su apellido, Santoro, siempre había sido sinónimo de problemas en mi vida, pero Seúl era demasiado grande para recorrerla sola y con miedo a perderme.

​—Acepto. Pero si intentas humillarme frente a él, te juro que le diré a todo el mundo que cuando tenías doce años lloraste porque se te rompió tu póster de Star Wars.

​Thiago se tensó y su sonrisa desapareció por un segundo.

​—Ese fue un golpe bajo, Villalobos. Muy bajo.




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