Esa mañana me desperté antes que el sol. Me tomó dos horas lograr que mi cabello rubio luciera exactamente como el de las heroínas que sufren por amor: con ondas naturales, pero perfectas. Me puse un conjunto de falda y blazer en tono crema. Estaba decidida a que Kang-Dae me viera como una mujer de negocios seria, no como "la rubia que se pierde en el aeropuerto".
Bajé al piso 14 y toqué la puerta de los Santoro. Thiago abrió apenas tres segundos después. Llevaba una camisa blanca con las mangas arremangadas y unos pantalones oscuros. Estaba tan impecable que me dio rabia.
—Vaya, Villalobos. Te has esforzado —dijo escaneándome de arriba abajo—. ¿Vas a una reunión de la ONU o a intentar que el CEO de ayer te pida el número?
—Voy a ser productiva, algo que tú no entenderías —le solté, pasando por su lado—. Vamos, no quiero llegar tarde.
Seúl de día era un caos organizado. El metro era una danza de gente en silencio y pantallas brillantes. Yo intentaba mantener la compostura, pero cada vez que el tren frenaba, terminaba chocando contra el pecho de Thiago. Él ni siquiera se movía; era como chocar contra una pared de ladrillos.
—Deja de usarme como amortiguador —me susurró al oído, y su aliento me hizo cosquillas en la nuca—. Agárrate de la barra, Ámbar. No es tan difícil.
Llegamos al distrito gubernamental. El edificio de cristal era imponente. Al entrar, vi a Kang-Dae hablando con unos empleados. Se veía aún mejor que ayer, si es que eso era posible. Su elegancia coreana era el estándar de oro.
—¡Kang-Dae! —Thiago lo llamó con esa confianza irritante que tiene.
El coreano se giró y nos sonrió. Mis rodillas flaquearon un poco.
—Thiago, puntual como siempre. Y la señorita Villalobos... —Su mirada recorrió mi cabello y me dio una inclinación de cabeza—. Qué gusto verla de nuevo. Su estilo es muy refrescante para Seúl.
—Muchas gracias, Kang-Dae. Es un honor estar aquí —dije, usando mi voz más aterciopelada.
—Es refrescante porque parece que se escapó de una boda —intervino Thiago, ganándose un pisotón de mi parte—. Vinimos por los documentos de construcción. ¿Podemos revisar los planos?
Kang-Dae nos guio a una oficina privada. Todo iba perfecto. Yo asentía, fingiendo entender los diagramas de flujo, cuando de repente mi estómago decidió traicionarme. Un rugido interno, producto del kimchi picante de la noche anterior, resonó en toda la habitación silenciosa.
Thiago soltó una risita que intentó camuflar con una tos. Kang-Dae, siendo un caballero, fingió no escuchar nada.
—Como decía —continuó Kang-Dae—, el diseño del puerto necesita...
¡GRRROU! Mi estómago volvió a protestar. Esta vez fue imposible ignorarlo.
—Creo que la "protagonista" tiene una rebelión interna —dijo Thiago con una sonrisa ladeada—. Kang-Dae, ¿hay algún lugar cerca donde vendan algo que no sea dinamita para el estómago de Ámbar?
—Hay un pequeño café de postres tradicionales aquí abajo —sugirió Kang-Dae con una sonrisa amable—. Quizás un té de jengibre ayude.
—Perfecto. Villalobos, camina. Antes de que tu sistema digestivo interrumpa el comercio internacional —Thiago me tomó del codo y me sacó de la oficina mientras yo sentía que mi cara ardía más que el sol.
Una vez en el pasillo, le solté el brazo de un tirón.
—¡Eres un idiota, Thiago Santoro! ¡Podría haberme manejado sola!
—¿Sola? Estabas a un rugido de que llamaran a seguridad pensando que había un terremoto. De nada, de nuevo —se burló, mientras me guiaba hacia el ascensor—. Por cierto, Kang-Dae te mira mucho. Pero no es por tu "aura", Ámbar. Es porque nunca ha visto a una rubia ponerse tan roja de vergüenza. Es casi un fenómeno científico