El ascensor bajaba en un silencio que, para mí, gritaba "humillación". Me miré en las paredes de acero inoxidable y deseé que mi reflejo se disolviera. Mi cabello rubio, que tanto me había costado peinar, ahora me parecía una señal de neón que decía: “Mírenme, soy la extranjera que hace ruidos extraños en reuniones oficiales”.
Thiago estaba apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos y esa sonrisita que daban ganas de borrarle con un borrador de pizarra.
—Si vuelves a abrir la boca para mencionar mi estómago frente a Kang-Dae, te juro que le diré a tu padre que perdiste los planos originales en el metro —le siseé, ajustando mi blazer crema con manos temblorosas.
—En primer lugar, los planos están en mi iPad, Villalobos. En segundo, te acabo de salvar de un momento mucho peor. Kang-Dae es coreano; son educados hasta la médula. Se habría quedado ahí, escuchando tus conciertos gástricos durante una hora sin decir nada, mientras por dentro pensaba que los latinos estamos hechos de fuegos artificiales —Thiago me miró de reojo cuando las puertas se abrieron—. Camina, gruñona. El café está a la vuelta.
El lugar se llamaba Gahoe-dong. Era una mezcla perfecta entre lo moderno y lo antiguo: suelos de madera clara, ventanales enormes que daban a un jardín interno con un solo árbol de arce y un aroma a canela y jengibre que me calmó los nervios al instante.
—Dos tés de jengibre y miel —pidió Thiago en un coreano tan fluido que me quedé con la boca abierta—. Y un plato de yakgwa, por favor.
Nos sentamos en una mesa pequeña junto a la ventana. El sol de Seúl caía sobre mi cabello y, por un segundo, me sentí en un drama. Me imaginé que este era el momento en que el protagonista se daba cuenta de lo hermosa que era la chica bajo la luz de la tarde. Pero claro, mi protagonista era Thiago Santoro.
—Deja de poner esa cara, Ámbar. Sé exactamente lo que estás haciendo —dijo él, rompiendo mi fantasía—. Estás buscando la cámara, esperando que empiece a sonar una canción de K-pop de fondo.
—¿Y qué si lo hago? —me defendí, cruzando los brazos—. Al menos yo tengo imaginación. Tú vives en un mundo de cemento, logística y sarcasmo. ¿No te cansas de ser tan... tú?
—¿Tan realista? No. Es lo que mantiene los pies en el suelo cuando otras personas están flotando en nubes de algodón de azúcar —Thiago se inclinó hacia adelante, y por un momento su expresión se volvió un poco más seria—. Mira, Villalobos. Seúl es increíble, pero no es un set de grabación. La gente aquí trabaja dieciséis horas al día, Kang-Dae probablemente tiene más presión encima que una caldera a punto de estallar y tú estás aquí esperando que te invite a pasear en bicicleta por el río Han mientras pétalos de cerezo caen sobre ti.
—Él fue amable conmigo —murmuré, sintiendo que mi estómago por fin se calmaba, aunque ahora era mi orgullo el que dolía.
—Fue cortés. Hay una diferencia. Pero si quieres impresionarlo de verdad, deja de intentar ser un personaje de ficción. Tu rímel sigue un poco corrido, por cierto.
Me llevé las manos a la cara, horrorizada, buscando mi espejo de mano en el bolso. Thiago soltó una carcajada corta y seca.
—Es mentira. Te ves... bien. Para ser una rubia escandalosa en territorio desconocido, te defiendes —tomó su té y sopló el vapor—. Mañana hay un festival en el barrio de Bukchon. Mis padres y los tuyos van a ir a una cena protocolaria aburrida. Kang-Dae mencionó que irá al festival a supervisar unos puestos de promoción del proyecto.
Mi corazón dio un vuelco. ¿Un festival? ¿En Bukchon? Ese lugar era famoso por sus casas tradicionales coreanas (hanoks). Es el lugar más romántico de todo Seúl.
—¿Y me lo dices así, como si estuvieras leyendo el pronóstico del tiempo? —exclamé, olvidando mi vergüenza—. ¡Tenemos que ir!
—"Tenemos" es una palabra muy fuerte. Yo tengo que ir porque mi padre me pidió que chequeara la logística de los puestos. Tú puedes venir si prometes no gritar como una loca si ves a algún actor famoso o si te encuentras con un puesto de comida que te parezca "tierno".
—Lo prometo. Seré una tumba. Seré la definición de la elegancia latina en Seúl.
—Ya —Thiago se terminó su té y se levantó, dejando unos billetes sobre la mesa—. Prepárate, Villalobos. Mañana vas a descubrir que en los festivales de verdad hay mucha gente, mucho sudor y cero efectos especiales. Y ni se te ocurra llevar tacones. Si te tuerces un tobillo, te dejo tirada en medio de la multitud.
Lo seguí fuera del café, sintiendo una mezcla de emoción y una rabia sorda. Thiago Santoro era el muro que se interponía entre mis sueños y yo, pero al mismo tiempo, era el único que me estaba entregando las llaves de la ciudad.
"Mañana", pensé mientras lo miraba caminar delante de mí con esa seguridad exasperante, "mañana Kang-Dae verá que soy mucho más que un estómago ruidoso. Y Thiago tendrá que tragarse sus palabras".