¿oppas? No, gracias

Capítulo 6 —Gravedad cero y orgullo herido

El festival de Bukchon no era exactamente el escenario de ensueño que yo había visualizado en mi tablero de Pinterest. En mi mente, yo caminaba con elegancia por las calles empedradas, rodeada de casas tradicionales coreanas, mientras la brisa movía mi cabello rubio con suavidad poética. En la realidad, Bukchon era un hervidero de gente, un laberinto de turistas con palos de selfie y un calor que amenazaba con derretir hasta mis mejores intenciones decorativas.

​—Cierra la boca, Villalobos. Te va a entrar una mosca y no creo que eso cuente como "experiencia cultural" —soltó Thiago, caminando a mi lado con esa facilidad desesperante.

​Él llevaba una camisa de lino entreabierta y unas gafas de sol oscuras que le daban un aire de modelo fuera de servicio. Yo, por mi parte, ignorando su advertencia del día anterior, me había puesto unas sandalias con una plataforma mínima. No eran tacones, técnicamente, pero tras veinte minutos subiendo las cuestas de la aldea, mis pies estaban empezando a redactar su carta de renuncia.

​—Es... impresionante —logré decir, recuperando el aliento—. Mira esas techumbres, Thiago. Es como si el tiempo se hubiera detenido.

​—El tiempo no se detiene, lo que se detiene es el flujo sanguíneo en tus piernas por caminar así —replicó él, señalando mis pies—. Te dije que no trajeras plataformas. Bukchon es una montaña disfrazada de barrio histórico.

​—Son cómodas, Santoro. No proyectes tus inseguridades en mi calzado —le mentí descaradamente mientras sentía que una ampolla cobraba vida propia en mi talón derecho.

​De repente, lo vi. Cerca de una de las puertas de madera tallada de un hanok, Kang-Dae estaba de pie, rodeado de hombres en traje. Se veía impecable bajo el sol, sosteniendo una tableta y dando instrucciones con una autoridad serena. Era la imagen viva de la eficiencia coreana. Mi corazón dio un vuelco.

​—¡Ahí está! —susurré, enderezando la espalda y tratando de ocultar mi fatiga—. Thiago, haz algo. Acércate como si tuvieras algo importantísimo que decirle sobre los muelles o... o sobre el acero.

​—No voy a interrumpir una reunión de coordinación para que tú puedas parpadearle lento, Ámbar —dijo él, aunque sus ojos también se fijaron en el grupo—. Pero tenemos que entregarle los formularios físicos de la aduana. Vamos, muévete. Intenta no cojear, le quita realismo a tu actuación de "mujer fatal".

​Nos acercamos. Kang-Dae nos vio y, para mi deleite, su rostro se iluminó con una sonrisa genuina. Se despidió de sus colegas y caminó hacia nosotros.

​—Thiago, Ámbar. Qué sorpresa verlos en el festival. Pensé que estarían descansando después del viaje —dijo, y su mirada se detuvo un segundo de más en mi vestido amarillo, que hacía que mi cabello rubio resaltara como el oro.

​—Ámbar insistió en que no podíamos perdernos la "esencia de Corea" —dijo Thiago, con un tono que bordeaba la burla pero que, milagrosamente, no cruzó la línea—. Yo solo vine para asegurarme de que no se pierda o termine comprando un juego de té de plástico pensando que es una reliquia de la dinastía Joseon.

​—Es una ciudad hermosa, Kang-Dae —intervine, ignorando a Thiago—. La arquitectura me ha dejado sin palabras.

​—Me alegra oírlo. De hecho, estamos por presenciar una danza tradicional en la plaza principal. ¿Les gustaría acompañarme? Tengo acceso a la zona de invitados, estarán más cómodos —propuso Kang-Dae.

​—Sería un honor —respondí de inmediato, lanzándole una mirada de triunfo a Thiago.

​Caminamos hacia la plaza. El problema era que "caminar hacia la plaza" implicaba bajar una pendiente de piedra bastante pronunciada y resbaladiza. Mis sandalias decidieron que ese era el momento perfecto para traicionarme. Mi pie derecho resbaló en una piedra lisa y sentí que la gravedad me reclamaba como suya.

​Cerré los ojos esperando el impacto contra el suelo histórico de Seúl, pero en lugar de piedra fría, sentí unos brazos firmes que me sujetaban por la cintura con una fuerza asombrosa.

​—Cuidado, Villalobos —la voz de Thiago sonó justo en mi oído, profunda y extrañamente tensa—. Te dije que te ibas a matar.

​Abrí los ojos. Estaba pegada a su pecho, mis manos aferradas a sus hombros. Thiago me sostenía con una facilidad que me dejó sin habla, mientras Kang-Dae nos miraba con una mezcla de preocupación y algo más que no supe descifrar.

​—¿Estás bien, Ámbar? —preguntó el coreano, dando un paso hacia nosotros.

​—Sí, yo... solo... el suelo está un poco liso —tartamudeé, tratando de separarme de Thiago, pero él no me soltó de inmediato.

​—Está bien —dijo Thiago, dirigiéndose a Kang-Dae mientras me ponía de nuevo sobre mis pies, pero manteniendo una mano en mi codo—. Es que mi amiga aquí presente cree que la vida tiene cámara lenta, pero se le olvida que la física no perdona.

​Me puse roja de la cabeza a los pies. Thiago acababa de arruinar mi momento de "dama en apuros" convirtiéndolo en un episodio de "extranjera torpe". Sin embargo, cuando lo miré para soltarle algún insulto ingenioso, vi que no se estaba riendo. Me miraba con una intensidad que me hizo olvidar, por un segundo, que Kang-Dae estaba ahí mismo.

​—Gracias, Thiago —murmuré, recuperando mi centro.

​—No me agradezcas. Camina —dijo él, volviendo a su tono sarcástico de siempre—. Y por el amor de Dios, agárrate de mi brazo. No pienso explicarle a tu padre por qué volviste a casa con un yeso en la pierna.




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