¿oppas? No, gracias

Capítulo 8 —Vestida para matar (o para sobrevivir)

Pasé la mañana siguiente en un spa de lujo en Cheongdam-dong que Kang-Dae me había recomendado. Quería que mi piel brillara tanto que cegara el cinismo de Thiago. Me hicieron de todo: mascarillas de oro, masajes con piedras calientes y un peinado que dejaba mi melena rubia cayendo en cascada sobre un hombro.

​Para la gala, elegí un vestido negro de espalda descubierta. Era elegante, minimalista y, sobre todo, no parecía sacado de un K-drama juvenil. Parecía el vestido de una mujer que sabía exactamente dónde estaba parada.

​Cuando salí al pasillo para esperar el ascensor, la puerta del piso 14 se abrió. Thiago salió vistiendo un esmoquin que, si yo fuera una persona más débil, me habría hecho caer de rodillas ahí mismo. El negro resaltaba su porte atlético y el contraste con su piel bronceada era, honestamente, una falta de respeto.

​Se detuvo al verme. Sus ojos recorrieron mi vestido, mi cabello y mis labios rojos. Durante tres segundos, el sarcasmo desapareció de su rostro. Fue la primera vez que vi a Thiago Santoro quedarse sin palabras.

​—Vaya —murmuró, y su voz sonó más grave de lo normal—. Te has tomado en serio lo de la gala.

​—Los Villalobos no hacemos las cosas a medias, Santoro —respondí, recuperando mi escudo de frialdad—. ¿Dónde está tu comentario sobre si parezco una figurita de porcelana?

​Thiago recuperó la compostura y se ajustó los puños de la camisa.

​—Hoy no, Ámbar. Hoy pareces alguien que podría meterse en problemas de los grandes. Intenta que el vestido no se te suba a la cabeza cuando Kang-Dae empiece con los cumplidos.

​—Él es un caballero. Algo que tú deberías intentar ser, al menos por una noche.

​El trayecto en el auto hacia Hannam-dong fue gélido. Thiago miraba por la ventana y yo revisaba mi teléfono, fingiendo que no sentía su perfume llenando el espacio. Al llegar a la galería de arte, una alfombra roja nos esperaba. Fotógrafos y personas influyentes de la alta sociedad coreana se movían entre esculturas modernas y copas de cristal.

​Kang-Dae apareció casi de inmediato. Si Thiago se veía bien, Kang-Dae parecía una deidad bajada del Olimpo tecnológico. Se acercó a nosotros y, sin dudarlo, tomó mi mano para besarla.

​—Ámbar, estás absolutamente radiante. Has eclipsado todo el arte de esta sala —dijo con una sonrisa que hizo que mis dudas empezaran a evaporarse.

​—Gracias, Kang-Dae. Es una velada maravillosa —respondí, sintiendo el peso de la mirada de Thiago en mi nuca.

​—Thiago, gracias por traerla —dijo Kang-Dae, con un tono condescendiente que no me pasó desapercibido—. Si me disculpas, hay unos inversores de Singapur que mueren por conocer a la hija del hombre que cambiará el comercio en Incheon.

​Kang-Dae me puso la mano en la cintura y empezó a guiarme hacia un grupo de hombres mayores con trajes que costaban más que mi universidad. Antes de alejarme, miré hacia atrás. Thiago estaba solo, junto a una barra de bar, observándome con una expresión indescifrable. No se burlaba. No sonreía. Parecía que estaba viendo un accidente a punto de ocurrir.

​La noche fue un torbellino de sonrisas falsas y frases ensayadas. Kang-Dae me presentaba como su "musa y aliada", pero pronto me di cuenta de algo: nadie me preguntaba mi opinión sobre nada. Solo querían saber cuándo llegaría mi padre y si él estaba "abierto a nuevas sugerencias" en el contrato del puerto.

​—Kang-Dae, ¿podemos tomar un poco de aire? —le pedí después de una hora de hablar de aranceles portuarios—. Me siento un poco mareada.

​—Por supuesto, querida. Vamos a la terraza privada —me llevó a un balcón hermoso que daba al río Han. Las luces de la ciudad se reflejaban en el agua. Era el momento perfecto. El guion decía que ahora él me confesaría que soy especial.

​Él se acercó, pero sus palabras no fueron de amor.

​—Ámbar, necesito pedirte un pequeño favor —susurró, y su mirada se volvió fría y calculadora—. Tu padre confía plenamente en ti. Mañana tiene la reunión final. Hay un anexo sobre el control de las grúas automáticas que él no quiere firmar... si tú pudieras convencerlo de que es lo mejor para nuestra "relación futura"...

​Me quedé helada. Las palabras de Thiago me golpearon como un martillo. Cebo. Herramienta. Precio que no se paga con dinero.

​—¿Me has invitado aquí para que sea tu lobista personal? —pregunté, y mi voz sonó mucho más rota de lo que quería.

​—Lo he hecho porque eres la clave, Ámbar. No seas ingenua. En este mundo, el afecto y los negocios son la misma moneda.

​Antes de que pudiera responder, una voz conocida interrumpió desde las sombras de la terraza.

​—Te lo dije, Kang-Dae. Ella no sabe jugar así.

​Thiago salió de la oscuridad, sosteniendo una copa de whisky y con una mirada que habría podido congelar el río Han entero.




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