¿oppas? No, gracias

Capítulo 8— El precio del cristal y el sabor del whisky

La terraza de la galería en Hannam-dong era el epítome del lujo silencioso. El aire nocturno de Seúl, por fin fresco, jugaba con los mechones de mi cabello rubio, pero yo ya no sentía la magia. Las palabras de Kang-Dae —“no seas ingenua”— se sentían como si alguien hubiera roto un cristal fino justo frente a mis ojos.

​Miré a Kang-Dae. El hombre que hace apenas una hora me parecía un príncipe salido de una pantalla de televisión, ahora se veía como una estatua de mármol: hermoso, sí, pero frío y carente de alma. Su mano, que aún descansaba cerca de la mía en la barandilla, me producía un rechazo instintivo.

​—¿Me estás diciendo —comencé, y mi voz tembló un poco, no de tristeza, sino de una rabia hirviente que empezaba a subir por mi garganta— que este vestido, el spa, la invitación... ¿todo fue solo una estrategia de marketing para convencer a mi papá?

​Kang-Dae soltó una risa suave, casi paternal, que me dio náuseas.

​—Ámbar, por favor. Eres una Villalobos. Sabes cómo funciona el mundo. Tu padre es un hombre difícil, y tú eres su debilidad. Yo solo estoy facilitando que el futuro de ambos sea mucho más próspero. Si este contrato se firma con mis condiciones, tú podrías vivir en Seúl permanentemente, en el penthouse que elijas. ¿No es eso lo que querías? ¿Tu propio sueño coreano?

​—Mi sueño no incluía ser la moneda de cambio de un manipulador —le solté, dando un paso atrás.

​Fue entonces cuando la sombra se movió.

​—Te lo dije, Kang-Dae. Ella no sabe jugar así. Y lo que es peor para ti: no le interesa tu tablero de ajedrez.

​Thiago salió de la penumbra de la terraza con una parsimonia aterradora. No llevaba la chaqueta del esmoquin; las mangas de su camisa blanca estaban remangadas hasta los codos, revelando sus antebrazos fuertes, y sostenía un vaso de whisky con un solo hielo que tintineaba con cada paso. Su mirada no estaba puesta en mí, sino fija en Kang-Dae, como un depredador que ha encontrado una grieta en la armadura de su rival.

​—Santoro —masculló Kang-Dae, recuperando su postura rígida—. Este es un asunto privado entre Ámbar y yo. No creo que tu padre esté feliz de saber que estás interrumpiendo una negociación estratégica.

​—Mi padre sabe que odio los negocios sucios —Thiago se detuvo a mi lado. Su presencia era como un escudo térmico; de repente, el frío de la terraza desapareció—. Y esto no es una negociación estratégica, es un intento de estafa emocional. Estás usando a una mujer que no tiene nada que ver con tus grúas automáticas para presionar a un hombre que confía en ti. Eso es bajo, incluso para los estándares de tu constructora.

​—Ella aceptó venir —replicó Kang-Dae, entrecerrando los ojos—. Ella quería este mundo.

​—Ella quería la fantasía —intervino Thiago, y esta vez me miró a mí. Sus ojos oscuros tenían una chispa de algo que no era burla; era una mezcla de protección y una verdad amarga—. Pero tú le estás ofreciendo la basura que queda cuando se apagan las luces del set.

​Thiago dio un paso hacia Kang-Dae, acortando la distancia de manera amenazante. Thiago era un poco más ancho de hombros, más sólido, y en ese momento, mucho más peligroso.

​—Escúchame bien, "Oppa" de pacotilla —dijo Thiago con una voz que era casi un susurro, pero que cortaba como una navaja—. Si vuelves a acercarte a Ámbar con un contrato en la mano o una intención que no sea puramente profesional, me encargaré de que los informes de seguridad de la zona franca lleguen a la prensa antes de que termine la gala. Y ambos sabemos que tus cimientos no son tan sólidos como parecen.

​Kang-Dae palideció. Miró a Thiago, luego me miró a mí, y por un segundo vi al hombre real tras la máscara: un tipo asustado de perder su posición. Sin decir una palabra más, se ajustó el botón de su esmoquin y caminó hacia el interior de la gala, desapareciendo tras las puertas de cristal.

​El silencio volvió a la terraza, pero esta vez era diferente. Solo quedaba el sonido lejano del tráfico de Seúl y mi respiración agitada. Sentía que el vestido negro me pesaba una tonelada. El glamour se había evaporado.

​—Tenías razón —dije, mirando hacia el río Han, sintiendo que las lágrimas empezaban a nublar mi vista—. Todo el tiempo tuviste razón. Soy una idiota. Una rubia ingenua que se creyó el cuento de hadas.

​Sentí que Thiago se acercaba. No me tocó, pero podía sentir el calor de su cuerpo a centímetros del mío.

​—No eres una idiota, Ámbar —dijo, y su tono de voz había cambiado por completo. Ya no había sarcasmo, solo una honestidad cruda—. Eres alguien que ve lo mejor en la gente. El problema es que este lugar está lleno de personas que solo ven lo mejor para sus bolsillos.

​—Me presentaste a él —le recordé, girándome para verlo—. Sabías quién era. ¿Por qué me dejaste venir hoy si sabías lo que iba a pasar?

​Thiago suspiró y miró su vaso de whisky.

​—Porque si te lo prohibía, habrías pensado que era por celos o por mi naturaleza controladora. Necesitabas verlo tú misma. Necesitabas que el "ídolo" se cayera del pedestal para que empezaras a ver Seúl de verdad. —Dio un trago corto y luego me miró fijamente—. Además, no iba a dejar que te pasara nada. Estuve a diez metros de ti toda la noche.

​Me quedé helada. ¿Me había estado cuidando todo el tiempo?




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