¿oppas? No, gracias

Capítulo 9—Plástico rojo y verdades picantes

Caminar descalza por el estacionamiento de mármol de una galería de arte en Seúl no era, ni de lejos, la escena que yo había imaginado para mi gran debut en la alta sociedad coreana. En mi mente, yo salía de allí del brazo de un príncipe, con flashes cegándome y una promesa de amor eterno. En la realidad, mis pies sentían cada piedrita del pavimento y mi único acompañante era Thiago Santoro, quien sostenía su vaso de whisky vacío como si fuera un trofeo de guerra.

​—¿Puedes caminar más rápido o estás esperando que el asfalto te pida permiso para existir? —soltó Thiago, aunque bajó el ritmo para que yo pudiera seguirle el paso.

​—Es mármol, Thiago. Y está frío. Mis pies están en estado de shock postraumático tras seis horas de opresión —le respondí, apretando mis sandalias contra mi pecho como si fueran un amuleto.

​Subimos a su auto, un deportivo oscuro que rugió al encenderse, rompiendo la paz artificial de Hannam-dong. El trayecto hacia Yongsan fue diferente a todos los anteriores. El silencio ya no era una batalla de egos; era más bien como el descenso después de una montaña rusa. Yo miraba por la ventana cómo las luces de los rascacielos se mezclaban con los neones de los locales de comida rápida.

Llegamos a una esquina bulliciosa donde el lujo de las galerías de arte parecía un recuerdo de otra dimensión. Aquí, el aire olía a aceite frito, especias intensas y vida real. Thiago estacionó el auto con una maniobra perfecta y me señaló un puesto callejero con toldos de plástico rojo, de esos que aparecen en los dramas cuando el protagonista está deprimido, pero que en la vida real están llenos de gente gritando y bebiendo soju.

​—Bienvenida al mundo real, Villalobos —dijo Thiago, bajándose y rodeando el auto para abrirme la puerta—. Espero que tu vestido de seda no sea alérgico al vapor de los pasteles de pescado.

​—Mi vestido ha sobrevivido a un tiburón corporativo, creo que puede con un poco de vapor —repliqué, bajándome con dignidad, aunque seguía descalza.

​Thiago suspiró, se quitó la chaqueta del esmoquin y, antes de que pudiera protestar, la puso en el suelo frente a mis pies.

​—Pisa ahí. No voy a dejar que entres a un pojangmacha descalza; la dueña te sacará a escobazos pensando que eres un fantasma del folclore local.

​Caminé sobre su chaqueta de diseñador —probablemente costaba más que mi alquiler— y nos sentamos en unos taburetes de plástico que crujieron bajo nuestro peso. Una mujer mayor, con el rostro surcado de arrugas y una energía que intimidaría a un ejército, nos puso delante dos cuencos de tteokbokki bañados en una salsa roja tan brillante que parecía lava.

​—Come —ordenó Thiago, pasándome unos palillos desechables—. Necesitas azúcar y carbohidratos antes de que te desmayes y tenga que explicarle a tu padre por qué su "rubia de oro" está inconsciente en una acera.

​Tomé el primer bocado. Al principio, el sabor era dulce y reconfortante, pero tres segundos después, sentí que un dragón acababa de exhalar fuego directamente en mi garganta.

​—¡Dios mío! —exclamé, abanicándome la boca con la mano, mientras mis ojos empezaban a lagrimear de verdad—. ¡Esto es... esto es un arma química!

​Thiago soltó una carcajada limpia y sonora, de esas que rara vez le escuchaba. Me pasó un vaso de agua con hielo, observándome con una mezcla de diversión y algo que se parecía peligrosamente a la ternura.

​—Te dije que te haría llorar —dijo él, comiendo su porción como si fuera cereal de desayuno—. Pero es un dolor honesto, ¿no crees? Mejor que el que te estaba ofreciendo Kang-Dae.

​Me bebí el agua de un trago y, tras recuperar la capacidad de hablar, lo miré fijamente. El vapor del puesto humedecía su cabello oscuro y las luces de los carteles de neón se reflejaban en sus ojos. En ese momento, sin el esmoquin puesto correctamente, con la camisa arrugada y rodeado de gente común, Thiago se veía más "protagonista" que cualquier actor de televisión.

​—¿Por qué eres así, Thiago? —pregunté, bajando la guardia—. Un minuto eres el hombre más insoportable del planeta y al siguiente me rescatas de una fosa de lobos y me traes a comer comida de verdad. ¿Cuál es el truco?

​Thiago dejó de comer y se quedó mirando el cuenco. Su expresión se volvió críptica.

​—No hay truco, Ámbar. Solo que me molesta que desperdicies tu energía buscando algo que no existe, cuando tienes tanto... —se calló, buscando la palabra adecuada— ...tanto fuego propio. Seúl es una ciudad de apariencias. Si no tienes a alguien que te diga la verdad, te terminas convirtiendo en otra estatua de mármol.

​—¿Y tú eres el encargado de decirme la verdad? —le pregunté con una sonrisa pequeña.

​—Alguien tiene que hacerlo. Además —añadió, recuperando su tono sarcástico mientras señalaba mi nariz—, tienes una mancha de salsa roja justo ahí. Muy elegante, Villalobos. Muy "musa de inversores".

​Me limpié frenéticamente con una servilleta de papel barata, riendo a pesar de mí misma. Nos quedamos allí un rato largo, comiendo y viendo a la gente pasar. Me contó historias de cuando llegó a Corea por primera vez y cómo terminó en una comisaría porque no sabía cómo pedir direcciones y la policía pensó que estaba robando una bicicleta (que resultó ser suya).

​Por primera vez, no sentí que estaba en un capítulo de una serie. Sentí que estaba viviendo mi propia historia. Una historia donde el chico guapo no me regalaba flores de plástico, sino que me hacía comer chile hasta llorar y me protegía de los tiburones con una copa de whisky en la mano.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.