¿oppas? No, gracias

Capítulo 10 —La estocada final de los Villalobos

A las nueve de la mañana, la sala de juntas de la corporación Kang estaba cargada de una tensión que se sentía en la punta de los dedos. Mi padre, un hombre de negocios de la vieja escuela, estaba sentado frente a Kang-Dae. Thiago estaba a su lado, impecable en un traje gris oscuro, con la mandíbula apretada y los ojos fijos en los documentos sobre la mesa.

​Yo entré tarde, a propósito. Llevaba mi cabello rubio recogido en una coleta alta y tirante, un traje sastre rojo que gritaba "autoridad" y una carpeta bajo el brazo. Kang-Dae se levantó, intentando mostrar su sonrisa de comercial, pero sus ojos delataron su nerviosismo cuando vio que yo no lo miraba a él, sino a los papeles.

​—Ámbar, querida, no esperábamos que asistieras a la firma técnica —dijo Kang-Dae, su voz flaqueando apenas un milímetro.

​—Soy la heredera de los Villalobos, Kang-Dae. Mi lugar está donde se decide el futuro de mi familia —respondí, sentándome junto a mi padre. Le apreté la mano por debajo de la mesa. Él me miró sorprendido, pero confió.

​Thiago me observaba de reojo. Vi cómo una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se dibujaba en la comisura de sus labios. Sabía lo que yo estaba haciendo.

​—Antes de que mi padre firme el anexo 4-B sobre las grúas automáticas —comencé, abriendo mi carpeta—, me gustaría discutir la cláusula de soberanía operativa. Según nuestras leyes, el control remoto no puede residir exclusivamente en servidores externos a la zona franca.

​Kang-Dae palideció. Los abogados coreanos a su lado empezaron a cuchichear frenéticamente.

​—Eso es solo un detalle técnico, Ámbar... —intentó decir Kang-Dae.

​—Es un detalle que le entrega a tu constructora el control total de las importaciones de mi padre —intervino Thiago, apoyando sus manos sobre la mesa y ganando terreno—. Y como bien dijo la señorita Villalobos, no es negociable. O cambian la cláusula ahora mismo, o mi padre y el señor Villalobos retiran la inversión del muelle tres.

​Mi padre asintió, entendiendo por fin el juego. La reunión, que debía durar diez minutos, se extendió por tres horas. Kang-Dae intentó usar su encanto, intentó intimidarnos, incluso intentó lanzarme una mirada suplicante cuando los demás no lo veían. Yo lo ignoré por completo.

​Al final, firmaron bajo nuestras condiciones.

​Cuando salimos del edificio, el sol de Seúl brillaba sobre el cristal y el acero. Mi padre se adelantó con el señor Santoro para celebrar, dejándome sola con Thiago en la escalinata de mármol.

​—Nada mal, Villalobos —dijo Thiago, quitándose la corbata y desabrochando el primer botón de su camisa. El viento movía su cabello y se veía, por primera vez, relajado—. "Soberanía operativa". ¿De dónde sacaste eso? ¿Del episodio 12 de alguna serie sobre abogados?

​—Lo saqué de la realidad, Santoro —le respondí, sonriendo de verdad—. Resulta que cuando dejas de mirar los subtítulos, empiezas a leer la letra pequeña.

​—Me gusta más esta versión de ti —admitió él. Se acercó un paso, rompiendo esa barrera de seguridad que siempre poníamos entre los dos—. La rubia que muerde es mucho más interesante que la que espera bajo la lluvia.

​—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer con esta versión de mí? —le pregunté, desafiante.

​Thiago acortó la distancia final. Podía oler su perfume, esa mezcla de madera y algo frío, y sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Por un segundo, el bullicio de Seúl desapareció. No había cámaras, no había guiones, no había "Oppas". Solo estábamos nosotros dos.

​—Voy a invitarte a un lugar —susurró—. Pero esta vez, yo elijo la música. Y te advierto: no hay final feliz garantizado en el primer episodio.

​—Me gustan los desafíos, Santoro —respondí, sintiendo que mi corazón latía con una fuerza que ningún drama me había provocado jamás.

​Thiago no me besó, pero tomó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos. No era un gesto delicado de novela coreana; era un agarre firme, real, de alguien que no pensaba soltarme.

​Caminamos juntos por la avenida principal, dos latinos conquistando Seúl a su manera, sin filtros y con toda la verdad por delante.

​—Por cierto —dijo él mientras cruzábamos la calle—, ese traje rojo te queda fatal. Parece que vas a incendiar la ciudad.

​—Cállate, Thiago —reí, apretando su mano—. Sabes que me veo increíble.

​—Quizás —murmuró él, y esta vez, me atrajo hacia él mientras caminábamos—. Solo quizás.




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