¿oppas? No, gracias

Capítulo 11 —El mirador de acero

La "primera cita" según Thiago Santoro no incluía luces de neón, ni paseos por el río Han, ni mucho menos un restaurante con estrellas Michelin donde hubiera que hablar en susurros. Thiago me llevó a la terminal de carga del puerto de Incheon al atardecer.

​—¿Es en serio, Santoro? —pregunté, bajándome del auto y sintiendo el viento salado despeinar mi cabello rubio—. ¿Nuestra primera salida oficial es a un depósito de contenedores?

​Thiago se apoyó en el capó del auto y señaló hacia el horizonte. El sol se estaba ocultando, tiñendo el cielo de un naranja violento y púrpura que se reflejaba en las grúas gigantes que nosotros mismos habíamos salvado esa mañana.

​—Mira bien, Villalobos —dijo él, sin rastro de burla—. En los dramas te llevan a la Torre Namsan para que veas las luces. Pero desde aquí, ves cómo late el corazón de este país. Esas luces de allá no son solo decoración; es gente trabajando, moviendo el mundo. Es real. Y hoy, una pequeña parte de eso es gracias a que no te dejaste pisotear.

​Caminé hasta quedar a su lado. El estruendo lejano de la maquinaria y el grito de las gaviotas eran la banda sonora. Me di cuenta de que Thiago no me estaba llevando a un sitio feo; me estaba compartiendo su lugar seguro, el mundo que él amaba.

​—Es... imponente —admití, sintiendo un escalofrío que no era de frío—. Tienes razón. Tiene una belleza que no sale en las postales.

​—Como tú cuando dejas de intentar ser perfecta —soltó él, mirándome de reojo.

​Se hizo un silencio largo, pero por primera vez, no sentí la necesidad de llenarlo con una réplica ingeniosa. Me senté en el capó junto a él. Estábamos tan cerca que nuestras chaquetas se rozaban.

​—¿Por qué me fastidiabas tanto desde niños, Thiago? —pregunté de repente, mirando mis pies—. Siempre pensé que me odiabas.

​Thiago soltó un suspiro pesado y miró hacia el mar.

​—No te odiaba, Ámbar. Pero siempre estabas en las nubes. De niños esperabas que un príncipe te rescatara del árbol, y yo era el que tenía que subir a bajarte mientras tú seguías mirando las flores. Me desesperaba que no vieras lo que tenías justo enfrente por estar mirando al cielo.

​—¿Y qué tenía justo enfrente? —le pregunté, girando la cabeza para obligarlo a mirarme.

​Thiago no esquivó mi mirada. Sus ojos oscuros, generalmente llenos de sarcasmo, estaban abiertos de par en par, dejando ver una vulnerabilidad que me detuvo el corazón.

​—Me tenías a mí, idiota —susurró.

​El mundo se detuvo. No hubo pétalos de cerezo cayendo, ni música de violines, ni cámara lenta. Solo el olor a salitre, el ruido de los barcos y el calor de Thiago acercándose a mí. No fue un beso delicado de esos que duran un segundo antes de que la pantalla se vaya a negro. Fue un beso real: intenso, un poco desesperado y con sabor a todas las peleas que habíamos tenido durante años.

​Cuando nos separamos, él apoyó su frente contra la mía. Su respiración estaba tan agitada como la mía.

​—Eso... no estaba en el guion —logré decir, intentando recuperar el aliento.

​—Al diablo con el guion —respondió él con una sonrisa ronca—. Prefiero mil veces nuestra realidad desastrosa.

​Nos quedamos allí un rato más, viendo cómo la noche envolvía el puerto. Por primera vez en mi vida, no estaba pensando en el próximo episodio. Estaba feliz en el presente, con el chico que siempre me había fastidiado y que, al final, resultó ser el único que me veía de verdad.

​—¿Entonces? —pregunté, rompiendo el silencio—. ¿Esto significa que ya no me vas a decir que mi pelo rubio parece un faro de advertencia?

​Thiago se rió y me pasó un brazo por los hombros, atrayéndome hacia él.

​—No prometo nada, Villalobos. Alguien tiene que mantenerte con los pies en la tierra. Pero quizás... solo quizás, pueda acostumbrarme a que seas mi faro.

​Caminamos de regreso al auto, y mientras Seúl se iluminaba a lo lejos, supe que mi historia en Corea apenas estaba comenzando. Y esta vez, yo era la que escribía las reglas.




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