La burbuja de felicidad que construimos en el puerto de Incheon duró exactamente doce horas. Seúl tiene una forma muy eficiente de recordarte que, aunque seas la protagonista de tu propia historia, el resto del mundo puede estar escribiendo una tragedia para ti a tus espaldas.
Me desperté con el sonido frenético de mi teléfono. No era Thiago. Eran notificaciones de Instagram, etiquetas en foros de noticias coreanos y mensajes de mi padre. Al abrir la primera imagen, sentí que la sangre se me congelaba. Era una foto de anoche en la gala, tomada desde un ángulo engañoso: yo aparecía sosteniendo la mano de Kang-Dae en la terraza, pero la imagen estaba editada para que pareciera que le estaba entregando un sobre de documentos.
El titular decía: "¿Espionaje industrial o romance por conveniencia? La heredera latina que juega con los secretos de Incheon".
—¡No puede ser! —grité, lanzando el teléfono sobre la cama.
Mi cabello rubio estaba hecho un desastre por la noche de insomnio, pero mis ojos ardían de rabia. Alguien estaba tratando de hundir a mi familia usando mi imagen.
Minutos después, Thiago entró en mi apartamento sin llamar. No traía su habitual sonrisa sarcástica. Venía con una tableta en la mano y la mandíbula tan tensa que parecía que se le iba a romper.
—Ya lo viste, ¿verdad? —preguntó, cerrando la puerta de un golpe.
—Es mentira, Thiago. ¡Tú estabas ahí! Sabes que él estaba intentando chantajearme —dije, acercándome a él, buscando un rastro de duda en sus ojos.
—Yo lo sé, Ámbar. Pero el resto de Corea no. Y esto tiene la firma de alguien que sabe cómo destruir a una mujer en este país —Thiago deslizó una imagen en su tableta—. Mira esto. Lo publicó Hana Song hace diez minutos en su editorial digital.
Era una columna de opinión titulada: "La estética del caos: Por qué las extranjeras no entienden el protocolo de nuestros negocios". Hana me describía como una cazafortunas que usaba su "exotismo" para distraer a los ejecutivos coreanos. Era un ataque directo, personal y lleno de un veneno sofisticado.
—¿Quién es ella? —pregunté, sintiendo que el nudo en mi garganta crecía.
—La mujer que controla lo que Seúl piensa de ti —respondió Thiago, dando un paso hacia mí y tomándome por los hombros—. Kang-Dae y Hana son socios. Él pone el poder económico y ella pone el social. Te han tendido una trampa, Ámbar. Si esto sigue así, el gobierno coreano revocará los permisos de tu padre por "falta de integridad ética".
—Tengo que hablar con Kang-Dae. Tengo que decirle que...
—No —Thiago me sacudió levemente—. Eso es exactamente lo que quieren. Quieren que vayas a rogarles. Pero se olvidaron de un pequeño detalle: tú no eres una de sus muñecas de porcelana que se rompe con un rumor.
—¿Qué sugieres que haga? —le pregunté, buscando su fuerza—. Mi papá está en una reunión de crisis ahora mismo.
Thiago se acercó tanto que nuestras respiraciones se mezclaron. Sus ojos oscuros brillaban con una determinación feroz.
—Hana Song organiza hoy su "Gala de las Flores" en el Hotel Shilla. Es el evento más exclusivo del año. Nadie te espera allí. De hecho, tienen órdenes de no dejarte entrar. Pero vamos a ir. Y no vas a ir como la víctima. Vas a ir como la dueña de la narrativa.
—Thiago, me van a echar a patadas —murmuré, aunque una chispa de rebeldía empezaba a encenderse en mi pecho.
—No si entras conmigo —dijo él con una sonrisa oscura—. Mi familia tiene acciones en ese hotel desde antes de que Hana naciera. Escúchame bien, Villalobos: hoy vas a usar ese cabello rubio que tanto te gusta para brillar tanto que les quemes los ojos. Vamos a entrar en esa gala, vas a mirar a Hana Song a la cara y le vas a demostrar que una Villalobos no se dobla ante un titular de chismes.
Thiago me soltó y caminó hacia la puerta.
—Tienes tres horas para ponerte el vestido más caro que tengas. Yo me encargo del resto. Y Ámbar... —se detuvo en el umbral y me miró con una intensidad que me hizo temblar—. Esta noche, el guion lo escribimos nosotros. Y te prometo que el final de Hana y Kang-Dae no va a ser bonito.
Me quedé sola en la habitación. El miedo seguía ahí, pero el deseo de ver la cara de Kang-Dae cuando me viera entrar del brazo de Thiago era mucho más fuerte. Fui directo a mi armario. Si querían guerra, iban a tener una guerra latina en medio de su gala de flores.
Fui por el vestido rojo. Ese que Thiago dijo que parecía un incendio.