En cuanto la puerta del auto se cerró con un estruendo que hizo vibrar los vidrios, el silencio en el habitáculo se volvió denso, pesado y cargado de electricidad estática. Thiago arrancó el motor, pero yo ni siquiera me puse el cinturón. Me quedé rígida, mirando al frente, con la mandíbula tan apretada que me dolían los oídos.
—Ámbar, ¿estás bien? —preguntó Thiago, tratando de usar ese tono casual que los hombres usan cuando saben que metieron la pata hasta el fondo—. Fue un accidente raro, pero menos mal que te diste cuenta de que Min-Hee solo estaba...
—¿Accidente raro? —Lo corté, girándome lentamente hacia él. Mi voz no era un grito, era un susurro peligroso, el tipo de sonido que precede a un huracán—. ¿De verdad, Thiago Santoro? ¿Me vas a decir que no sentiste cómo se te colgaba como si fueras un árbol y ella una koala desesperada?
Thiago frenó en el primer semáforo rojo y me miró, confundido.
—Ella se resbaló, Ámbar. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que la dejara estamparse contra el mármol? Es la hija del socio de mi padre, sería un desastre diplomático.
—¡Ah, claro! ¡La diplomacia! —exclamé, y esta vez sí subí el volumen. Mi cabello rubio se agitó mientras gesticulaba con toda la energía que tenía contenida—. Escúchame bien, Santoro, porque te lo voy a decir una sola vez. En mi mundo, si una mujer "se resbala" hacia mi hombre, yo espero que mi hombre tenga los reflejos de un ninja para dar un paso al costado y dejar que la gravedad haga su trabajo.
—Estás exagerando, ella estaba herida... —intentó defenderse él.
—¡No estaba herida de nada! ¡Te estaba marcando el territorio en mi cara! —le solté, señalando hacia la torre corporativa—. Esa mirada de "pobrecita de mí" me la sé de memoria. Y lo que más me duele no es que ella sea una lagarta, porque eso ya lo vi. Lo que me arde es que tú te quedaras ahí, quietecito, dejando que te tocara el brazo y se apoyara en tu pecho como si fueras su almohada personal.
—Ámbar, por favor, no seas celosa...
—¡No me digas celosa! —le advertí, apuntándolo con el dedo—. Es respeto. A una latina no se le falta al respeto dejando que otra te manosee frente a ella. Si tú permites que esa mujer crea que tiene una "vía libre" contigo porque "fueron amigos", entonces Troya se te va a quedar pequeña para el incendio que voy a armar. ¡Nadie toca lo mío, Thiago! ¿Te queda claro? Porque si quieres que sea ella la que te sostenga, me lo dices ahora y me bajo de este auto.
Thiago se quedó mudo. Nunca me había visto así. Había visto a la Ámbar soñadora, a la Ámbar que veía dramas, a la Ámbar que negociaba contratos... pero nunca había visto a la Ámbar volcánica. Sus ojos se abrieron de par en par y, por un segundo, vi un destello de algo que no era miedo, sino una admiración profunda.
—¿Nadie toca lo tuyo, eh? —repitió él, y una sonrisa ladeada, esa que me volvía loca, empezó a asomar en su rostro.
—¡No te rías! —le grité, aunque sentía que mi cara ardía de rabia y pasión a partes iguales—. ¡Hablo en serio! La próxima vez que dejes que Min-Hee o cualquier otra "mosquita muerta" use su tobillo imaginario para colgarse de ti, te juro por lo más sagrado que la que va a necesitar una ambulancia de verdad va a ser ella. ¡Y tú vas a dormir en el balcón con los gatos de Seúl!
Thiago orilló el auto bruscamente, ignorando los bocinazos de los otros conductores. Se desabrochó el cinturón, se estiró hacia mí y me tomó del rostro con ambas manos, obligándome a mirarlo. Sus ojos quemaban.
—Me encanta cuando sacas esa dinamita, Villalobos —susurró, y su voz era pura miel y peligro—. Tienes razón. Fui un idiota por no quitármela de encima antes. No habrá una próxima vez, te lo prometo. Nadie me toca si no eres tú. ¿Estamos?
Me quedé sin aire. Mi furia seguía ahí, pero el calor de sus manos y la seguridad de sus palabras empezaron a derretir el hielo de mi orgullo.
—Estamos —respondí, tratando de mantener la mirada firme—. Pero que no se te olvide, Santoro. Porque la próxima vez, no habrá advertencia. Habrá fuego.
Thiago no respondió con palabras. Me besó con una intensidad que selló el pacto, un beso que sabía a disculpa y a posesión. En ese momento entendí que Min-Hee Park podía tener todos los trucos de Corea, pero yo tenía algo que ella nunca entendería: el fuego de una mujer que defiende lo que ama con la fuerza de un volcán.
—Ahora —dijo Thiago, separándose apenas unos centímetros, todavía con las manos en mi cara—, vamos a esa cena. Y si Min-Hee aparece, me pondré un traje de espinas para que nadie se me acerque a menos de dos metros. ¿Te parece bien, mi capitana?
—Me parece un buen comienzo —respondí, acomodándome el cabello y recuperando mi compostura de "reina"—. Ahora conduce. Que no quiero llegar tarde por culpa de tus dramas coreanos.
***
Thiago subió el auto al estacionamiento subterráneo del edificio con una agresividad que delataba sus propios nervios. En cuanto el motor se detuvo, el silencio fue casi doloroso. Yo todavía respiraba agitada, con el pecho subiendo y bajando, la furia de mi reclamo —“¡Nadie toca lo mío!”— vibrando aún en el aire.
Él no esperó. Rodeó el auto, abrió mi puerta y me tomó de la mano con una urgencia que me hizo tambalear sobre mis tacones. No nos detuvimos en mi piso. El ascensor subió directo al 14. En cuanto la puerta de su apartamento se cerró tras nosotros, Thiago me estampó contra la madera fría.