¿oppas? No, gracias

Capítulo 16 —Territorio marcado

Despertar en los brazos de Thiago fue como descubrir un nuevo lenguaje. La luz de Seúl entraba sin piedad por el ventanal, pero esta vez no me sentía como una extranjera. Me sentía en casa. Mi cabello rubio estaba hecho un nudo contra su hombro, y el peso de su brazo sobre mi cintura era la mejor cadena que me habían puesto jamás.

​Thiago despertó poco después, con esa mirada perezosa y profunda que solo tiene un hombre que ha obtenido exactamente lo que quería.

​—¿Te vas a quedar ahí mirándome todo el día o vas a admitir que mi cama es mucho más cómoda que la tuya? —murmuró con una sonrisa ronca, atrayéndome más hacia él.

​—Es aceptable, Santoro —respondí, besando la punta de su nariz—. Pero no te acostumbres. Todavía tengo que decidir qué cajón del armario voy a confiscar para mis cosas.

​—Tómalo todo, Villalobos. Ya te lo dije, aquí no hay marcha atrás.

​Sin embargo, el mundo real no nos dio mucho tiempo de tregua. Dos horas después, entrábamos juntos al edificio corporativo. Ya no caminábamos con esa distancia de seguridad de "hijos de socios". Thiago llevaba su mano posesivamente en la pequeña de mi espalda, y yo caminaba con la cabeza en alto, luciendo un vestido color esmeralda que gritaba confianza.

​Al llegar a la planta de presidencia, el comité de bienvenida nos esperaba. Y por "comité", me refiero a Min-Hee Park, que estaba de pie junto a la oficina de mi padre, sosteniendo una tablet y luciendo impecable... hasta que nos vio.

​Sus ojos bajaron directamente a nuestras manos. Vi cómo su rostro se tensaba, cómo esa máscara de porcelana casi se hacía añicos al notar que la energía entre nosotros había cambiado. Ya no éramos una pareja en pruebas; éramos un bloque sólido.

​—Thiago, señorita Villalobos... llegan tarde para la revisión de costos —dijo Min-Hee, su voz un octavo más aguda de lo normal—. Mi padre ha estado esperando.

​—Teníamos asuntos personales que organizar, Min-Hee —respondió Thiago, sin soltarme ni un milímetro. Su voz era firme, gélida—. Asuntos que ahora son mi prioridad.

​—Entiendo —dijo ella, clavando sus ojos en los míos con un odio que ya no se molestaba en ocultar—. Espero que esos "asuntos" no distraigan a la señorita Villalobos de lo que realmente importa. Seúl es una ciudad que olvida rápido a los que no saben mantener el ritmo.

​—No te preocupes por mi ritmo, Min-Hee —le respondí, dando un paso hacia adelante, invadiendo su espacio personal como solo una latina sabe hacerlo cuando está marcando su territorio—. Mi ritmo es excelente. Y mi memoria también. De hecho, me acordé de traerte esto.

​Saqué de mi bolso un pequeño parche térmico para dolores musculares y se lo extendí con una sonrisa radiante.

​—Para tu "tobillo". Por si vuelve a fallarte hoy. He notado que te dan espasmos cada vez que Thiago está cerca, y no querría que pasaras otro momento tan... vergonzoso.

​Min-Hee se quedó de piedra. El parche quedó suspendido en el aire entre nosotras como un insulto silencioso. Thiago soltó una risita que intentó camuflar con una tos, pero era demasiado tarde. El golpe había aterrizado.

​—Guarde sus remedios para usted, señorita Villalobos —siseó Min-Hee, dándose la vuelta y caminando hacia la sala de juntas con una rigidez que delataba su furia.

​Thiago se inclinó hacia mi oído, su aliento cálido haciéndome cosquillas.

​—Eres letal, ¿lo sabías?

​—Apenas estoy calentando, Santoro —le guiñé un ojo—. Ahora entremos. Tengo un contrato que proteger y una villana que terminar de desmantelar.

​La reunión fue una batalla táctica. Min-Hee intentó ignorarme, dirigiendo todos sus comentarios técnicos a Thiago, buscando cualquier excusa para que él la mirara. Pero Thiago fue implacable. Cada vez que ella le preguntaba algo, él se giraba hacia mí y decía: "¿Qué opinas tú, Ámbar? Tú eres la que mejor conoce esta cláusula".

​Era la humillación perfecta para ella. La estaba tratando como a una igual profesional, mientras que a mí me estaba dando el lugar de su compañera en todos los sentidos.

​Pero al final de la reunión, cuando todos salían, Min-Hee se acercó a mi padre.

​—Señor Villalobos —dijo con esa voz de mosquita muerta que tanto me irritaba—, me preguntaba si le gustaría cenar con mi familia mañana. Mi padre quiere discutir una posible alianza... más personal. Cree que nuestras familias tienen mucho en común.

​Mi padre, que es un hombre noble pero a veces demasiado diplomático, asintió.

​—Sería un honor, Min-Hee. Ámbar, Thiago, asumo que vendrán con nosotros.

​Min-Hee sonrió. Una sonrisa lenta y victoriosa. Sabía que en una cena formal con los padres presentes, yo tendría que jugar bajo las reglas coreanas de respeto y silencio. O al menos, eso es lo que ella creía.

​—Allí estaremos —dijo Thiago, apretando mi mano por debajo de la mesa—. Pero no esperen que la cena sea... silenciosa.

​Cuando Min-Hee se fue, me giré hacia Thiago.

​—Ella no se rinde, ¿verdad?

​—No —respondió él, mirándome con seriedad—. Pero ella no sabe que anoche quemamos el guion que ella tenía escrito para mí. Mañana en esa cena, vamos a terminar este juego de una vez por todas.




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