La cena en el restaurante tradicional de Samcheong-dong no iba a ser un almuerzo de negocios común, y yo lo sabía. Min-Hee pensaba que el peso de los apellidos, la presencia de los padres y el protocolo rígido coreano me iban a amordazar. Creía que la timidez o el respeto a los mayores me harían agachar la cabeza mientras ella jugaba a ser la prometida ideal.
Pobre. Qué poco sabía de lo que pasa cuando intentas acorralar a una latina.
Nos pasaron a un hanok privado, un salón con paneles de papel arroz y una mesa baja de madera pulida que obligaba a sentarse en el suelo. Min-Hee ya estaba allí, sentada junto a su padre, el imponente señor Park. Llevaba un vestido de tonos pastel que gritaba sumisión y elegancia tradicional. En cuanto entramos, sus ojos fijos en Thiago se desviaron hacia mí, destilando una complacencia que me encendió la sangre.
Yo me había preparado para la ocasión. No iba a dejar que me llamaran "exótica" ni "fuera de lugar". Llevaba un vestido sastre de líneas perfectas, un verde botella profundo que hacía juego con la sobriedad del lugar, y mi cabello rubio caía lacio, impecable, sin un solo pelo fuera de su sitio.
—Buenas noches —saludé en un coreano perfecto, haciendo la inclinación exacta de cuarenta y cinco grados que correspondía al señor Park. El anciano parpadeó, sorprendido por mis modales.
Thiago se sentó a mi lado. Su rodilla chocó contra la mía bajo la mesa baja, y sentí ese calor familiar que me recorrió el cuerpo, recordándome la noche anterior. Su mano buscó la mía por un segundo, apretándola con fuerza antes de que los platos empezaran a llegar.
La cena comenzó con una tensión que se podía cortar con los palillos. El señor Park y mi padre hablaban del puerto, pero Min-Hee no tardó en desplegar su estrategia. Truco número 3 del manual de la villana: Hacer menos a la rival frente a la familia usando la ignorancia culinaria.
—Ámbar, querida —dijo Min-Hee con una voz que pretendía ser dulce, pero que goteaba veneno—, he notado que no has tocado el Ganjang Gejang (cangrejo crudo marinado en salsa de soja). Entiendo que en tu cultura no están acostumbrados a los sabores tan complejos y refinados. Si quieres, puedo pedirte un plato de arroz frito simple. No queremos que pases hambre por no entender nuestra gastronomía.
Mi padre miró el plato, un poco preocupado, pero Thiago se puso rígido a mi lado, listo para saltar. Le di un toque sutil con el pie por debajo de la mesa para detenerlo. Esto era mío.
—Te lo agradezco, Min-Hee, pero no es necesario —respondí, tomando los palillos de metal con una destreza impecable—. El cangrejo marinado es un plato fascinante, especialmente por el equilibrio entre el dulzor de la carne y la fermentación de la soja. En realidad, la complejidad me encanta. Lo que no soporto son las cosas que parecen dulces por fuera pero están rancias por dentro. Como los platos mal logrados... o las malas intenciones.
El señor Park levantó la vista de su plato, entornando los ojos. Min-Hee apretó los labios, perdiendo un poco el color de sus mejillas.
—Es una suerte que te adaptes tan rápido —intervino el señor Park, con voz ronca—. Pero una esposa para un hombre de negocios internacional necesita más que buen apetito. Necesita entender el silencio, el sacrificio y saber cuándo retirarse para no empañar el apellido de su marido. Mi Min-Hee ha sido educada para eso.
Ahí estaba. El golpe directo. El intento de compromiso arreglado frente a mi propio padre.
Thiago dejó sus palillos sobre la mesa con un golpe seco que hizo eco en el salón.
—Señor Park —dijo Thiago, y su voz era el mismo acero helado que usaba en las negociaciones más duras—. Con todo el respeto que le debo a su trayectoria, se está equivocando de conversación. Yo no busco una sombra que se quede en silencio en el fondo de la sala. Busco a una compañera. Y esa mujer es Ámbar.
—Thiago, la tradición exige... —empezó Min-Hee con los ojos llorosos, recurriendo a su carta de víctima.
—La tradición no firma los contratos del puerto, Min-Hee —la cortó Thiago, mirándola con una frialdad que la hizo encogerse—. Y ya que hablamos de honor y apellidos, quizás deberías explicarle a tu padre por qué usaste los servidores de su constructora para filtrar fotos editadas de la señorita Villalobos a la prensa la semana pasada.
El silencio en el hanok se volvió sepulcral. El señor Park se giró hacia su hija, con el rostro endurecido por la sorpresa y la vergüenza.
—¿Qué estás diciendo, Thiago? —preguntó el anciano.
—Tengo los registros de IP, señor Park —continué yo, sacando una carpeta delgada de mi bolso y deslizándola sobre la mesa de madera—. Su hija intentó sabotear la imagen de mi familia para forzar una ruptura. En mi país decimos que el que juega con fuego se termina quemando. Yo no sé cuántos dramas de televisión ha visto Min-Hee para creer que una trampa tan barata iba a funcionar, pero en el mundo real, eso se llama difamación corporativa. Y no creo que a sus otros inversores les guste saber que la heredera Park usa el espionaje digital por un berrinche de pasillo.
Min-Hee miró la carpeta como si fuera una bomba de tiempo. Miró a su padre, cuyos ojos inyectados en sangre prometían un castigo severo por haber avergonzado el honor de la familia de esa manera.