El día de la inauguración oficial del puerto de Incheon, Seúl amaneció cubierta por una niebla que se disipaba a medida que el sol ganaba terreno. Las banderas de las corporaciones ondeaban con fuerza frente al mar. El sonido de las gaviotas y el rugido de las primeras grúas automáticas —operadas bajo nuestras estrictas condiciones de seguridad— marcaban el inicio de una nueva era.
Yo estaba en el muelle principal, observando el horizonte. Llevaba un vestido sastre blanco que contrastaba con el azul profundo del océano, y mi cabello rubio se movía con la brisa marina. Ya no era la chica que miraba la ciudad a través del filtro de una pantalla; era la mujer que había plantado cara a la élite de Seúl y había ganado.
—Te queda bien el éxito, Villalobos —dijo una voz a mi espalda.
Me giré para ver a Thiago. Vestía un traje impecable, pero ya no llevaba la corbata; se había desabrochado los primeros botones de la camisa, manteniendo esa esencia rebelde y salvaje que me había enamorado. Se acercó y me rodeó la cintura por detrás, pegando su pecho a mi espalda y depositando un beso cálido en mi nuca.
—Es nuestro éxito, Santoro —le corregí, girando la cabeza para besar la comisura de sus labios—. Lo logramos. Tu padre y el mío están firmando el acta de inicio en la cumbre operativa en este momento. Los Park están fuera, Kang-Dae está enfrentando una auditoría fiscal y Hana Song tuvo que cambiar su línea editorial.
—Ellos subestimaron el factor principal —murmuró Thiago, apretándome más contra él, haciendo que su calor borrara por completo el viento frío del puerto—. Pensaron que venías a jugar bajo sus reglas de cristal. No sabían que traías el fuego contigo.
—Y que te tenía a ti para encender la mecha —sonreí, dándome la vuelta entre sus brazos para colgarme de su cuello, ignorando por completo que los fotógrafos de la prensa económica se movían a unos metros de nosotros.
Thiago me miró con una intensidad que hizo que el pulso se me acelerara, exactamente igual que la primera noche en su apartamento. Sus manos bajaron de mi cintura a mis caderas, afirmando su posesión con esa firmeza latina que no pedía permiso a nadie.
—Seúl es una ciudad hermosa, Ámbar —dijo él, su voz volviéndose más grave, más íntima—, pero la única razón por la que este lugar brilla para mí es porque tú estás en él. No me importa el puerto, ni los contratos, ni los rascacielos. Si no te tengo a ti en mi cama cada noche reclamándome el territorio, este lugar es solo cemento frío.
—No vas a tener que extrañarme, Santoro —le respondí, acortando la distancia hasta que mis labios rozaron los suyos—. Porque de este territorio ya no me saca nadie.
El beso que selló el final de nuestra primera gran batalla en Corea no fue un beso de despedida, sino una promesa de permanencia. Fue un beso que sabía a mar, a victoria y a la certeza de que habíamos conquistado Seúl bajo nuestros propios términos. Mientras los flashes de la prensa brillaban a nuestro alrededor, capturando la imagen de los nuevos dueños del puerto de Incheon, supe que nuestra historia apenas estaba construyendo sus cimientos.
Caminamos juntos hacia la recepción oficial, con las manos entrelazadas y los dedos firmemente unidos. El guion de los demás se había roto, pero el nuestro se estaba escribiendo con letras de oro, hierro y fuego.