¿oppas? No, gracias

Capítulo 19 —El caballero de la noche y el volcán de Incheon

La rutina de despertar junto a Thiago se había convertido en mi parte favorita del día en Seúl. El apartamento del piso 14 ya olía a nosotros: una mezcla de su café cargado, mi perfume de vainilla y esa complicidad que solo se tiene cuando has dejado la piel en la misma batalla. Pero la felicidad en los negocios es un artículo de lujo que se vence rápido.

​La alarma sonó a las siete de la mañana, no en mi teléfono, sino en el de Thiago. Él se estiró, maldiciendo entre dientes, y me atrajo hacia su pecho desnudo antes de contestar.

​—¿Papá? Sí, voy saliendo... ¿Quién llegó? —Thiago se incorporó de golpe, apartando las sábanas. Su mandíbula se tensó al instante—. ¿El hijo de Benavídez? ¿Qué demonios hace él en Seúl?

​Me senté en la cama, acomodándome el cabello rubio, sintiendo que el aire de la habitación cambiaba de temperatura.

​—¿Mateo? —pregunté, y la sorpresa en mi voz hizo que Thiago se girara a mirarme con los ojos entrecerrados.

​—¿Lo conoces? —Su tono bajó un octavo. El Thiago posesivo de la noche anterior acababa de ponerse la armadura.

​—Nuestros padres son amigos desde antes de que naciéramos, Thiago. Mateo es... bueno, es el hijo perfecto. Estudió finanzas en Londres y mi papá siempre lo ponía de ejemplo cuando yo me quedaba viendo series hasta tarde. No sabía que venía a Corea.

​—Pues ya llegó. Y parece que tu padre le ha dado acceso total a las oficinas del puerto —dijo Thiago, levantándose de la cama con una rigidez que delataba que la dinamita ya tenía la mecha encendida.

​Dos horas después, la sala de juntas de la corporación parecía el escenario de un duelo de titanes. Mateo Benavídez estaba de pie junto al ventanal, vistiendo un traje sastre gris que costaba una fortuna, con un reloj de oro que brillaba bajo el sol de Seúl. En cuanto entré, su rostro se iluminó con una sonrisa perfecta, de esas que parecen ensayadas para un comercial de televisión.

​—¡Ámbar! —exclamó, caminando hacia mí y, antes de que pudiera reaccionar, me tomó de las manos y me dio un beso en cada mejilla, rompiendo todo el protocolo coreano con una familiaridad descarada—. Sigues tan hermosa como te recordaba. Tu padre me dijo que habías conquistado Seúl, pero veo que Seúl se queda corto para ti.

​Detrás de mí, escuché el sonido de unos nudillos crujir. Thiago entró a la sala, y si las miradas pudieran congelar los océanos, el puerto de Incheon se habría convertido en un bloque de hielo en ese mismo segundo.

​—Benavídez —dijo Thiago, dando un paso adelante y colocándose sutilmente entre Mateo y yo, obligando al recién llegado a soltar mis manos—. Thiago Santoro. Director de operaciones del puerto.

​Mateo no se intimidó. Sostuvo el agarre de manos con la misma firmeza, midiendo a Thiago de arriba abajo.

​—Santoro. He oído hablar de ti. El hijo del socio. Mi padre y el señor Villalobos me han enviado para auditar la viabilidad del muelle tres antes de inyectar el capital de riesgo. Espero que tus informes sean tan sólidos como tu reputación.

​—Mis informes son perfectos, Benavídez. Al igual que el control que tengo sobre este territorio —respondió Thiago, enfatizando la palabra "territorio" mientras me miraba de reojo.

Truco número 1 del Manual del Rival: La caballerosidad corporativa. Mateo sabía exactamente qué botones presionar. Durante toda la reunión, se dirigió a mí con una deferencia exagerada, alabando mis notas técnicas y sugiriendo que "una mujer con mi visión" no debería estar atrapada en la logística pesada, sino dirigiendo las relaciones públicas internacionales.

​Thiago estaba sufriendo lo que yo había sufrido con Min-Hee, pero a diferencia de mí, él no tenía la contención de los K-dramas. Su sangre latina estaba hirviendo. Su pierna vibraba bajo la mesa y sus respuestas a Mateo eran tan cortantes que los traductores coreanos apenas se atrevían a hablar.

​—Bueno —dijo Mateo al finalizar la sesión, cerrando su tableta—. Señor Villalobos, si me lo permite, me gustaría llevar a Ámbar a cenar al restaurante del Hotel Signiel esta noche. Para ponernos al día y hablar de las garantías de su familia.

​Mi padre, encantado con la idea de ver a su "yerno ideal" en acción, sonrió de inmediato.

​—Por supuesto, Mateo. Ámbar, ve con él.

​—Ella no va a ninguna parte sola contigo, Benavídez —intervino Thiago, levantándose de la silla de golpe. Su paciencia se había agotado—. Ámbar tiene un compromiso conmigo esta noche.

​Mateo sonrió con una condescendencia que me dio ganas de darle un golpe yo misma.

​—Es una cena de negocios y de familia, Santoro. No creo que tengas voz en la agenda privada de la heredera Villalobos... a menos que haya un contrato que yo no haya leído.

​Thiago dio un paso hacia él, pero esta vez fui yo quien se interpusió. Le puse una mano en el pecho, sintiendo el corazón de Thiago galopar desbocado por la furia.

​—Thiago vendrá con nosotros, Mateo —sentencié, mirando a ambos hombres—. En este puerto, los Santoro y los Villalobos somos una sola firma. Si quieres hablar de garantías, hablas con los dos.

​Mateo entornó los ojos, captando finalmente el mensaje, pero asintió con una falsa cortesía.




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