La cena en el restaurante del Hotel Signiel, en el piso 81 de la Lotte World Tower, se sentía como estar sentados en la cima de un glaciar. El lujo era apabullante, las luces de Seúl se extendían bajo nuestros pies como un manto de diamantes, pero en nuestra mesa el ambiente era puro nitrógeno líquido.
Mateo se había encargado de pedir un menú degustación de alta cocina sin consultarnos, asumiendo el control de la situación con esa soltura aristocrática que a Thiago le daba ganas de romper copas.
—Este vino es un Burdeos del 2015, Ámbar. Sé que prefieres los sabores con cuerpo —dijo Mateo, inclinándose hacia mí con una sonrisa galante mientras el sommelier servía las copas—. Me tomé la libertad de elegirlo para ti.
Antes de que pudiera responder, Thiago tomó su copa, la levantó ligeramente hacia Mateo y le dio un trago largo, mirándolo fijamente a los ojos.
—Buen intento, Benavídez. Pero a Ámbar ahora le gustan las cosas más fuertes. El whisky con un solo hielo, por ejemplo. El sabor de la realidad. El vino francés es demasiado... predecible para ella.
Mateo no perdió la compostura, aunque sus ojos se entrecerraron. Truco número 2 del Manual del Rival: Desestimar al novio haciéndolo parecer un cavernícola.
—La realidad es excelente, Santoro, pero los negocios internacionales exigen finura. No puedes presentarte ante el comité de Seúl con modales de puerto. Por cierto, Ámbar, revisé los anexos que firmaron con la corporación Kang. Esa cláusula de "soberanía operativa" que tanto defendiste... fiscalmente es un dolor de cabeza. Mi auditoría externa sugiere que traspasemos el control de los servidores a una empresa puente en Singapur. Es más seguro.
Sentí una alarma encenderse en mi cerebro. Singapur. Una zona franca fuera del radar de la aduana coreana.
—Esa cláusula protege el muelle de las filtraciones de Kang-Dae, Mateo —intervení, manteniendo mi voz firme—. Si movemos los servidores, dejamos el puerto a ciegas.
—Déjalo, Ámbar —dijo Mateo, con un tono paternalista que me revolvió el estómago—. Son tecnicismos financieros. Tu padre ya me dio el visto bueno de palabra. Solo necesito que Thiago, como director de operaciones, firme la orden de acceso digital para que mi equipo empiece la transferencia mañana a primera hora.
Thiago soltó una risa seca, peligrosa. Apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia Mateo, rompiendo toda la etiqueta del lugar.
—¿Quieres que te firme el acceso a los servidores? ¿A los mismos servidores que contienen las rutas de carga confidenciales de mi padre y del señor Villalobos? Estás loco, Benavídez. No te voy a firmar un carajo.
—Es una lástima, Santoro —respondió Mateo, bajando la voz, adoptando una postura de falsa decepción—. Porque si no firmas, tendré que informarle al banco inversor que la dirección de operaciones del puerto está mostrando resistencia injustificada, lo que retrasa la inyección de capital. Y ambos sabemos que sin ese dinero, el muelle tres se paraliza la próxima semana. Tu orgullo le va a costar millones a tu padre.
Vi el momento exacto en que la dinamita latina de Thiago se quedó sin mecha. Los celos acumulados por los gestos de Mateo, el beso en las mejillas de la mañana y la amenaza directa a su trabajo colapsaron en su cabeza.
Thiago se levantó de la silla de golpe, tirando la servilleta sobre la mesa. Su altura y su presencia física hicieron que los camareros coreanos se tensaran a la distancia.
—Escúchame bien, niño de papá —dijo Thiago, con una voz que era un susurro cargado de pólvora—. No me amenaces con el dinero de tu banco. Conozco a los tipos como tú. Vienen con trajes caros y palabras pulidas, pero en el fondo solo son parásitos que buscan robar el trabajo de los demás. No vas a tocar mis servidores, y no vas a volver a acercarte a mi mujer. Si vuelvo a ver tu cara en mi planta logística, te voy a sacar de Incheon de una forma que tu seguro médico de Londres no va a poder cubrir.
—Thiago, basta —le pedí, poniéndome de pie y tomándolo del brazo, sintiendo sus músculos rígidos como piedras.
Mateo se limitó a sonreír, una sonrisa fría, corporativa, de quien ha logrado exactamente lo que quería. Se acomodó los puños de la camisa y miró a su alrededor, asegurándose de que la escena hubiera sido vista por los otros comensales de la élite de Seúl.
—Una reacción muy profesional, Santoro. Qué lástima que no sepas controlar ese temperamento tuyo. Ámbar, lamento que tengas que presenciar esto. Te veré mañana en la oficina... cuando las cosas se hayan calmado legalmente.
Thiago dio un paso hacia él, pero lo empujé con suavidad hacia la salida.
—Nos vamos, Thiago. Ahora.
El trayecto de regreso en el auto fue un infierno de silencio. Thiago conducía con las manos apretadas en el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Sabía que la había cagado. Sabía que le había dado a Mateo la excusa perfecta para acusarlo de inestabilidad frente al comité.
En cuanto entramos al apartamento del piso 14, la tormenta estalló. Él tiró las llaves contra la pared y se pasó las manos por el cabello, frustrado.
—¡Caiste en su trampa, Thiago! —le grité, cerrando la puerta—. ¡Te lo advertí en la oficina! Te dije que querían que perdieras los estribos. Ahora tiene la excusa perfecta para decirle a mi papá y a los inversores que eres un peligro para el proyecto.