El amanecer sobre el puerto de Incheon no trajo luz, sino una neblina gris que combinaba perfectamente con las sirenas de la policía marítima. Mi padre caminaba de un lado a otro en la oficina del muelle, con el rostro pálido. Thiago estaba sentado frente a su escritorio, con las manos entrelazadas y la mandíbula tan apretada que parecía de piedra. Dos oficiales coreanos revisaban sus archivos digitales en la esquina.
—La firma digital es tuya, Thiago —dijo mi padre, con una mezcla de dolor y confusión—. El contenedor de contrabando pasó la aduana con tu código de seguridad. Si el comité ve esto, la revocación de la licencia es inmediata.
—Yo no firmé nada, señor Villalobos —respondió Thiago, su voz era un hilo de acero helado. Me miró a mí, de pie junto a la puerta, y en sus ojos oscuros vi una disculpa silenciosa. Se sentía acorralado—. Alguien usó mi cuenta después de que salimos del Signiel.
En ese momento, las puertas se abrieron y entró Mateo Benavídez, luciendo una expresión de falsa pesadumbre que me dio náuseas. Detrás de él, con una sonrisa de victoria contenida, venía Min-Hee Park.
—Señor Villalobos, esto es un desastre —anunció Mateo, acomodándose los puños de la camisa—. El banco inversor ya se enteró. Exigen la destitución inmediata de Santoro para no congelar los fondos. Por suerte, mi equipo de auditoría externa está listo para asumir el control de los servidores de carga hoy mismo y limpiar el nombre de la empresa.
Min-Hee dio un paso hacia Thiago, adoptando de nuevo esa voz suave y fingida.
—Thiago... te lo advertimos. Tu temperamento te cegó. Si me hubieras escuchado, si no te hubieras dejado arrastrar por... distracciones, esto no habría pasado. Pero aún puedo hablar con mi padre para que te ayude legalmente.
Me separé de la pared. Caminé con paso firme, el sonido de mis tacones resonando en el silencio de la oficina como un veredicto. Mi cabello rubio estaba recogido en una coleta impecable, y el traje sastre negro que llevaba puesto me hacía sentir como la dueña de la narrativa. Había visto este truco en Vincenzo y en Pasillos de Ley. La villana siempre cree que ha ganado cuando el héroe es arrestado, pero se olvida de que la heroína tiene el manual completo de contraataques.
—Ahorra tus lágrimas de cocodrilo, Min-Hee —dije, interponiéndome entre ella y Thiago. La fuerza de mi voz hizo que los dos oficiales coreanos levantaran la vista—. Y tú, Mateo, guarda tu propuesta de Singapur. Porque el único traspaso de servidores que se va a firmar hoy es el de tus cómplices hacia una celda de Incheon.
Mateo soltó una risa condescendiente.
—Ámbar, entiendo que estés alterada por tu novio, pero las pruebas digitales son absolutas. La firma es de Thiago.
—La firma digital se realizó a las 2:14 de la madrugada —respondí, sacando mi propia tableta corporativa y deslizándola sobre el escritorio de mi padre—. Un acceso remoto desde una dirección IP en el distrito de Gangnam. Curiosamente, el mismo edificio residencial donde Min-Hee Park tiene su apartamento privado.
Min-Hee palideció instantáneamente, perdiendo todo el color de sus mejillas perfectas.
—Eso... eso no prueba nada. Cualquiera puede hackear una red —tartamudeó.
—Cualquiera no tiene el código de acceso secundario que Thiago solo comparte con el equipo de auditoría que tú integraste ayer, Mateo —di un paso hacia él, obligándolo a retroceder—. Pensaron que nos íbamos a quedar discutiendo por los celos en el auto. Creyeron que la dinamita latina solo sirve para gritar en los restaurantes. Pero se les olvidó que mientras Thiago los vigilaba a ustedes, yo vigilaba la red. Anoche, después de que Thiago y yo... arregláramos nuestras diferencias en casa, dejé un código de rastreo activo en el sistema operativo.
Thiago levantó la cabeza, y una sonrisa lenta y feroz empezó a dibujarse en sus labios. Sabía exactamente a qué me refería. Mientras él dormía abrazado a mí, yo había pasado una hora frente a la computadora asegurando nuestro territorio.
—Aquí está el video de seguridad del ascensor de tu edificio, Min-Hee —continué, mostrando la pantalla—. A las 2:00 de la madrugada, Mateo entró a tu piso. Y aquí está el registro de la transferencia de datos. No hubo contrabando real en el muelle; ustedes plantaron la alerta en el sistema digital usando la cuenta de Thiago para forzar el control de Singapur y devolverle las rutas de carga a la corporación Kang.
Los oficiales coreanos se acercaron, revisando los documentos de mi tableta. Uno de ellos miró a Mateo y a Min-Hee con severidad.
—Señor Benavídez, señorita Park, tienen que acompañarnos a la jefatura para aclarar esta manipulación de registros aduaneros —sentenció el oficial.
Mateo miró a mi padre, buscando ayuda, pero mi padre le dio la espalda con desprecio. Min-Hee miró a Thiago, con los ojos llenos de lágrimas reales de humillación, pero Thiago ni siquiera se molestó en sostenerle la mirada. Estaba fijo en mí, con una devoción que me encendió la piel.
Cuando los oficiales se llevaron a los dos villanos, escoltados por el pasillo central de la empresa frente a todos los empleados, mi padre soltó un suspiro de alivio absoluto.
—Ámbar... nos has salvado a todos —dijo, dándome un abrazo fuerte—. Definitivamente, eres una Villalobos.