¿oppas? No, gracias

Capítulo 22— Fuego sobre el cristal de Seúl

—Te lo dije, Santoro —susurré contra sus labios, sintiendo el calor de su respiración y la fuerza de sus manos en mis caderas—. El guion lo escribo yo.

​—Me rindo ante ti, Villalobos —gruñó él, bajándome despacio pero sin soltarme ni un milímetro, dejando que nuestros cuerpos siguieran pegados—. Fui un imbécil al dejarme llevar por la rabia de ese tipo. Pensar que casi les entrego el puerto en bandeja de plata...

​—No te culpes. Estabas defendiendo lo tuyo —le recordé, acariciando su mandíbula, que por fin se había relajado—. Aunque la próxima vez que quieras arreglar las cosas a los golpes en un restaurante de ochenta pisos, avísame para pedir la cuenta antes.

​Thiago soltó una carcajada ronca, esa risa que me derretía las entrañas, y me besó de nuevo, con una ternura lenta que contrastaba con la furia de los últimos días.

***

Tres semanas después, la tormenta mediática y corporativa se había disipado por completo, dejando el cielo de Seúl más limpio que nunca. El muelle tres operaba a máxima capacidad bajo el control absoluto de la alianza Villalobos-Santoro. El padre de Min-Hee había tenido que vender sus acciones para cubrir la fianza de su hija y evitar un escándalo mayor, mientras que Mateo Benavídez había regresado a Londres en un vuelo nocturno, con la reputación financiera destruida y una demanda por fraude digital pisándole los talones.

​La victoria era total. Pero el verdadero premio no estaba en los balances de fin de mes.

​Estábamos en el apartamento de Thiago. El sol se estaba ocultando tras los rascacielos del distrito de Mapo, tiñendo el ventanal de tonos naranjas y rosados. Yo estaba sentada en la isla de la cocina, descalza, vistiendo solo una de sus camisas blancas de lino que me quedaba gigante. Mi cabello rubio caía desordenado sobre mis hombros, libre de los moños perfectos de la oficina.

​Thiago se acercó sosteniendo dos copas de whisky con un solo hielo, exactamente como él había dicho en el Signiel. Me entregó una y se colocó entre mis piernas, acortando toda la distancia física.

​—Un brindis —dijo, chocando suavemente su cristal contra el mío—. Por la mujer que no solo ve dramas coreanos, sino que los supera en la vida real.

​—Por el hombre que aprendió a confiar en la estrategia de su capitana —respondí, dándole un trago al licor, sintiendo el golpe amargo y cálido en la garganta.

​Thiago dejó su copa a un lado y me tomó del rostro con ambas manos. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad que ya no tenía que ver con los celos ni con los negocios; era la mirada del hombre que había encontrado su ancla.

​—Mi padre me preguntó hoy si pensábamos expandir las operaciones a Tokio el próximo año —murmuró, rozando sus labios con los míos—. Le dije que yo no voy a ninguna parte si tú no vas adelante abriendo el camino.

​—¿Ah, sí? ¿El gran Thiago Santoro aceptando que es el segundo al mando? —le provoqué, enredando mis dedos en los botones de su camisa.

​—Bajo tus sábanas y en tu vida, Ámbar, soy lo que tú quieras que sea —respondió él, y la seriedad de su voz me aceleró el corazón—. Me volví loco cuando Mateo te tocó. Sé que soy posesivo, sé que tengo el temperamento difícil, pero es porque nunca había tenido algo que temiera tanto perder. No quiero una vida en Seúl si no es contigo en este apartamento, reclamándome el espacio, llenando el armario con tus vestidos y recordándome quién manda.

​Las palabras se me quedaron atrapadas en la garganta. El fuego latino que siempre nos definía se transformó en algo mucho más profundo, un lazo inquebrantable forjado en medio del cristal coreano.

​—Nadie nos va a mover de aquí, Thiago —le prometí, tirando de su camisa para unir nuestros labios en un beso que ya no sabía a guerra, sino a un pacto eterno.

​Thiago me cargó de la isla de la cocina sin romper el beso. Caminamos hacia la habitación mientras el rastro de la camisa blanca quedaba en el suelo del pasillo. En la penumbra del cuarto, con las luces de la ciudad empezando a encenderse afuera, nos entregamos al fuego una vez más. Fue un encuentro pausado, erótico, una celebración de la piel en la que cada caricia borraba los días de tensión. Sus manos memorizaban mis curvas, su boca adoraba mi piel, y mi cabello rubio se mezclaba con las sábanas de seda oscura en un desorden perfecto.

​Éramos dos latinos que habían encendido Seúl, y no pensábamos apagar el incendio.




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