¿oppas? No, gracias

Epílogo — Nuestro propio final feliz

Tres años después...

​El sol se ocultaba sobre el horizonte de Incheon, tiñendo el mar y los enormes barcos de carga con un tono dorado y fuego. Desde el gran ventanal de la oficina principal del puerto, la vista era imponente, pero para mí, el verdadero paisaje estaba en el reflejo del cristal.

​Llevaba un elegante vestido sastre color marfil y mi cabello rubio caía en ondas perfectas sobre mis hombros. Ya no era la chica que acababa de bajar de un avión con la cabeza llena de ficciones; era la directora ejecutiva de la alianza Villalobos-Santoro, una de las firmas más respetadas de toda Asia. Habíamos ganado cada batalla, limpiado nuestro apellido y construido un imperio sobre las cenizas de los que intentaron destruirnos.

​Sentí unos pasos firmes detrás de mí y, un segundo después, unos brazos poderosos me rodearon por la cintura. Thiago pegó su pecho a mi espalda, rompiendo mi postura profesional con esa familiaridad posesiva que, después de tres años de convivencia, todavía me aceleraba el pulso como el primer día.

​—Los inversores coreanos acaban de firmar la renovación del contrato por los próximos diez años, jefa —murmuró Thiago contra mi oído, su risa ronca enviándome un escalofrío por la espalda—. Dijeron que nunca habían visto a nadie defender las cláusulas de seguridad con tanta... agresividad elegante.

​—Te lo he dicho mil veces, Santoro —me giré entre sus brazos, entrelazando mis manos en el cuello de su esmoquin, disfrutando de la mirada de absoluta adoración que me dedicaba—. A las latinas no se nos discute el territorio. Ni en la oficina, ni en la vida.

​—Ni en nuestra cama —añadió él con una sonrisa de medio lado, esa expresión arrogante y encendida que me seguía volviendo loca. Sus manos bajaron firmemente hacia mis caderas, eliminando cualquier distancia entre nosotros—. Sigo sin creerme la suerte que tuve el día que decidiste quedarte a prenderle fuego a mi mundo ordenado.

​—No fue suerte, Thiago. Fue el mejor guion que pudimos haber escrito —le respondí, acariciando su nuca—. Llegamos aquí como dos extraños compitiendo por el orgullo de nuestros padres, y terminamos siendo dueños de nuestro propio destino.

​Thiago se puso serio por un instante, y la intensidad de sus ojos oscuros brilló con una verdad cruda y profunda. Me tomó del rostro con ambas manos, obligándome a perderme en su mirada.

​—Ya no hay más villanos, Ámbar. No hay más trampas, ni llamadas a medianoche, ni contratos que puedan alejarte de mí. Solo estamos tú y yo. En este apartamento, en este puerto, para siempre.

​—Para siempre, Santoro —prometí.

​Thiago acortó el espacio y me besó. Fue un beso lento, profundo, que no sabía a la adrenalina de las viejas batallas, sino a la calma del fuego que ha encontrado su hogar. Un beso erótico y tierno a la vez, que sellaba tres años de pasión, de discusiones apasionadas, de reconciliaciones salvajes y de una complicidad inquebrantable que ningún protocolo coreano pudo contener.

​Cuando nos separamos apenas unos milímetros, las luces de los rascacielos de Seúl comenzaron a encenderse afuera, iluminando la noche como un millar de diamantes. Thiago me tomó de la mano, entrelazando nuestros dedos con una fuerza que prometía no soltarme jamás.

​Miré la ciudad por última vez y sonreí. Los K-dramas siempre tienen dieciséis episodios y un final predecible, pero nuestra historia no era una serie de televisión. Era real, estaba forjada en hierro, y el final feliz no nos lo había regalado nadie: lo habíamos conquistado juntos, a sangre y fuego.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.