282 años después de la destrucción de los Orbes
Dicen que hubo un tiempo en el que el mundo estuvo en paz. Antes de las guerras, antes de las cacerías, antes de que los portadores de los Orbes fueran tratados como aberraciones. En aquel entonces, los nombres de Marvoler y Astra eran pronunciados con devoción. Eran más que simples portadores: eran la cúspide, los únicos capaces de dominar los Orbes como si fueran parte de su propia existencia. Los pueblos levantaban templos en su honor, les ofrecían riquezas y rezaban creyendo que su poder era eterno.
Las leyendas cuentan que ambos compartían un mismo sueño: unir los cinco Orbes en uno solo. Alcanzar algo que nadie más había logrado jamás. Pero incluso en los relatos más antiguos se habla de una diferencia que acabaría marcándolo todo. Astra buscaba la perfección, una unión pura nacida del equilibrio absoluto… la luz. Marvoler, en cambio, deseaba algo distinto. Una fuerza más profunda, más dominante, más allá de cualquier límite… la oscuridad. Nadie sabe con certeza qué ocurrió entre ellos, solo que aquella ambición compartida terminó por dividirlos, y que la noche en la que intentaron alcanzar su objetivo… el mundo se rompió.
Desde entonces, nada volvió a ser igual. Los Orbes fueron destruidos, y con ellos, la paz. El mundo se fragmentó en regiones, reinos y Ciudadelas, cada uno levantándose sobre las ruinas de lo que alguna vez fue un todo. El miedo reemplazó a la fe, y los portadores dejaron de ser venerados para convertirse en algo que debía ser erradicado.
Hoy, los Orbes no son símbolos de poder. Son una condena.
Nos cazan.
Nos persiguen.
Nos eliminan antes de que podamos entender lo que somos.
La organización conocida como Norvan se encarga de ello. Operan entre reinos y Ciudadelas, imponiendo orden a través del miedo, rastreando a los portadores y asegurándose de que ninguno sobreviva el tiempo suficiente para comprender su propio poder.
Mi nombre es Aelara, y soy una de los pocos que quedan. Existen lugares donde aún podemos escondernos, territorios donde aún somos aceptados… donde no nos ven como amenazas, sino como lo que alguna vez fuimos. Pero esos lugares son escasos. Cada día desaparece uno más, y el mundo se vuelve más pequeño para nosotros. Sobrevivir ya no es vivir… es resistir.
Sin embargo, hay algo que las leyendas no cuentan.
Algo que fue ocultado… o tal vez enterrado por aquellos que ahora gobiernan.
Porque este mundo no se rompió por sí solo.
Alguien se aseguró de que jamás volviera a unirse.
Y mientras Norvan siga en el poder, los Orbes no serán más que una excusa… para mantenernos bajo control.
Pero yo no nací para huir.
Nací para cambiarlo todo.
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Editado: 05.04.2026