Orbs

1. Misión fallida.

Narrado por Malverin Blackstone

La noche había caído y esta misión no debía fallar.
Me dirigía junto a Malaya y Samir a un lugar, cerca de las afueras del intimidante Bosque Oscuro. La misión era simple: capturar a las personas que estuvieran allí y llevarlas a la base. Era una de esas misiones que parecían rutinarias, el tipo de encargo que no requería pensar demasiado, solo ejecutar. Pero cuando nos acercamos, el bosque ya estaba en llamas, y sin hacer preguntas los tres nos adentramos en él. Mientras corríamos íbamos viendo el caos en este bosque. Nos detuvimos un momento para así planear cómo nos íbamos a dividir y qué zonas cubriría cada uno.

El fuego no era completamente incontrolable, pero sí lo suficiente como para dificultar la visibilidad y el avance. Las llamas consumían árboles y parte del suelo, y el humo se acumulaba en capas que hacían que todo se viera borroso. No era un incendio natural… pero tampoco algo completamente fuera de escala. Aun así, lo suficiente para alertar a Norvan.

—Yo iré hacia el este y luego cubriré parte del oeste, Samir ve hacia el sur, y tú, Malverin, ve al norte —dijo Malaya mientras analizaba el terreno con rapidez.

Asentí sin discutir. No tenía sentido perder tiempo.

Sin dudarlo, nos separamos, no sin antes que Samir me diera una palmada en la espalda antes de separarnos. Me adentré en el bosque siguiendo mi camino hacia el norte, sin ver nada con claridad; solo humo, gritos a lo lejos y árboles envueltos en llamas que caían a mi alrededor. El sonido de la madera partiéndose y el crujido del fuego creaban un ambiente incómodo, pero no me afectaba. Estaba acostumbrado a este tipo de situaciones.

No sabía quién había causado tal desastre ni cómo, pero sin duda aquí debía haber un orb, porque, si no, ¿quién sería capaz de provocar algo así? No todos podían manejar fuego, y menos en una extensión así, aunque fuera descontrolada.

No avancé mucho cuando distinguí una silueta masculina a lo lejos. Desenvainé mis dos cuchillas y me abalancé sobre él sin darle tiempo a reaccionar, clavándolas en su espalda. Soltó un quejido ahogado antes de caer al suelo. No parecía ser un orb; de haberlo sido, habría intentado defenderse. No me detuve a pensarlo. Era un verdugo. Ese era mi trabajo, y para eso fui entrenado. No había espacio para dudas ni remordimientos en ese momento.

Seguí avanzando hasta encontrar un pequeño campamento consumido por las llamas. Probablemente allí estaban las personas que buscábamos, pero eso no facilitaba la misión. Algunas estructuras aún se mantenían en pie, aunque debilitadas por el fuego, mientras otras ya se habían reducido a restos ennegrecidos. El objetivo era claro: llevar al menos a un orb con vida a la base. No quería encontrar uno… debía hacerlo. El humo comenzaba a asfixiarme y cada vez me costaba más respirar, así que esto tenía que terminar pronto, debía encontrar a ese orb y llevarlo a la base.

Un sonido entre los árboles me sacó de mis pensamientos. No era el crujido del fuego ni la caída de ramas. Era movimiento. Corrí hacia él, y entonces la vi. Una chica salió de entre las llamas, corriendo con un vestido blanco que contrastaba con el caos a su alrededor. La distancia entre nosotros era grande, pero la reducía rápidamente. Su forma de correr no era eficiente; estaba huyendo, no luchando.

De pronto se giró e invocó un orbe rojo vibrante. Fuego. Por su expresión, era evidente que no tenía control sobre lo que hacía, pero sabía que iba a atacar, así que me cubrí detrás de un árbol. El ataque nunca llegó. Solo me distrajo el tiempo suficiente para que ganara más distancia. Eso me molestó más de lo que debería.

Retomé la persecución con más velocidad, tomando impulso incluso cuando mi pie resbaló ligeramente. El terreno estaba inestable, cubierto de cenizas y restos quemados. Saqué un frasco de polvo desmayador, planeando usarlo contra ella para capturarla con vida. Era lo más eficiente.

Cada vez estaba más cerca cuando volvió a girarse. Invocó el orbe mucho más cerca de mí; la luz iluminó su rostro, mostrando claramente el miedo. No era una amenaza real… aún. El aire a su alrededor se volvió caliente y, en cuestión de segundos, lanzó una pequeña bola de fuego directa hacia mí. Me lancé al suelo como pude, sintiendo cómo el calor rozaba mi cabeza. No fue un ataque poderoso, pero sí lo suficientemente preciso como para obligarme a reaccionar.

Me levanté de inmediato. Ya no había espacio para errores. Tenía que capturarla.

Tomé mis cuchillas. La misión no era matarla, pero la irritación empezaba a dominarme. No por ella, sino por la situación. Me acerqué lo suficiente como para apuñalarla, reduciendo la distancia con rapidez.

Y entonces pasó.

Mi mano empezó a temblar.

No era miedo.

Mis piernas no respondieron como debían. Fue como si algo dentro de mí se desalineara por un instante, como si mi propio cuerpo dudara. No entendía qué estaba pasando. Nunca me ocurría algo así. Mi respiración se desacompasó por un segundo, y mi agarre perdió firmeza.

Fue solo un segundo.

Pero fue suficiente.

La chica aprovechó ese fallo y desapareció entre las llamas del bosque, abriéndose paso entre el humo y los árboles.

Me quedé quieto un instante, procesando lo ocurrido.

No entendía qué había pasado. Nunca había fallado. Y sin embargo, había dejado escapar a un orb. No tenía tiempo de pensar; detrás de mí había escuchado pasos lentos y cuidadosos, pero a la vez letales. No podía ser otra, era Malaya. No me giré porque ya sabía lo que vendría.

—¿Atrapaste al orb? —gritó Malaya desde detrás de mí.

—Se escapó… —respondí en voz baja.

—¿Qué mierda te pasa? ¡Dejaste escapar a un orb! —dijo mientras miraba a sus alrededores—. Esto no se puede quedar así. Tenemos que seguir buscando.

No respondí. Solo asentí con la cabeza.

Buscamos por el bosque gran parte de la noche sin encontrar rastros de la chica. Revisamos zonas donde el fuego ya se había debilitado y otras donde aún seguía activo, pero no había señales claras. Parecía haberse desvanecido entre el caos.




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