Orbs

2. La paloma y el búho.

Narrado por Aelara Sadishep
«No sé cómo logré escapar de ese bosque.»

El aire aquí era frío y una espesa neblina cubría el denso bosque frente a mis ojos; caminaba con cautela, avanzando entre los árboles mientras esperaba lo peor. Sabía que lo que había pasado anoche era una señal clara de que debía salir de aquí cuanto antes. No podía dejar de pensar en ello. Logré usar el orbe de fuego y atacar a uno de los verdugos… pero eso no fue más que suerte. Si vuelven, estaré muerta. El grupo con el que iba fue masacrado por ellos. Aunque no conocía a ninguno, no podía ignorar lo sucedido. No merecían ese final. Las imágenes seguían repitiéndose en mi mente sin darme descanso, mezclándose con el sonido del fuego, los gritos y el miedo. Todo eso me abrumaba, pero no podía detenerme. Tenía que salir de este bosque.

Cerca estaba el Bosque Oscuro, y ese era mi destino original… pero después de lo ocurrido, entrar allí sola era una locura. Sin ayuda es imposible sobrevivir dentro, y menos estando tan cerca de la base de Norvan. Si me acercaba demasiado, me encontrarían. Si entraba al bosque oscuro sin preparación, probablemente tampoco sobreviviría. No tenía muchas opciones.

Debía llegar al pequeño muelle del que había venido. Ese era mi único camino ahora.

Pero para llegar allí tenía que caminar mucho… demasiado. No sabía si lo lograría a tiempo, ni siquiera sabía si el camino seguiría siendo seguro, pero tenía que intentarlo. No tengo a nadie más que a mi hermana. Así que debo hacer esto por ella. Debo seguir viva por ella. Aunque el miedo me estuviera ganando en cada momento, aunque cada paso doliera, aunque mi cuerpo me pidiera detenerme. Seguí avanzando, adentrándome cada vez más entre los árboles. La neblina hacía difícil orientarse, pero había algo que sí tenía claro: no debía acercarme al Bosque Oscuro. Sus árboles eran distintos, más oscuros que la madera normal, casi como si absorbieran la luz a su alrededor. Cada vez que distinguía alguno, cambiaba de dirección sin pensarlo dos veces. Además, recordaba fragmentos de la ruta que habíamos seguido con el grupo antes de que todo ocurriera. No era un recuerdo perfecto, pero era suficiente. Me aferré a eso como si fuera lo único que tenía, repitiendo mentalmente los giros, los puntos de referencia, cualquier detalle que pudiera ayudarme a no perderme.

Y así seguí durante horas.

El tiempo se volvió difuso. Solo existía el sonido de mis pasos, mi respiración y el latido acelerado de mi corazón. A veces creía escuchar algo detrás de mí y me detenía, conteniendo el aire, esperando… pero no había nada. O eso quería creer.

El sol terminó elevándose hasta lo más alto del cielo, apenas visible entre la neblina, y fue entonces cuando entendí que no podía seguir así sin detenerme. Mi cuerpo ya no respondía igual. Mis piernas dolían, mis pies ardían con cada paso y el cansancio empezaba a nublar mis pensamientos. Necesitaba descansar.

Encontré un pequeño riachuelo y me acerqué con cuidado. El agua estaba clara, tranquila, casi ajena a todo lo que había pasado. Me arrodillé y bebí con desesperación al principio, luego más despacio, dejando que el frío del agua me devolviera un poco de claridad. Estaba fresca… demasiado fresca comparada con el calor del incendio de la noche anterior. Decidí sentarme allí unos momentos. Mis pies estaban rojos, adoloridos, y al mirarlos me di cuenta de lo mucho que había caminado sin realmente ser consciente de ello. El silencio del lugar era extraño. No había gritos, no había fuego… solo el sonido constante del agua corriendo. Pero eso no me tranquilizaba. Porque sabía que no estaba a salvo.

Bajé la mirada hacia mis manos, aún temblaban ligeramente. No sabía si era por el cansancio… o por lo que había hecho.

El orbe.

Cerré los ojos por un momento, intentando recordar exactamente lo que había sentido al invocarlo. El calor, la presión, ese orbe flotando en mis manos… y ese instante en el que todo parecía fuera de control. No era algo natural para mí. No sabía usarlo, no sabía controlarlo… y aun así, había salido. Y eso era lo que más miedo me daba.

Si volvía a pasar… ¿podría controlarlo?, ¿o terminaría consumiéndome?

Abrí los ojos lentamente y miré a mi alrededor otra vez. No podía quedarme allí mucho tiempo. Descansar era necesario… pero detenerme demasiado podía ser peligroso.

Aun así, por primera vez desde que escapé… me permití respirar.

Al ponerme de pie sentí cómo algo pasaba por encima de mí, quizás era paranoia pero por instinto me agaché mirando hacia el cielo. Estaba en lo correcto, era algo, un búho mensajero que descendió lo suficiente como para soltar una carta justo sobre mí antes de desaparecer entre las copas de los árboles. La agarré de inmediato e intenté abrirla, pero al hacerlo unas ramas crujieron detrás de mí. No me dio tiempo de reaccionar y una chica ya estaba parada a unos pasos de mí. No parecía tener malas intenciones… pero tampoco transmitía tranquilidad. Había algo en su forma de estar ahí, tan firme, tan segura, que me hizo desconfiar. Me quedé mirándola desde abajo, sin moverme, mientras ella extendía su mano. Dudé un segundo, pero aun así la tomé y me ayudó a ponerme de pie sin dificultad.

—Soy Evangeline —dijo mientras me observaba de arriba a abajo con atención.

No respondí, no por ser descortés sino porque el miedo seguía ahí, atrapado en mi pecho, sin dejarme reaccionar con normalidad.

—Perdón si te asusté, seguía al búho mensajero, sabía que tenía un mensaje para ti y lo seguí —decía mientras se daba la vuelta—. Lo sé porque yo también tengo uno para ti.

No tenía opción, la iba a seguir. Si me quedaba allí no sabía qué haría conmigo, no sé usar los orbes y no tengo con qué más defenderme, no me queda otra que confiar, aunque no quiera. Ella caminaba con mucha seguridad, como si conociera el lugar mejor que yo, y pronto noté que este no era el camino que recordaba, íbamos hacia otro sitio completamente distinto, pero no dije nada. Caminamos durante un rato hasta llegar a unas rocas que formaban una cueva algo profunda y oscura a la vista, lo suficiente como para ocultar algo dentro, y fuera de esta había una pequeña fogata con comida haciéndose; el olor era cálido, incluso agradable, algo que contrastaba demasiado con todo lo que había pasado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.