Narrado por Malverin Blackstone
La noche junto a las ratas no me había sentado bien.
Dicha noche me llenó la mente de pensamientos y sueños extraños. Mi mente no descansaba y no me permitía conciliar el sueño al pensar en el por qué había fallado aquella noche ante esa orb. Esos pensamientos no fueron pasajeros de dicha noche y aún me acompañaban dos días después. No me he sentido nada bien desde entonces y siento que mi rendimiento ha bajado, aunque intento ocultarlo cada vez que entreno o recibo órdenes dentro de Norvan. Nadie debía notar debilidad en mí. Aquí la debilidad se castiga incluso más que el fracaso.
Uno de esos sueños en concreto fue uno en el que veía luces de distintos colores brillando encima de mí. Flotaban lentamente en medio de una oscuridad absoluta y, al intentar tocarlas, sentía una sensación extraña, como si algo entrara en mi cuerpo. No era dolor... pero tampoco era una sensación agradable. Era pesada, incómoda, como si algo quisiera abrirse paso dentro de mí. Cada vez que despertaba después de ese sueño sentía el pecho agitado y las manos temblando ligeramente, igual que aquella noche en el bosque.
No le he contado a nadie sobre esto, ni siquiera a quien considero un hermano, Samir.
Norvan seguía igual que siempre. Fría. Silenciosa. Los largos pasillos de piedra oscura parecían aún más pesados después de pasar una noche en los calabozos. Algunos verdugos me observaban al pasar, probablemente ya enterados de mi fallo. Otros simplemente apartaban la mirada. Aquí nadie hablaba demasiado cuando alguien cometía un error; todos sabían que podía pasarles también. Caminaba por uno de los corredores mientras ajustaba las vendas de mis manos después del entrenamiento matutino. Había intentado despejar mi mente luchando, pero ni siquiera eso funcionó. Mis movimientos seguían siendo precisos, rápidos... pero algo estaba mal. Lo sentía. Era como si mi cuerpo reaccionara una fracción más lento que antes.
Y eso me irritaba.
Giré en una esquina y vi a Samir apoyado contra una pared con los brazos cruzados. Apenas me vio levantó una ceja.
-Te ves horrible -dijo sin molestarse en suavizar sus palabras.
-Tú tampoco luces bien nunca -respondí mientras seguía caminando.
Samir soltó una pequeña risa y empezó a caminar a mi lado.
-Sigues pensando en lo del bosque, ¿cierto?
No respondí de inmediato. No hacía falta. Él me conocía demasiado bien.
-Fue un error -murmuré al final.
-No parecías tú cuando regresamos -comentó mirándome de reojo-. Malaya todavía está molesta.
-Malaya siempre está molesta.
-Sí, pero ahora más.
Eso logró sacarme una pequeña exhalación por la nariz, casi una risa. Casi.
Seguimos caminando en silencio unos segundos hasta que Samir volvió a hablar.
-Nunca te había visto fallar así.
Otra vez esa palabra.
Fallar.
Sentí la mandíbula tensarse automáticamente.
-Lo sé.
Samir pareció notar mi incomodidad porque dejó el tema por un momento. Bajamos unas escaleras de piedra que daban a una zona más abierta de la base donde algunos verdugos entrenaban entre ellos. El sonido de las espadas chocando y las órdenes de los instructores llenaban el ambiente.
Normalmente ese lugar me calmaba.
Hoy no.
Mis ojos se desviaron hacia uno de los entrenamientos donde un verdugo utilizaba un pequeño frasco explosivo durante combate. La pequeña explosión iluminó brevemente el lugar y, por un instante, recordé el fuego de aquella chica atravesando el humo del bosque.
Ese orbe rojo.
Ese miedo en su rostro.
Y después...
Mi mano temblando.
Me detuve en seco.
Samir también se detuvo y me observó con el ceño fruncido.
-¿Malverin?
Parpadeé varias veces antes de volver en mí.
-Estoy bien.
Era mentira.
Lo peor era que no entendía qué me estaba pasando. Desde niño me entrenaron para matar orbs, capturarlos, perseguirlos sin dudar. Nunca sentí culpa. Nunca sentí miedo. Nunca mi cuerpo reaccionó de esa manera frente a uno de ellos.
Pero ella...
Algo en esa chica había provocado una reacción extraña dentro de mí. Y eso era lo que realmente me molestaba.
-Malcolm quiere verte -dijo Samir rompiendo mis pensamientos.
Lo miré inmediatamente.
-¿Ahora?
-Ahora.
Genial.
Subimos otra vez hacia los pisos superiores de Norvan. Mientras caminábamos, podía sentir cómo el ambiente cambiaba poco a poco. Menos ruido. Más silencio. Más vigilancia. Los sectores donde se encontraban los altos cargos siempre parecían más tensos que el resto de la base.
Nos detuvimos frente a la gran puerta oscura de la oficina de Malcolm.
Samir me dio una pequeña palmada en el hombro antes de apartarse.
-Intenta no terminar otra vez con las ratas.
No respondí. Solo abrí la puerta.
La oficina estaba igual que siempre. Ordenada de manera enfermiza. No había nada fuera de lugar. Malcolm se encontraba de pie junto a una de las ventanas observando el exterior, aunque desde aquí apenas podía verse algo más que montañas y neblina.
-Señor -hablé apenas entré.
-Malverin.
Su voz seguía siendo igual de fría que de costumbre.
Me mantuve quieto esperando que hablara.
-He recibido reportes de tu rendimiento estos últimos días.
Claro. Era obvio que alguien había hablado.
-No volverá a pasar.
-Eso espero.
Malcolm se giró lentamente hacia mí. Sus ojos se clavaron en los míos con esa expresión imposible de leer.
-Eras uno de mis mejores verdugos.
Eras. No eres.
Sentí un pequeño nudo de irritación en el pecho, pero mantuve el rostro serio.
-Lo sigo siendo.
Malcolm dio unos pasos hacia mí.
-Entonces demuéstralo.
El silencio llenó la habitación unos segundos.
-Tenemos información sobre movimientos extraños cerca de las fronteras del Bosque Oscuro -continuó-. Quiero que investigues.