Oreyet y Orefiyet

Capitulo 29 - el nuevo reino de los dragones

En el ambiente flotaba un eco de las memorias de Draiker, un vacío que invadía el corazón de cada ser viviente en el vasto mundo de los Dragones. Mientras tanto, en el corazón de Oreyet, la confusión reinaba como una tormenta en el cielo oscuro, llena de relámpagos y truenos.

Kamir, con paso lento y decidido, emergía de la cueva de Draiker, sus ojos fijos en la figura de Oreyet, que se erguía triunfante ante sus leales súbditos, aquellos que le habían jurado fidelidad. Oreyet, al avistarla a lo lejos, sonrió con el corazón rebosante de alegría y, con un gesto majestuoso, la envolvió con su cola, acercándola a su rostro.

- ¡He ganado! - proclamó con voz suave, llena de orgullo.

- Lo sé - respondió Kamir, acariciando con ternura su rostro escamoso.

- No pareces muy contenta - observó Oreyet, levantándose de repente, como si una sombra le hubiera atravesado.

- No es eso, sino que...

- ¿Qué? - inquirió él, con curiosidad.

- Te lo prometí y aquí está - dijo, mostrando la argolla que brillaba débilmente en la luz del amanecer.

- Te prometí que, para probar mi lealtad hacia ti, te daría esta argolla, que, aparte del diario, es lo único que me acerca a mi familia.

- Mmm - murmuró Oreyet, sumido en pensamientos profundos.

- Tómala y hazlo rápido - le instó Kamir, entregándosela antes de darse media vuelta y alejarse a toda prisa.

- Kamir, espera...

- ¡Amo! - interrumpió un Dragón que se acercaba con urgencia.

- ¿Qué sucede?

- A conocerlo todos han venido; de todas partes se ha escuchado su gran rugido.

- Sí, mi ama está desconsolada, pero ahora no es tiempo de desgracias ni arrebatos - dijo Oreyet, alzando la vista hacia la multitud que ascendía por la montaña. - Desde este el día de hoy comienza mi mandato; las reglas son las mismas hasta que yo las haya modificado, pero si anuncio mi primer cambio, a partir de ahora, este mundo será conocido como la Tierra del Kynda, la tierra de luz

Con un gran rugido que resonó en el aire, justo cuando el sol alcanzaba su cenit, Oreyet selló su declaración, dando una señal de esperanza a su futuro reino. Todos rugieron junto al Alfa, volando a su alrededor, brindándole una calurosa bienvenida a su nuevo hogar.

Durante el transcurso del día, criaturas de toda índole se congregaron para presentarse ante él. Varias hembras lo rodeaban, acariciándose en sus colas, pero Oreyet no prestaba atención a tales distracciones. Su mente estaba ocupada en la argolla, y aunque sabía que Kamir le era fiel, el peso de la muerte de Draiker lo oprimía, un dolor profundo que no podía ignorar. Conocía bien a su ama; nunca había sido propensa a la sentimentalidad, aunque quizás, en su interior, había más de lo que él había llegado a percibir.

Al caer la noche, todos celebraron con un gran festín, bañándose en el río y comiendo sin cesar. Sin embargo, Oreyet, inquieto en sus pensamientos, decidió llevar un poco de carne a Kamir.

- ¡Ten! - le dijo, lanzándole un pedazo de carne con un gesto brusco.

- No me gusta la carne cruda - respondió Kamir, con una expresión de melancolía.

- Pues yo arreglo eso - dijo Oreyet, escupiendo fuego para asar la carne con destreza.

- No tengo hambre.

- Claro, como si no hubieras comido en dos días - replicó él, con tono perspicaz.

- Bueno, solo para que te vayas - con un gesto de agresividad, devoró la carne sin cuidado.

- Ves, sí tenías hambre.

- Ya comí, ahora vete.

- ¿Por qué actúas así? Hoy es el inicio de nuestra nueva vida.

- Es que... ¿Qué? ¿Qué dijiste?

- Dije que este es el inicio de nuestra nueva vida.

- ¿Nuestra? - preguntó Kamir, perpleja.

- ¿De verdad creías que te mataría después?

- Pues sí, o al menos que me expulsarías.

- No, lo he pensado mucho y quiero que te quedes conmigo - dijo él, bajando la voz con un toque de vulnerabilidad.

- Pero este es tu paraíso.

- Eres mi ama, así que puedes quedarte todo el tiempo que desees, a menos que prefieras volver a vivir en el lodo, luchando por las sobras como una sin hogar.

- No, yo también quiero quedarme contigo - exclamó, saltando para abrazarlo con fuerza.

Oreyet, confundido pero satisfecho, le devolvió el abrazo, acercándola suavemente a su rostro, cuidando de no acercarla demasiado a su pecho para que no se quemara.

- Oreyet, ahora tenemos mucho tiempo. Podemos practicar y aprender a pelear juntos.

- Mmm, ¿no piensas buscar tu pasado?

- Hay cosas que simplemente deben ser olvidadas, y creo que mi pasado solo me traerá dolor. Por eso es mejor decidir dejarlo atrás.

- El pasado es el pasado; aquí y ahora comienza nuestro futuro.

Así, al fin, se había acabado la guerra en la vida de Oreyet y Kamir. Todo parecía cobrar vida nuevamente, como un nuevo amanecer que traía consigo la esperanza y la promesa de un futuro brillante, pero no todo dura para siempre, dentro del corazón de Kamir había un hueco que estaba apunto de llenarse amenazando con explotar en cualquier instante y con lo único que Kamir lo detenía era convenciéndose así misma que tenia mas tiempo repitiendo una y otra vez:

mañana, mañana le diré la verdad

mañana, mañana le diré la verdad




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