Cada noche, al caer el ocaso, Kamir se repetía en un susurro:
"Mañana, mañana le diré la verdad"
Se debatía en su lecho de hierbas y paja seca, donde había dispuesto con esmero varias telas finas y costosas. Sin embargo, el sueño se le escapaba como un susurro de viento entre los árboles.
Frustrada, se levantó, envolviéndose en una manta de suave tejido, y como cada noche, comenzó a deambular por el campo. Su destino era la montaña del Alfa, donde yacían los tesoros de Draiker.
Oreyet, su enigmático aliado, había partido días atrás en busca de los hijos de Orefiyet, pero a Kamir la inquietud le carcomía el alma: ¿qué sería de Morel? El Alfa no permitiría que un humano pisara la tierra de Kynda, así que lo dejaría en algún pueblo, a merced de su suerte. Extrañamente, Kamir había aceptado los términos de Oreyet, lo que solo alimentaba su desconfianza hacia ella.
Al adentrarse en la cueva, un brillo captó su atención. Se acercó a un recoveco donde dormía una dragona hembra, Kamir recordó que la lucha por la procreación de Oreyet había sido infructuosa, cambiando de pareja en pareja en su desesperación.
—Deseo que esta vez funcione —murmuró Kamir, la tristeza pesando en su voz—Pero es triste hacerse ilusiones cuando la verdad ya es conocida.
Con paso lento, se acercó a los tesoros de Draiker que aun no pertenecían a Oreyet púesto de que el se negaba a habitar esa cueva por extrañas razones, observando cada objeto con la meticulosidad de un experto se sentó en el centro de aquel esplendor, donde la argolla brillaba como un trofeo, iluminada por la luz de la luna, llenando los ojos de Kamir de codicia.
En un gesto de desesperanza, se quitó la manta y, con un cuchillo, abrió una antigua herida en su pecho, la que Draiker le había infligido en su batalla contra Oreyet. Recordó con terror cómo Draiker había cumplido su promesa
Recuerdos de Kamir
El momento en que Oreyet fue derribado y perdió la conciencia fue un instante que se grabó en su mente. Draiker, con un brillo cruel en sus ojos, perforó el pecho de Kamir, acercándola a su rostro.
—¡Dijiste que no lo lastimarías tanto! —gritó Kamir, la ira ardiendo en su pecho.
—¿Acaso crees que esto es demasiado? —respondió Draiker, mirando su herida— Casi no le hice nada. Además, aún me faltaba cumplir algo, ¿no? Lo oculté entre mis cuernos. Tranquila, está intacto.
—¿Y por qué no me lo das? —exigió Kamir, su voz resonando en el ambiente.
Draiker, molesto, la giró para que observara a Oreyet tendido en el suelo.
—¿Cómo te atreves a pedir eso en tales circunstancias? ¿No sientes nada por Oreyet? Creí que al menos te sentirías culpable por todo esto, pero tu indiferencia me indica lo contrario.
—¡Me lo darás o no! —repitió Kamir, su determinación inquebrantable.
—¿Por qué habría de cumplirle a una traidora? —rugió Draiker, su voz cargada de desdén— No has sido sincera ni con Oreyet ni conmigo. Has causado un daño irreparable, un asunto que jamás debimos discutir.
—¡No hables de fidelidad! —respondió Kamir, sus ojos ardían con la llama de la rabia—. Tú no eres más sincero que yo. No eres superior; eres solo una sombra de los verdaderos sentimientos humanos. La realidad es que careces de lo que yo poseo: ¡conciencia! Con esas palabras, Kamir desenvainó dos grandes espadas que emergieron de sus palmas, cruzándolas en un movimiento decidido, cortando la cola de Draiker, que cayó al suelo como una hoja arrastrada por el viento.
Kamir, herida, cayó de pie y comenzó a correr, intentando curar su herida con magia. Draiker la observó de reojo, pero la ignoró; ambos habían cumplido con su parte, no había nada más que discutir.
—Ya... ya casi —decía Kamir, agonizando. Sin embargo, en su pecho sintió algo diferente, un bulto que no cesaba de doler. Con valentía, se abrió la herida y, con sus manos, extrajo una hermosa y resplandeciente cadena de compromiso.
Fin del Recuerdo
Kamir sostenía la cadena entre sus manos, con lágrimas en los ojos, deseando nunca haberla tenido, lamentando el pacto hecho con Draiker mientras que en su mente comenzaban a resonar sus palabras:
—Esta cadena de compromiso pertenece a tus padres. Por ahora, solo es la mitad. La otra desapareció... ¿cómo? No lo sé, pero esta bastará para mostrarte la tumba de tus padres.
—¿Cómo me mostrará el camino? —preguntó Kamir, intrigada.
—El compromiso de los brujos era algo extraño. Dentro de la joya de este collar se almacenaba la sangre de los esposos, para que cada uno llevara la sangre del otro y nunca se separaran.
—Eso suena tétrico.
—Jajaja, lo hacían para que cuando uno muriera en combate, el otro pudiera encontrar su cuerpo, esté donde esté. Esta lleva la sangre de tu padre, así que te guiará a su tumba.
—¿Pero eso en qué me ayudará?
—Solo hazlo. Cuando estés frente a él, te darás cuenta de que tu padre no era un brujo cualquiera.
—¿En serio? —preguntó Kamir, llena de esperanza.
—Su tumba fue sellada con una magia muy poderosa. Cuando la toques, te mostrará tu pasado y los secretos que guarda.
—¿Qué secretos?
—¿Crees que tu padre te abandonaría sin nada?
—Ya había escuchado su nombre antes, pero... ¿qué tan misterioso es su pasado? —preguntó Kamir, su voz un susurro en la penumbra.
—Te garantizo que no te vas a decepcionar —respondió Draiker, con una sonrisa enigmática.
Kamir, cautivado por el resplandor del collar, no pudo evitar rozarlo con la yema de sus dedos, anhelando poseerlo. Sin embargo, Draiker, al notar su deseo, se apresuró a guardarlo en un hermoso y fino joyero, como si el objeto tuviera vida propia.
—Pero es mío —protestó Kamir, la frustración burbujeando en su interior.
—Ahí viene nuestro acuerdo, Kamir —dijo Draiker, su voz grave resonando en la cueva—. Si traes aquí a Oreyet, yo te daré este collar. ¿Tenemos un trato?