Oreyet y Orefiyet

capitulo 31 - el picaflor del Alfa

Ya despuntaba el alba cuando Kamir permanecía sumida en sus pensamientos, ajena a la belleza que la rodeaba. Los capullos de las flores, cual joyas ocultas en la maleza, comenzaban a abrirse lentamente, como si la vida misma hubiera decidido regresar a aquellas tierras olvidadas. Era Oreyet quien anunciaba su regreso, su presencia tan majestuosa como la luz del sol que se filtraba entre las nubes.

Sin embargo, el corazón de Kamir se llenó de temor, y, presa de un impulso irrefrenable, salió corriendo de la cueva antes de que él pudiera verla.

Con manos temblorosas, ocultó la cadena, volviéndola a introducir en la herida que aún sangraba, tratando de ignorar el dolor que la atormentaba. Pero la fortuna no estaba de su lado; la dragona, que habitaba la cueva del lado, salió disparada antes que ella. No corría por miedo, sino por una profunda pena, y su tristeza fue tal que empujó a Kamir, quien cayó entre las rocas, atorándose una pierna en el proceso.

Oreyet, al ver tal escena, descendió con cuidado, envolviendo a su amada con sus colas, dejando un aldo los huevecillos que había traído, mientras Kamir se ocultaba entre las piedras, mordiendo su mano para ahogar el grito de dolor que amenazaba con escapar. La afilada roca había dejado una honda cortada en su piel.

Los dos dragones se entrelazaban en un abrazo desesperado, pero pronto Oreyet recibió la noticia que lo consumía. Con un gesto brusco, empujó a la hembra a un lado y corrió hacia la cueva. Allí, en la penumbra, yacían dos huevos, su descendencia. Pero, para su desdicha, ambos estaban secos y podridos, una cruel repetición de un destino que ya había conocido en numerosas ocasiones, en exactamente 8 intentos todos fueron fallidos

La ira se apoderó de Oreyet, quien, en un arranque de furia, destrozó los huevos y la cueva misma, gritando con desesperación.

—¡Orefiyet, Draiker, malditos sean!

Kamir observaba con pena, pero algo la distrajo. A través de un hueco entre las rocas, vio a la nueva hembra de Oreyet olfateando los hijos de Orefiyet, los dos huevecillos que Oreyet había traído.

Oreyet al verla se llenó de furia y, con un gesto violento, la empujó, rasguñándose en el proceso.

—¿En verdad nunca podré tener hijos? —se lamentaba Oreyet, su voz resonando al rededor

Kamir lo observó con compasión, pero, sintiéndose incómoda, trató de alejarse. Sin embargo, al ver a Oreyet, regresó hacia él.

—Oreyet —le dijo, manteniendo una distancia prudente.

—¿Kamir? ¿Qué haces aquí?

—No podía dormir, así que salí a caminar. Vi a esa hembra en tu cueva y, al intentar irme, tropecé y me atoré en las rocas.

—Mmm... —pensó Oreyet, con una mirada sospechosa

—. ¿Y Morel está bien?

—Sí.

—¿Le diste su paga, verdad? Recuerda que nos ayudó bastante.

—Sí, le di un saco de oro. Con eso podrá reconstruir su vida —respondió, aún con la cabeza gacha.

—Ah, me alegra que al fin trajeras a tus hijos aquí.

—¡No son mis hijos! —gritó, levantándose de un salto.

—Lo siento, lo siento, es que al verte junto a ellos...

—¡Cállate! Además, ¿por qué viniste a esta montaña? Tú vives en la montaña del otro lado.

—Es que...

—¿Por qué caminaste tanto? Nunca te preocupaste por mis parejas preñadas.

—Ah, es que no me di cuenta de cuánto había caminado mientras leía el diario de mi padre.

—¿De verdad quieres que crea que aprendiste a leer en cuatro meses?

—Pues, aunque no lo creas, ya sé leer.

—¿Ah sí? Demuéstramelo.

—Ah... —dijo Kamir, nerviosa.

—¿Qué sucede? —preguntó Oreyet, acercándose con picardía poniendo su rostro vastante cerca del de ella - ¿por que tan nerviosa?, mi querida...-

—Voy a traer el diario y a vestirme —respondió Kamir, dándole la espalda y caminando rápidamente.

Oreyet soltó una risa, olvidando por un momento sus penas. Kamir, al ver que se alejaba, se escondió detrás de una roca, aliviada de haber escapado y calmado su ira. Mientras pensaba en cómo fingir que sabía leer, se dirigió a su morada. Preocupada, tomó su ropa y comenzó a desgarrarla, pensando: Debo hacer algo más grande para distraerlo. Oreyet es bastante distraído; debo desorientarlo con algo. Con un cuchillo, desgarra sus ropajes y los une con telas finas, creando un hermoso vestido. Kamir nunca había manejado ese estilo de ropa; ella era más varonil, adoraba corretear sin la necesidad de levantar una falda.

El sol ya estaba en su cénit cuando Oreyet, impaciente, se acercó a donde estaba Kamir.

—Kamir, ya te esperé por horas. ¡Sal y demuéstrame que sabes leer!

—No entres, es una sorpresa.

—¿Sorpresa? ¿Qué clase de sorpresa podrías ofrecerme tú...? —no había terminado de hablar cuando Kamir salió, vistiendo un hermoso vestido rojo como la sangre y negro como la noche, con una fulgurante rosa roja en su cabeza. Oreyet, al verla, quedó impresionado; era la primera vez que Kamir se arreglaba.

—¿Y qué te parece? —dijo, dando un giro y mostrando sus pies descalzos.

—Es... bastante extraño —respondió Oreyet, llevándose una de sus colas al pecho.

—¿Que, el vestido?, es idéntico al de mi madre, bueno, a la mujer que me crió. Ella llevaba este tipo de vestidos y bailaba en el ocaso, frente a la luna llena. Muchos dirían que era una hermosa campesina, pero yo la veía más como una ninfa, portadora de la belleza de la naturaleza en su interior.

Sin pensarlo dos veces, Oreyet la tomó de la cintura con su cola y la levantó hasta su rostro, observándola con cuidado mientras ella se reía avergonzada. Él contempló su rostro, frágil y bello, intentando comprender lo que sentía.

—No es el vestido, eres tú —le dijo.

—¿Qué, no me queda bien?

—No, es que... espera aquí —le dijo, dejándola en el suelo con delicadeza.

Kamir esperó un buen tiempo, sentada en una roca, observando a su alrededor. Desde lejos, cualquiera podría pensar que era una hermosa ninfa o una campesina de belleza sin igual, una extraña que guardaba un gran dolor en su mirada, irradiando la traición.




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