La luz de un nuevo día se filtraba suavemente a través de las rendijas de la cueva de Kamir, donde ella reposaba en un profundo sueño, ajena a los peligros que acechaban en el mundo exterior. Era un instante de paz efímera, un regalo que quizás nunca volvería a conocer. A su lado, Oreyet vigilaba, sus ojos fijos en la majestuosa montaña del Alfa. La sombra de Draiker pesaba sobre él, un legado que debía asumir en algún momento, aunque su corazón dudaba. Lentamente, su mirada volvió a posarse en Kamir, acercándose para inhalar el dulce aroma de las flores que adornaban su vestido.Kamir despertó, y al abrir los ojos, una sonrisa iluminó su rostro.
—Buenos días, señor Alfa —dijo con alegría.
—Hola —respondió Oreyet, inclinándose para lamerle el rostro con cariño.
—¡Ew! —exclamó Kamir, limpiándose con desagrado.
—Hoy lo haré —anunció Oreyet, su voz resonando con determinación.
—¿Qué harás? —preguntó ella, intrigada.
—Dormiré en aquella montaña y ocuparé su trono.
—Cuando dijiste "trono" la primera vez, pensé que hablabas de uno de oro, como el de los reyes humanos.
—No, en verdad es el territorio que pertenecía a Draiker. Ahora, me pertenece a mí.
—¿Por qué es tan especial? —inquirió Kamir, con curiosidad.
—Porque todos aquellos que alguna vez fueron alfas encontraron su final en ese lugar, por eso su tierra es roja.
—¡Qué asqueroso suena eso! —respondió ella, arrugando la nariz.
—Eso no importa. Lo que realmente cuenta es que debo reclamar ese lugar antes de que otros comiencen a murmurar.
—Ah, pero...
—¿Qué? —preguntó Oreyet, con intriga.
—Es que hoy quería enseñarte a convertirte en humano.
—¿Qué? ¿Y cómo sabes hacer eso?
—Lo leí aquí en el diario —dijo Kamir, con una chispa de emoción.
—¿Y qué más dice? —preguntó Oreyet, escéptico.
—Nada importante, solo conjuros y hechizos.
—Mmm, no te creo.
—Es la verdad.
—Bueno, como sea, ¿y para qué serviría ser un humano?
—Para llamar menos la atención.
—Me gusta llamar la atención.
—Vamos, solo para pasar el rato —dijo ella, corriendo hacia el exterior y recogiendo su vestido con gracia.
Oreyet la siguió con cuidado, mientras Kamir, con su magia, se sentaba y comenzaba a meditar, canalizando una gran cantidad de energía hacia él.
—Como primer paso, debes quemar tu cuerpo —explicó Kamir
—. Luego, toma ciertas hojas y ramas para formar tu nuevo cuerpo.
—Mmm, bueno —asintió Oreyet, envolviéndose en una gran cortina de fuego.
Pasó un buen rato en ese estado, hasta que, tras una densa nube de humo, se reveló el resultado. Kamir observaba con ansias, imaginando cómo sería Oreyet en forma humana. Sin embargo, de la sombra emergió un Oreyet enredado en ramas, hojas y lodo.
—¿Qué pasó? —preguntó, confundida Kamir.
—Al principio sentí algo extraño, pero luego solo fui yo mismo enredándome en ramas —gritó, frustrado.
Kamir, intentando calmarlo, acarició suavemente una de sus patas, y con ternura, comenzó a desenredarlo, tropezando en el proceso, lo que provocó risas en Oreyet.
—¡Jajaja! Eres más torpe de lo que creí, pequeña picaflor.
—Bueno, si tú eres mejor, inténtalo —retó ella.
—De acuerdo, lo haré —respondió Oreyet, lleno de entusiasmo.
Tras practicar durante toda la tarde, repitiendo el proceso una y otra vez, Kamir terminó quemada y cubierta de lodo, pues Oreyet aún no dominaba el arte de controlar el fuego. Pero valió la pena, porque al final, Oreyet emergió tras una cortina de humo, su voz ahora suave y elegante, no tan grave como antes.
—Lo logré —anunció, con orgullo.
Kamir se acercó lentamente, maravillada al ver que su gran amor había adquirido la apariencia que siempre había imaginado. Su rostro era hermoso, similar al de Draiker, aunque su cabello era platinado, su tez pálida como la de Kamir, y sus ojos, verdes como los de un dragón. Algunos podrían haber dicho que su presencia era fantasmal, pero para Kamir, era diferente; infundía temor y frialdad, pero también una profunda conexión.
—Eres... —comenzó Kamir, pero antes de que pudiera terminar, cayó rendida al suelo, agotada por el esfuerzo de otorgar tal poder.
—Kamir —dijo Oreyet, sosteniéndola entre sus manos hechas de ramas y hojas
—. ¿Estás bien?—Sí, solo que quería pedirte algo.
—¿Qué? —inquirió él, curioso.
—¿Me darías un beso?
—Claro, pero... ¿qué es un beso? —preguntó, intrigado.
—Entonces yo lo haré —respondió Kamir, acercándose para tomar su rostro y darle el beso que tanto había anhelado. Aunque Oreyet no comprendía del todo, sentía un inmenso afecto hacia ella, y en ese instante, con ese beso, sentía que podía compartirle todo lo que guardaba en su corazón sin pronunciar una sola palabra.
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Más allá, en el mundo de los hombres, la frialdad reinaba bajo un cielo gris, donde la lluvia había caído sin cesar durante días. La pena y la desgracia envolvían a la humanidad. Las guerras se habían intensificado, y circulaba el rumor de que un humano había logrado contener un poder inmenso, extraído de la magia negra que alguna vez perteneció al gran rey brujo. Todos los dedos apuntaban hacia su hija perdida, Kamir, quien había desaparecido en la oscuridad. Con la caída de la dinastía de Reur, muchos disputaban el control, mientras en las profundidades de la oscuridad surgía una maldad sin precedentes, murmurando el regreso del rey caído, cuyo único salvador era el último descendiente de su linaje.
En medio de este caos, se encontraba Morel, quien había perdido a todas sus ovejas. El oro que Oreyet le había otorgado era frío y silencioso, un recordatorio de tiempos mejores que se desvanecían. En su mente resonaba una única frase:
"Kamir es mi hermana, mi familia. ¿Por qué me dejó olvidado en el barro?"