Ya había pasado la medianoche cuando Oreyet, inquieto, se levantó de su lecho que estaba al lado Kamir. Su corazón latía con fuerza mientras se dirigía a la imponente montaña del Alfa, cuya silueta se alzaba en la penumbra como un guardián ancestral. En su mente, imágenes retorcidas comenzaban a reproducirse sin cesar: los cuerpos de Draiker y Orefiyet lo llamaban desde el abismo, sus voces resonando con un eco desgarrador que le instaba a entrar.
—¡Basta! —se decía a sí mismo, tratando de ahuyentar el temor que lo envolvía. Sin embargo, sabía que había llegado la hora de enfrentarse a lo que se ocultaba en la oscuridad. Se acomodó en el lugar que había pertenecido a Draiker, sus ojos recorriendo los tesoros que allí yacían.
Era un espectáculo extraño, pues desde su posición podía observar cómo el oro brillaba, apartado y empujado hacia las profundidades de la cueva, opacado por la argolla de Drague y un pequeño joyero que reposaba a su lado. Oreyet, movido por la curiosidad, abrió el joyero, pero encontró su interior vacío. Parecía que a Draiker no le importaban las riquezas acumuladas por otros alfas. Al levantar la vista, notó a lo lejos una montaña mediana, un lugar que había observado durante días sin que ningún dragón se acercara a ella.
—Después iré a revisar allí —pensó, pero pronto el cansancio lo venció, y cayó en un profundo sueño. La luna comenzó a iluminarlo, y sin previo aviso, un viento violento sopló sobre el reino de Kinda. La luna se cubrió por completo, y de ella emanó una brisa ligera que envolvió la montaña del Alfa.
Asombrado, Oreyet despertó y salió de su cueva, observando cómo la tierra se abría, arrastrando a toda su manada hacia un abismo de fuego rojo. Desesperado, corrió hacia ellos, pero el suelo bajo sus patas se derrumbó, y manos espectrales, cubiertas con mantos negros y cuerpos esqueléticos, lo atraparon.
—¡Tú eres la descendencia maldita! ¡Has condenado a más de uno, y tus ancestros desean hablar contigo! —gritaron al unísono.
—¿Qué he hecho yo? —exclamó Oreyet, lanzando llamaradas de fuego hacia ellos, desintegrándolos al instante —¡No he hecho nada malo! ¡Todo este reino me corresponde!
Sin más, emprendió el vuelo hacia una tenue luz que creía era el sol. Ascendió hasta donde sus alas lo llevaron, pero al caer de nuevo, se dio cuenta de que su reino era diferente, cubierto por una espesa niebla azul. Detrás de él, el hueco del que había emergido brillaba tenuemente.
Caminó hacia su montaña, donde se encontró con una imagen conocida.
—Lo lograste —dijo amargamente Orefiyet, recostado en el fresco pasto, contemplando la montaña del Alfa.
—¿Qué quieres, Orefiyet? —preguntó Oreyet con frialdad.
—Antes hubiera deseado lo que posees ahora, pero para mí ya no hay nada que esperar.
—Claro, estás muerto.
—Tú me mataste.
—Te lo merecías.
—¿En serio?
—Pues... —Oreyet dudó, sintiendo el peso de sus palabras.
—Mira a tu alrededor, hermano. No te quedes simplemente observando a los demás desde abajo. Mira quién está arriba de ti, observándote.
—¡Ja! —se burló—. Pareciera que hablo con Draiker.
—Quizás sea porque ahora lo comprendo. A pesar de todo lo que hizo, nadie fue como él. Nadie se atrevió a actuar como él lo hizo.
—¿Y qué hizo de diferente? Murió igual que todos, en las garras de su supuesto hijo.
—¡Jajaja! ¡Mírate! —gritó—. Fingiendo ser poderoso, cuando te usaron igual que a mí.
—¿Usar? ¡A mí nadie me ha usado! ¡No soy una mascota como tú!
—Entonces, ¿por qué te aterra tanto recordar el pasado?
Las palabras de Orefiyet dejaron a Oreyet sin aliento. Su hermano había tocado la verdad, su mayor miedo.
—Si no vas a responder, yo lo diré. Temes que la persona más importante en tu vida te haya mentido. Prefieres vivir ignorando esa posibilidad que enfrentarla.
—¡Eres un...! —Oreyet intentó atacarlo con la garra de su ala, pero Orefiyet se entregó, abriendo su hocico, permitiendo que la garra lo atravesara. Oreyet no podía creer lo que veía, pero Draiker simplemente retiró su garra, recordándole que ya estaba muerto y que no había necesidad de pelear.
—No estoy aquí para luchar. He venido a ayudarte a recordar tu pasado, nuestro pasado.
—¿Por qué me ayudarías si yo te maté?
—Porque al final, ya sabía cómo iba a acabar todo esto. Tuve la oportunidad de cambiarlo, pero fui demasiado débil de carácter —dijo Orefiyet, mirando al cielo—. Al menos padre me hizo vivir plenamente el tiempo que estuvimos juntos.
—¿Plenamente? Solo te crió porque eras el mayor candidato a ser Alfa, a ser su descendiente.
—Solo conoces lo superficial e ignoras mucho, pero yo te ayudaré a recordar.