Oreyet y Orefiyet

Capitulo 36 - En el Nido de los Dragones

Ya habían transcurrido varios días desde que Oreyet y Orefiyet vieron la luz del día, sus pequeños cuerpos aún temblando de la fragilidad de la infancia. En su nido, resguardados dentro de la caverna oscura y profunda, el bullicio de sus travesuras resonaba como el eco de risas en un vasto salón olvidado. Desde que aprendieron a caminar, su mundo se había convertido en un caos encantador, un torbellino de vuelos y juegos. Sin embargo, lo que más les fascinaba era observar el mundo exterior, donde su padre, el gran Draiker, era visitado por un extraño humano, cuya presencia traía consigo un aire de misterio.

Los ojos de Orefiyet brillaban con curiosidad y asombro al ver a aquel hombre conversar con su padre con una familiaridad que parecía sobrenatural. No era algo habitual en su existencia, y el joven dragón no podía evitar preguntarse sobre la naturaleza de aquel visitante.

—¿Quién crees que será? —inquirió Orefiyet, su voz llena de admiración.

—Supongo que es un humano cualquiera —respondió Oreyet, aunque en su corazón latía la inquietud.

—¿Y cómo es que comprende a nuestro padre? —preguntó Orefiyet, su mente llena de preguntas.

Pero antes de que Oreyet pudiera responder, Draiker se volvió hacia ellos, su voz resonando con autoridad.

—¡Oreyet! ¡Orefiyet! ¡Vengan aquí!

Ambos dragones corrieron hacia él, mientras Oreyet se ocultaba tímidamente bajo la poderosa figura de su padre. Orefiyet, en cambio, se plantó frente al extraño, observando cada facción de su rostro con una mezcla de asombro y reverencia.

—¿Qué dice? —murmuró Oreyet, incapaz de comprender las palabras que caían de los labios del humano, un lenguaje que le resultaba extraño y ajeno.

—No entiendo la lengua que hablan, es diferente a la nuestra —respondió Orefiyet, acercándose a su hermano—. Pero parece que papá puede comunicarse con él. ¡No tengas miedo! ¡Sal de ahí!

Oreyet se aferró con más fuerza a la pata de su padre, el temor apoderándose de él.

—Tranquilo, pequeño —dijo Draiker en su lengua, envolviendo a Oreyet con su cola, brindándole consuelo en medio de la confusión.

Mientras el humano continuaba hablando, Oreyet se mantenía aferrado, temeroso de ser separado de su padre. Su corazón latía con fuerza, y en su mente solo había un pensamiento: no quiero irme.

Por otro lado, Orefiyet contemplaba la escena con una admiración desbordante.

Oreyet es un llorón, pensó, ya no seamos tan cachorros. Aquel humano es una visión de belleza, su porte y su voz resonaban con una complejidad que prometía un mundo lleno de conocimientos por descubrir.

Después de un rato, Draiker llevó a sus pequeños adentro de la cueva, mientras él mismo transportaba al humano sobre su lomo, regresando a su hogar con paso firme.

—¿Qué es lo que deseabas decirme? —preguntó Draiker, su voz profunda y resonante.

—Zimmer está embarazada —respondió el humano, su tono grave.

—¡Ja! —exclamó Draiker con ironía—. ¿Cuántas veces se ha embarazado de otros? ¿Por qué crees que esta vez es de ti?

—Porque puedo verlo. Es una niña, y es mi hija —replicó el humano, su voz llena de determinación.

—Si puedes asegurar que tienes el poder suficiente para que viva, entonces adelante; pero si no, no te arriesgues, deja que muera.

—¿Sabes lo que estás diciendo? —inquirió el humano, su voz temblando entre la incredulidad y la furia.

—Por supuesto —respondió Draiker, con una calma perturbadora— Ya tienes a Kimiri; no te causes más problemas.

—Para tu información, ya he decidido tenerla a mi lado —declaró el humano con firmeza.

—Al final, es tu problema, no el mío —replicó Draiker, visiblemente molesto.

—Y... algo más —dijo el humano, su voz ahora más suave.

—¿Qué? —preguntó Draiker, con un destello de curiosidad en sus ojos.

—Quiero que tú elijas el nombre —dijo el humano, dejando a Draiker sin palabras.

—¿Y por qué? —preguntó, sorprendiendo a su interlocutor.

—Porque eres el primero que se entera de la noticia.

—Así que ella no lo sabe.

—No. Si se entera, lo matará pensando que es de otro.

Draiker rió suavemente, una risa que resonó como un eco en la caverna.

—¿Y qué nombre le pondrás a mi hija? —inquirió, su tono ahora reflexivo.

—Mmmm... —pensó durante un largo tiempo, hasta que finalmente habló

—. Kamir.

—¿Kamir? ¿No es el nombre de una flor venenosa? —preguntó Draicob, su voz llena de intriga.

—Una flor que, aunque te brinde una breve sensación de felicidad, al final terminará matándote—respondió el Dragon, su mirada seria.

—¡Jajaja, qué dramático! —rió Draicob.

—¿Qué esperabas? —replicó Draiker, riendo también, hasta que ambos quedaron en silencio por un momento, contemplando el peso de la conversación.

—Kamir... —murmuró finalmente Draicob—. Me gusta cómo suena. La llamaré mi pequeña Kamir, valiente, fuerte, hermosa y peligrosa como una flor venenosa. Sí, ese nombre le quedará muy bien.

Mientras Draicob regresaba a su hogar, Oreyet y Orefiyet continuaban con sus travesuras, jugando y desordenando todo a su alrededor.

—Yo creo que es un rey o un príncipe —dijo Orefiyet, su voz llena de fantasía.

—Yo creo que es solo un humano. Además, ¿qué es un príncipe? —preguntó Oreyet con inocencia.

—¡Qué tonto eres! Padre nos lo contó ayer.

—¿Qué contó? Yo no escuché nada.

—Es porque te quedaste dormido.

—No entiendo sus historias, son aburridas y me dan sueño.

Así, los dos hermanos discutieron durante toda la tarde, hasta que la noche se cernió sobre ellos, y con ansias miraron el ocaso, esperando ver a su padre regresar desde la lejanía, trayendo consigo el sustento que tanto anhelaban.

Y allí estaba, el gran Draiker, nunca había fallado en sus promesas. Siempre volvía cuando lo prometía, y jamás se atrevería a decepcionar a sus hijos. Se acercaba, iluminado por las mágicas luces del ocaso, trayendo entre sus poderosos dientes un gran trozo de carne.




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