Era un día gris y lluvioso en las tierra de los dragones, donde las nubes pesadas cubrían el cielo como un manto de luto. En una cueva oculta entre los altos picos de las Montañas Nubladas, dos jóvenes seres, Oreyet y Orefiyet, dormían plácidamente, envueltos en sueños de aventuras y misterios. Sin embargo, la paz de su descanso fue interrumpida por la voz resonante de su padre, Draiker, quien los despertó con un tono que prometía sorpresas.
—¡Vengan! Les tengo una sorpresa —anunció su padre con un brillo en sus ojos que desbordaba emoción.
—¡Sorpresa! —exclamó Oreyet, levantándose de un salto como si siempre hubiera estado despierto, su entusiasmo contrastando con la pereza que embargaba a su hermano.
—Por mi parte, no tengo ganas de jugar ni de cazar —respondió Orefiyet, volviendo a acomodarse en su lecho de musgo.
—Ninguno se queda; iremos todos juntos —replicó su padre, su voz firme como el acero.
—Pero... —comenzó a protestar Orefiyet, solo para ser interrumpido.
—¿Qué sucede, pequeño? Siempre sueles ser el más activo.
—Es que... no dormí bien. Anoche recorrí todos los campos volando.
—No fuiste a ningún lugar anoche.
—¡Sí fui! ¡Lo vi!
—Jajaja, no fuiste; solo fue un sueño.
—¿Qué es un sueño? —preguntó Oreyet, con la curiosidad brillando en sus ojos.
—Es donde pareces vivirlo, pero no es así. Es solo un sueño, no es real; es cuando estás dormido.
—Jamás he tenido un sueño —respondió Oreyet con asombro.
—Yo tuve uno ayer y... parecía extrañamente real —agregó Orefiyet.
—Pues no fue real; ya acéptalo —dijo el padre, su tono ahora cargado de una ligera molestia.
La respuesta de Draiker dejó a Orefiyet con un nudo en el estómago. ¿Se había molestado por soñar? No, debía ser por algo más, pero no había hecho nada malo, no lo había desobedecido en nada. En el camino, se mantuvo en silencio, mientras Oreyet corría a su lado, intentando animarlo para jugar. Sin embargo, Orefiyet solo se encorvó, abrumado por el miedo.
—¡Vamos! —dijo Oreyet, tirando de él y corriendo hacia adelante.
Orefiyet sintió la mirada de su padre sobre su espalda. No esperaba nada de él, pero sabía que en ese momento, sus ojos debían estar llenos de decepción. Una tristeza profunda lo invadió, y de repente, sintió ganas de llorar. Fue entonces cuando algo húmedo y cálido acarició su cabeza.
—No te aflijas, pequeño. ¿Alguna vez te he lastimado? —preguntó Draiker.
—No, nunca —respondió Orefiyet, sintiendo cómo su padre limpiaba su cabeza con calma y cariño. A veces, se preguntaba si realmente conocía a su padre, tan frío y a la vez cálido, orgulloso pero humilde ante ellos.
—¿Y vas a contarme el sueño que tuviste? —preguntó con un aire de misterio y curiosidad.
—Soñé con un gran agujero en el suelo de donde emanaban luces como el sol. A mi alrededor, todo era oscuridad y frialdad. Quería entrar allí, pero una cadena estaba atada a mis alas; me dolía mucho esa cadena, tenía estacas que las atravesaban de arriba a abajo. La sangre me cubría hasta la cabeza; fue horrible.
—No debes asustarte. Te protegeré y cuidaré por siempre; aquí no hay nada de malo, este es tu hogar —dijo su padre, aunque Orefiyet notó que, a pesar de las palabras tranquilizadoras, había una inquietud en su voz.
—¿De dónde viene tu amo? —preguntó con curiosidad.
—Él viene del mundo humano.
—¿Humano? Pero él no es un humano.
—No lo es; es un brujo, uno de los últimos.
—¿Últimos? Entonces, ¿ya no hay más brujos?
—Así es, y me alegra. No quiero que ustedes tengan amos.
—¿Por qué?
—Porque lo mejor siempre será ser libre. —Su voz resonó con una sabiduría profunda, como si hubiera pasado por muchas tormentas.
—Oye, Orefiyet —dijo Draiker.
—¿Qué? —preguntó Orefiyet.
—¿Qué es Oreyet? —preguntó su padre, y Orefiyet tardó un momento en responder.
—Es mi hermano —dijo con un leve suspiro.
—¿Y qué es un hermano?
—Que nacimos del mismo lugar.
—Jajaja, ya lo veremos.
De pronto, un grito resonó en el aire.
—¡Orefiyet, ven a ver esto! —gritó Oreyet.
Corrieron hacia donde Oreyet los llamaba. Ante ellos se alzaba una enorme cascada, cuyas aguas brillaban con la luz del día. Draiker se alejó un momento, perdiéndose entre los matorrales. Oreyet y Orefiyet jugaron alegremente hasta que la voz de su padre les llegó, llamándolos.
Al acercarse, vieron que entre las garras de su ala, Draiker sostenía unas sogas de metal, brillantes y frías.
—¿Qué es esto, papá? —preguntó Oreyet.
—Son cadenas —respondió, dejando caer gran parte de ellas al suelo, produciendo una melodía estruendosa. Sin embargo, no soltó todas, sino que sostuvo las puntas con su pata.
—¡Qué bonito suena! —dijo Oreyet, jugando con las cadenas y enredándose en ellas. Por su parte, Orefiyet odiaba el sonido que producían.
—¿No vienes a jugar, Orefiyet? —le preguntó su padre.
—No, suenan feo.
—A mí me encanta, ¡hay! —exclamó Oreyet, cayendo completamente enredado en el suelo. Draiker soltó las cadenas, dejándolo aún más atrapado.
—Miren el agua tan limpia —dijo Draiker, mirando hacia abajo, justo donde comenzaba la cascada. Orefiyet se acercó mientras Oreyet se arrastraba para ver. Draiker permaneció en silencio durante un largo tiempo, observándolos.
—Saben, los débiles nunca sobreviven aquí —concluyó, y de repente empujó a Oreyet hacia la cascada.
—¡Oreyet! —gritó Orefiyet, volviendo a mirar a su padre con temor. —¿Por... qué?
—¿Qué es un hermano débil? —respondió, dándose la vuelta.
—Vámonos, Orefiyet. Tú serás el siguiente Alfa; ya no tienes que competir con Oreyet.
Un frío helado recorrió la espalda de Orefiyet, y su mente se dividió en dos. Quería saltar tras Oreyet, pero su padre acababa de ofrecerle una oportunidad única. Sin embargo, dejar a Oreyet significaba que moriría, y ¿acaso su padre estaba de acuerdo con eso?