En un mundo desgarrado por el dolor y la traición, es un desafío discernir la inocencia de la culpabilidad, pues cada alma ha cometido actos en nombre del sufrimiento o del amor. El odio, como un manto oscuro, puede eclipsar aquellos recuerdos de amor que, en su momento, ofrecieron consuelo y alegría, recuerdos que parecían únicos en su esplendor. Sin embargo, el odio se cierne sobre ellos, como una sombra acechante en la penumbra, esperando el momento propicio para revelarse. Esta sombra, al final, se convierte en el verdadero yo, un yo que anhela desgarrar la capa de inocencia que el mundo ha tejido a su alrededor, una apariencia de pureza y belleza que oculta la devastación interna. Así, solo queda esa sombra, desgastada y perdida en el tiempo, cuyo rostro y figura han sido borrados por los años.
El tiempo transcurrió, y Oreyet y Orefiyet crecieron, como dos dragones destinados a grandes hazañas. Su padre, Draiker, les hacía enfrentarse con frecuencia, buscando descubrir cuál de ellos poseía la mayor fortaleza. A menudo, el vencedor era Orefiyet, pero solo porque Oreyet nunca mostraba interés en luchar; apenas comenzaba la contienda, ya se rendía, rehusando alzar sus garras contra su hermano. Para Orefiyet, su nobleza era admirable; para Draiker, sin embargo, era un signo de insolencia.
—¡Oreyet, defiéndete! —gritó Draiker con voz retumbante, pero Oreyet se encogió, escondiendo su cabeza entre sus patas.
—¡Ya colmaste mi paciencia, cachorro insolente! —rugió Draiker, lanzándose hacia él con la intención de golpearlo.
—¡Padre, no! —exclamó Orefiyet, interponiéndose entre ambos.
—Orefiyet, apártate —ordenó Draiker, pero Orefiyet se inclinó, mostrando su cabeza en un gesto de sumisión.
—Padre, recibiré su castigo como hermano mayor —dijo, mirándolo a los ojos con determinación.
—Orefiyet, tu valentía me asombra, pero tu hermano debe aprender a defenderse o enfrentará su perdición. He hablado con él en múltiples ocasiones, y cuando la razón falla, es necesario recurrir a la fuerza.
—Yo puedo hablar con él, por favor, padre, dale otra oportunidad —suplicó Orefiyet.
—Está bien, pero esta es la última —respondió Draiker, dirigiendo su mirada a Oreyet—. Cuánta decepción me das, pequeño. Te ruego que dejes de avergonzarme y te comportes como un Alfarremkay por tu propio bien.
—Lo lamento mucho —murmuró Oreyet, temeroso.
—No, no lo lamentas. Si realmente lo hicieras, dejarías de comportarte así y lucharías.
—No lastimaré a Orefiyet —afirmó Oreyet con firmeza.
—Lo dices solo porque cuando te enfrentas a otro dragón es fácil vencer. Orefiyet es como tú, y temes perder contra él.
—No, yo no tengo miedo.
—¡Entonces pelea! —gritó Draiker, haciendo temblar a Oreyet de terror.
—No seas cobarde, Oreyet —susurró, acercándose a su oreja—. No dejes que el miedo te paralice ante alguien más grande que tú —se alejó, dejando a los dos en un silencio tenso.
—Tiene razón —dijo Oreyet con tristeza.
—Oreyet, tú no eres cobarde —le aseguró Orefiyet, acercándose para chocar suavemente sus cabezas.
—Algún día le demostraré que puedo cazar algo más grande que yo, o que tú. Le mostraré mi valentía —respondió, llenándose de heroísmo. Orefiyet lo observó con asombro y decidió compartir una gran verdad.
—Casi siempre tengo miedo, miedo de quedarme solo. No me llevo bien con los demás dragones y a menudo termino solo, rechazado o utilizado.
—Es porque somos hijos de nuestro padre. Además, serás el futuro alfa.
—Intento hacer amigos, pero solo consigo enemigos. Tú te llevas bien con todos.
—Es porque disfruto jugar en lugar de cazar, pero también me gusta comer. Sigo comportándome como un cachorro, y por eso decepciono tanto a nuestro padre.
—Él se preocupa mucho por ti. No tienes por qué odiarlo.
—No lo odio, pero deseo que me mire como te mira a ti —respondió Oreyet, con un suspiro de tristeza mientras se alejaba lentamente.
—¿Por qué dices eso? Él solo me ve como su hijo, nada más —dijo Orefiyet, hasta que Oreyet se detuvo y lo miró.
—Porque para él, tú eres casi perfecto, y yo no soy más que tu debilidad. Sin mí, serías perfecto.
Orefiyet quedó paralizado al escuchar tales palabras. En su mente, surgieron preguntas inquietantes: ¿Desde cuándo Oreyet comenzó a pensar así? ¿Es mi culpa? ¿Es esto lo que desea mi padre? Sumido en sus pensamientos, Oreyet ascendió a la cima de la montaña del Alfa, donde observó cómo los demás dragones vivían sus vidas. Varios cachorros jugaban en el prado, soñando con ser cazadores, mientras que parejas contemplaban el atardecer con sus crías. Este espectáculo hizo que Orefiyet se sintiera vacío, pues no tenía más que a Oreyet y a su padre. Draiker era frío, pero Oreyet no lo era; supuso que él era su única familia, y por ello debía luchar para no alejarse de él.
De inmediato, buscó a Oreyet para jugar, pero una voz lo detuvo.
—¡Oreyet! ¡Orefiyet! —gritó su padre desde la gran montaña del Alfa.
Cuando se reunieron, su padre habló con firmeza.
—Hijos míos, mañana les llevaré de cacería al mundo humano.
—¿De verdad? ¡Gracias, padre! —exclamó Orefiyet, incapaz de ocultar su felicidad. Pero Oreyet no compartía la misma alegría; estaba más preocupado que ansioso.
A la mañana siguiente, partieron temprano hacia el mundo humano. Junto a su padre, cazaron grandes bestias, y al mediodía se deleitaron con su festín. Orefiyet comía con tranquilidad, mientras Oreyet observaba con desconfianza.
—Tranquilo, yo te protegeré —le aseguró su padre.
—Mmm... —asintió Oreyet, pensativo.
—Padre, ¿vamos a ver a tu amo? —preguntó Orefiyet.
—¡No! —respondió su padre con brusquedad.
Orefiyet agachó la cabeza, triste y resignado, hasta que un brillo emergió del hizarry que su padre llevaba en la cabeza.
—¿Qué sucede? —preguntaron los cachorros.
—Debo retirarme, y si no regreso hasta el atardecer, vuelvan a casa.