Oreyet y Orefiyet

capitulo 39 - El Visitante de la Cueva

Ya casi anochecía, y el cielo se tornaba de un profundo morado, salpicado de suaves tonos azules, mientras el sol se despedía con un último resplandor, dando paso a la noche estrellada que se alzaba en su lugar. En medio de tanto misterio, Oreyet surcaba los cielos, volando bajo, buscando la llegada de su padre.

En la tierra, Orefiyet se encontraba en el suelo, cubriendo con su cola al niño mientras conversaban en un susurro. Sin embargo, la calma fue interrumpida por la llegada celosa de Oreyet, quien se acercó bruscamente, arruinando su paz.

—¿Qué te pasa? —preguntó Orefiyet, molesto—. ¿Vas a lastimar al niño?

—¿De qué tanto están hablando? ¿Y cómo aprendiste a hablar su lengua?

—Padre me enseñó. Tú también hubieras aprendido si no durmieras tanto.

—¿Y qué es lo que te dijo que llama tanto tu atención?

—Me dijo que no esta herido pero si muy triste, extraña a su padre Draicob

—¿Quién es Draicob, además de ser un simple humano?

—Draicob es el amo de nuestro padre.

—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros? El hecho de que sea su amo no quiere decir que sea el nuestro también.

—¡Tonto! Si alguien desea algo, debe buscarlo. Padre quería un buen amo y lo tiene. Este niño debe ser igual que su padre, por lo tanto, debe ser un buen amo también.

—¡Suéltalo y vámonos!

—¡No! Me lo voy a llevar.

—No puede entrar a nuestro reino; podría traer a más de los suyos —dijo Oreyet, con firmeza.

—Me lo llevaré y no me importa lo que digas.

—¡Bien! —gritaron ambos, sus voces resonando en la quietud del atardecer, antes de alejarse el uno del otro, distanciándose más de lo habitual. No estaban acostumbrados a separarse, pero la rabia los consumía. Oreyet creía que Orefiyet estaba equivocado y que solo su padre podría cambiar su opinión; Orefiyet, por otro lado, pensaba que Oreyet erraba y que solo al tener un amo comprendería la felicidad que le aguardaba. Aunque, a fin de cuentas, no era felicidad lo que sentía, sino seguridad. Orefiyet soñaba con ser el alfa, y con un amo brujo a su lado, su puesto estaría asegurado. Oreyet, sin embargo, valoraba su libertad; siempre le había desagrado cuando su padre debía salir corriendo si su amo lo llamaba, además de que era demasiado orgulloso como para agachar la cabeza.

Al momento en que entraron, Oreyet salió corriendo hacia su cueva y no volvió a salir, mientras Orefiyet lo observaba con indiferencia. Entre lamidas, intentó despertar al niño, hasta que finalmente lo logró.

—Nombre, nombre... —dijo Orefiyet en la lengua del niño, aún le era difícil hablar su idioma.

—Mi nombre es Kimiri Drage, hijo del rey Draicob Drage.

—Yo... yo soy Orefiyet.

—¿Dónde estoy? —preguntó el niño, levantándose y observando todo con asombro. Comenzó a recorrer la cueva y, al salir, se encontró con el esplendor del mundo de los dragones. Las montañas se alzaban majestuosas, con ríos que danzaban como cintas de plata, y los árboles eran más grandes de lo que jamás hubiera imaginado.

—Este es mi hogar —dijo Orefiyet, con orgullo.

Kimiri estaba ansioso por explorar esos hermosos campos, hasta que vio a varios dragones volar sobre él, como si sintieran su aroma. Al darse cuenta de esto, Orefiyet lo lanzó a un pequeño charco cercano, embadurnándolo de barro y aroma.

Kimiri, creyendo que estaba jugando, le siguió el juego, lanzándole más barro. Así pasaron la noche, riendo y jugando, hasta que finalmente el amanecer llegó, trayendo consigo una nueva luz.

Ambos descansaron felices y despreocupados, sin escuchar que Draiker ya había llegado. Al verlo, Oreyet corrió de inmediato para contarle a su padre lo que su hermano había traído.

—¡Padre!

—Oreyet, ¿acaso recibes a tu padre con gritos?

—Mi hermano ha cometido un grave acto.

—¿Es él el responsable de esta presencia extraña que siento?

—Fuera encontramos... —sin poder terminar de hablar, su padre giró la cabeza con brusquedad.

—¿Padre? —preguntó Oreyet, confundido.

—Mi amo está aquí. Me lo contarás luego.

—Pero... —ya era tarde; su padre emprendió el vuelo.

Oreyet lo vio alejarse, mientras la rabia crecía en su interior. Draiker siempre había enfatizado sus fallas, pero ahora que era Orefiyet quien erraba, parecía no darle importancia. Se alejó molesto, volviendo a ocultarse en su cueva.

Orefiyet, al sentir la presencia de su padre, despertó al instante y corrió a ocultar a Kimiri, pero ya era tarde. Draiker estaba parado justo en la entrada de la cueva.

—Orefiyet, ¿por qué lo has traído aquí? ¿No ves que este no es su hogar?

—Lo lamento, padre. Solo quería consolarlo; él extrañaba mucho a su padre, igual que yo te extraño cuando sales.

—¡No trates de manipularme! —le gritó Draiker.

—No es mentira; te extraño.

—No puedo creer que me mientas hasta tal punto solo por defender a ese maldito...

—¡Cuidado con tus palabras! —dijo una voz que venía detrás de él. Draiker cerró los ojos, como si no quisiera que Draicob fuera visto. Lentamente, la sombra de su silueta se acercó a la cueva, y finalmente, ante ellos, apareció un hombre de extraordinaria belleza. Su piel era pálida como la luna llena, y sus ojos, en constante cambio, destilaban una paleta de colores que danzaban con cada parpadeo, como si un arcoíris se ocultara en su mirada. Su cabello, negro como la noche más oscura y sobre su cuerpo relucía una armadura dorada, brillante como el oro forjado por los artesanos más hábiles de antaño.

—Son mis hijos; tú educa a los tuyos —dijo Draiker, dándose media vuelta y saliendo de la cueva.

—No rechaces su amor —le dijo Draicob, con suavidad.

—¿Amor? No sé lo que es eso —respondió, continuando su camino.

—No permitiré que tu insensibilidad traiga más desgracias como la de Draikery. Te ordeno que no los ignores.

—Grrr —gruñó Draiker, con desagrado, y salió volando sin decir una palabra.




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