Oreyet y Orefiyet

Capitulo 40 - Hermanos en la Sombra: La Lucha por el Alfa

En tiempos lejanos, cuando la tierra aún resonaba con el eco de antiguas leyendas, la relación entre Oreyet y Orefiyet había caído en la penumbra del desentendimiento. Ya no compartían palabras, y la sombra de la preocupación se cernía sobre Draiker, el patriarca de su linaje, quien se esforzaba por restaurar el vínculo entre sus hijos. Sin embargo, la incomprensión se había convertido en un abismo insalvable.

En las vastas llanuras donde cazaban, Oreyet se contentaba con atrapar a la presa más débil: los humanos, mientras que Orefiyet, en su búsqueda de grandeza, se aventuraba a cazar criaturas más imponentes, lo que solo alimentaba la rivalidad entre ambos. Draiker, al observar la apatía de Oreyet, se sentía frustrado, sabiendo que su hijo menor cazaba humanos para provocar a su hermano.

—No seas tan holgazán, muestra reciprocidad —le decía a menudo, pero Oreyet hacía oídos sordos. Draiker, aunque paciente, sentía que el respeto era el pilar de su existencia.

Un día, mientras entrenaba a sus crías, Draiker decidió enfrentar a Oreyet y Orefiyet en un duelo que definiría quién era el más fuerte entre ellos, así como entre los demás jóvenes de su estirpe. En una pequeña montaña con un pico hundido, convocó a todos los cachorros nacidos en la misma temporada.

—Traedme orgullo, hijos míos —declaró Draiker, observándolos con atención, el polvo de la tierra levantándose en sus alas y su cabeza—. Esta tierra algún día pertenecerá solo a uno, como debe ser. No al más fuerte, ni al más astuto, sino al más digno. Y recordad, pequeños: ¡LA VIDA POR LA MANADA!

—¡LA VIDA POR EL ALFA! —gritaron al unísono, mirándose con temor y ansias.

—Mis pequeños, no olvidéis que lo que nos hace diferentes no debe ser usado para el egoísmo, sino para el bien mutuo entre vosotros dos —concluyó Draiker, viendo que ninguno de sus hijos se atrevía a mirar al otro, aunque el deseo de reconciliación ardía en sus corazones, eclipsado por el odio y la ambición.

—No te decepcionaré, padre; traeré orgullo y renombre a nuestra raza. Yo seré el último en pie —prometió Orefiyet, venerándolo.

—Lambiscón —pensó Oreyet, al escuchar sus palabras.

—Ambos son jóvenes y pueden cometer errores. Si toman una decisión juntos, podrán...

—No —interrumpió Oreyet—. No voy a volver a aceptar ni a someterme a los deseos de mi hermano. Yo seré el más fuerte y ganaré solo.

—¡Oreyet! —dijo su padre, intentando reprenderlo, pero Orefiyet lo interrumpió.

—No, padre —respondió—. Él tiene razón. Ya estamos lo suficientemente grandes como para que otro limpie su desastre. Yo ganaré solo, y cuando lo haga, será fácil saber quién será el próximo alfa.

Draiker se quedó en silencio, observando cómo sus dos hijos se amenazaban como enemigos. La decepción lo invadió, y tras un largo momento de reflexión, finalmente habló.

—Supongo que este es el castigo por todos los males que he cometido. No voy a arreglarlo ahora; ya es tarde para eso. Esperemos el resultado final y luego hablaremos. Pero debo aclararles que nunca me he sentido más decepcionado de vosotros dos

—¿Padre, por qué? —preguntaron ambos.

—Hablaremos luego —dijo, empujándolos hacia la batalla.

Ambos descendieron al hoyo donde se encontraban los demás jóvenes cachorros, y la contienda comenzó. Como era costumbre, los dragones de hielo y fuego iniciaron el ataque, y el odio entre ellos era palpable. Los primeros en atacar a Oreyet y Orefiyet fueron los gusanos gigantes, una raza mestiza entre una serpiente de rioria y un dragón. Antes eran raros, pero ahora se veían con frecuencia. Era común que los débiles perecieran, pero si el dragón ofrecía una pelea digna, se le permitía vivir.

Era la primera pelea de los hijos del alfa. Orefiyet luchaba con precisión, atacando los puntos débiles de sus adversarios, aprovechando su agilidad y rapidez para acabar con varios dragones a la vez. Sin embargo, lo extraño era que no los mataba; sus acciones despertaban dos opiniones: o bien eran dignos de perdón, o su compasión era notable. Todos llegaron a la conclusión de que era piadoso, algo raro entre los Supremos Alfa, conocidos por su sed de sangre.

Al ver lo que hacía Orefiyet, los dragones comenzaron a llamarlo "Orefiyet el Piadoso". Mientras tanto, Oreyet, en el suelo y derrotado, sintió la punzada del temor en lo más profundo de su corazón al darse cuenta de que su padre lo observaba. Al voltear hacia Orefiyet, su ira se avivó, transformando el respeto en odio.

Todos los presentes observaban a Orefiyet triunfar, pero Oreyet no se rendiría. Con toda su fuerza, empujó a otro dragón, luchando con lo único que tenía: sus mandíbulas. En un acto desesperado, desgarró las patas del dragón que lo mantenía atrapado, dejando su pecho manchado de sangre. A pesar de la conmoción, no había tiempo para arrepentimientos. Corrió hacia los demás dragones, atacándolos sin previo aviso y utilizando solo sus dientes para partirlos en dos, tiñendo el pasto fresco de rojo. No mostraba compasión ni piedad; atacaba a cualquiera que se interpusiera en su camino, sembrando el temor entre los demás. Sin embargo, Oreyet no veía esto como rendición, sino como cobardía, y decidió infligirles los peores castigos. Con sus dientes, molió los huesos como si fueran pan duro, atravesó la carne como una esponja y cortó cabezas y alas con su cola, lanzándolas como piedras en el campo.

Finalmente, todos le prestaron atención, pero no les causó miedo, sino respeto. Se convertiría en un líder de garras de hierro, pero su sed de sangre era tan descomunal como cuestionable; así obtuvo el apodo de "Oreyet el Insensato".

Al final, ambos se encontraron de nuevo en el centro del hoyo. Al mirarse, se detuvieron. A la izquierda estaba Orefiyet, con las escamas limpias y las garras sucias, rodeado de dragones vencidos. A la derecha, Oreyet, con las escamas manchadas de sangre y las garras rotas, sin un solo dragón entero a su alrededor, solo pedazos irreconocibles.




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